Estoy con Popper cuando alaba el papel de las prohibiciones, de ese marco ordenador de la vida. Un marco que no sólo no mata la libertad ni la creatividad, sino que las excita. En ciencia, esas barreras permiten la comprensión y la manipulación del mundo; en política, el desarrollo de vidas que no tienen que preocuparse por la maldad del vecino. En educación impiden que el tierno niñito se convierta en un ser despreciable; en política educativa, que el sistema degenere.
¿Más prohibiciones aseguran más creatividad y más libertad? Yo diría que al principio sí, luego ya no. Los marcos de los que hablaba Popper siguen siendo necesarios para ubicarnos y ubicar a nuestros alumnos, son "noes" que originan muchos "síes". Pero todo lo inesperado es un delito en potencia, y cuando la lista de interdicciones es muy extensa, acaba siéndolo en acto. La innovación queda proscrita y su lugar lo ocupa la tranquilizadora rutina. El ronco runrún de la rutina, de los ritos.
En nuestra peculiar lista de mandamientos, algunos resultan liberadores y otros opresivos. Resulta liberador el temario de la materia, que desde su apertura nos obliga a trabajar la cultura hispanoamericana más de lo que lo hubiésemos hecho naturalmente. Que nos situa ante un animal vivo, enorme y escurridizo. Es opresivo, en cambio, el mandamiento de terminar cada hora de clase con una traza escrita. ¿Qué necesidad hay? A la divinizada traza escrita se le llama también "fijación de
conocimientos". ¿Los conocimientos se fijan si y solo si aparecen en el
resumen del día?
Hay unos cuantos mandamientos que, paradójicamente, resultan liberadores y opresivos a la vez. La obligación de uso de materiales auténticos no didactizados es uno de ellos. Por una parte, nos libera de la exclavitud del libro de texto (una tentación que no siempre sería fácil evitar). Por otra, nos machaca si tenemos alumnos que casi no saben el idioma, haciéndonos perder muchísimo tiempo buscando algo que tal vez no exista y que nosotros podríamos crear en cinco minutos. Además, con esta limitación lo lúdico se dificulta y se rompe el hechizo de la imaginación, del engaño. Hechizo que por otra parte ya estaba bastante escacharrado, por ese otro mandamiento que nos obliga a explicitar al comienzo de cada hora de clase los objetivos de la sesión.
Un marco muy recargado no tiene por qué hacer más hermoso al cuadro. Corre el peligro de ahogarlo. Si los límites son importantes, también lo es el aire. Porque, como saben los fotógrafos, los pintores y los cineastas, es allí, en esos espacios vacíos, donde todo ocurre.
miércoles, 29 de octubre de 2014
jueves, 23 de octubre de 2014
¿En qué medida?
Yo era muy feliz con mis problemáticas.
Hasta que llegaron ellos.
Mis problemáticas eran silvestres,
caprichosas, estrafalarias. Como eran los títulos de las Unidades
Didácticas se envalentonaban, volviéndose estridentes, pinchando a
mis alumnos o dejándolos sin saber muy bien qué decir, con cierto
sentimiento de extrañeza. Eran problemáticas problemáticas,
estaban- o al menos así lo sentía yo- vivas.
Pero entonces llegaron ellos. Y nos
explicaron (a mitad del primer trimestre) cómo debe ser y cómo no
debe ser una problemática.
-Por supuesto, la formulación es algo
vital. No se puede formular una problemática de cualquier manera.
Siempre hay que medir las palabras. Aunque es bien sabido que muchas
formulaciones son equivalentes, sólo que unas lo dicen como debe
decirse y otras no. Hay que encontrar la forma de formular lo que
quieres formular como debe formularse. Tenemos dos reglas: una que
prohíbe preguntas a las que se pueda dar una respuesta de tipo sí/
no y otra que prohíbe preguntas a las que se pueda responder por un
catálogo. Si no, la respuesta que nuestros alumnos darán al final
de la Unidad no será profunda ni reflexiva.
(“Pero yo les pediré que justifiquen
su respuesta, yo evitaré que hagan ese catálogo. En el fondo, el
nivel de profundidad de una respuesta dependerá de mi voluntad y de
la de mis alumnos.” “No, una problemática debe suscitar por sí
sola esa respuesta profunda.” Mon dieu, como logremos tal cosa eso
sí que será un acto de habla, el mayor desde que el verbo se hizo
carne.)
-Veamos... qué curioso. Parece que no
podemos comenzar nuestra pregunta como queramos. Así no... así
tampoco... tachemos el “cómo”... también el “por qué”...
no, esa todavía menos. Ya está: en realidad sólo hay una
formulación posible para una problemática. Todas ellas deben
comenzar por “¿En qué medida...?”. Por ejemplo, “¿En qué
medida los héroes de antes son diferentes a los de ahora?”
Cómo explicar que a ese tipo de
pregunta se puede responder tanto con un laconismo binario
(absolutamente/en ninguna medida) como con un catálogo (formado por
la retahíla de tesis de los documentos trabajados en clase). Cómo
denunciar de manera respetuosa ese cientificismo vacuo e infantil,
empeñado en medir lo inconmensurable (¿son diferentes en un 60%? ).
Cómo no llorar esa pérfida pérdida de frescura, cómo ignorar el
dolor del fondo encorsetado por la forma, cómo no aborrecer la gris
monotonía de la repetición. Problemáticas sintéticas,
problemáticas clónicas, problemáticas al pormayor. Problemáticas
a las que se dará respuesta siempre de la misma manera, (un método,
otro más, aquí todo son recetas). Así funciona todo, así todo
funciona.
Yo era muy feliz con mis problemáticas
hasta que llegaron ellos. Ahora no las reconozco, huelen a
desinfectante, están frías al tacto. Son problemáticas
lobotomizadas, quietas y rígidas, de rostro serio, sus ojos de
besugo miran sin ver. Darían risa si su enfermedad no fuese
contagiosa. Resulta siniestro este batallón de estatuas.
martes, 23 de septiembre de 2014
Platón y Aristóteles en clase de español
Cuando estaba en el Pueblito, la
Inspección nos mandaba estructurar las Unidades Didácticas a partir
de una Tâche Finale, es decir, de una tarea final de cierta
complejidad. Las otras actividades y aprendizajes tenían sentido en
la medida en que iban dando los recursos necesarios para la
consecución este fin. Por ejemplo, si la Tâche Finale era crear un
cartel para promocionar una ciudad, durante la unidad se vería el
vocabulario de la ciudad, el imperativo, diferentes estrategias
publicitarias, el tipo de actividades que hacen los turistas... La
Tâche Finale era una auténtica causa final que tiraba de todo lo
demás, estimulando su desarrollo. Estructurar una Unidad así es
bonito, está dado a escala humana: en el mundo
extra-escolar funcionamos de esa manera. Además, permite darle importancia a la
creatividad y le otorga un valor al trabajo del alumno, moviéndose a
veces por esos resquicios que no atiende ninguna asignatura en
concreto.
Ahora trabajo para otra Académie
(para otra Consejería de Educación) y en el curso de una semana que nos dieron antes de
nuestra “toma de posesión”nos dejaron claro que aquí la “tâche
finale” está proscrita. Está terminantemente prohibido incluso pronunciar su nombre. A lo sumo, podemos decir
Tâche Complexe, como un eufemismo, y con moderación, siempre mirando a
ambos lados del pasillo por si acaso alguien nos está escuchando.
Porque ninguna tâche tiene el derecho de tirar de nuestra Unidad
Didáctica, toda tâche es mundana, impura y limitada. En esta Académie el
principio supremo organizador de nuestras unidades es... la
problemática.
De manera que nos encontramos de nuevo
inmersos en el apasionante mundo de las problemáticas. La lengua, como es a la vez medio y fin, es un
estorbo inmenso para trabajar esas cuestiones metafísico-culturales. Y es que para acceder a los documentos (que además tienen que ser
reales, los documentos ficticios o adaptados están tan prohibidos
como las tâches finales) hacen falta unos conocimientos
lingüísticos que hay que ir proporcionando a los alumnos sobre la
marcha, a partir de los que ya tienen. Y a veces tienen pocos. A mis dos grupos de Première (de
una modalidad que está a medio camino entre el Bachillerato y la FP
de grado medio) las palabras se les atragantan cuando tienen buenas ideas que se acercan a la problemática que estamos
trabajando. Intentar hacerles volar tan alto un viernes a las cuatro
de la tarde garantiza que te estampen contra el suelo (y más si
estamos hablando de un grupo de treinta y dos chicOs).
Pero no me quejo. Por suerte me ha
tocado un lycée, y puedo hacer problemáticas que van más allá de
meros simulacros (con unos alumnos de collège que están aprendiendo el
verbo “comer” pocos debates culinarios en español vamos a tener). Cuando los alumnos saben ya algunas cosas y tienen cierta
madurez, crear una Unidad Didáctica a partir de una problemática es
muy gratificante. Todo encaja, hay un argumento, se ven varias líneas
de fuerza: un auténtico placer. Luego al cocer todo mengua, pero me
gusta creer que algo queda de esa estructura original.
Lo que sí que no comparto es la idea
de que esta forma de programar permita a los alumnos tratar con lo
más elevado a la vez que con lo más terrenal, con la Cultura con C
mayúscula a la vez que con las culturillas, con los protocolos
académicos a la vez que con las cervezas. Nada de eso: estamos
completamente del lado de lo contemplativo y deberíamos asumirlo.
Miramos a esa Problemática que flota irradiando divinidad y nos
pican los ojos. La intensidad de la luz nos obliga a fijar la vista
en el suelo, en los textos, películas, cuadros y fotografías.
Negociamos con los particulares para que nos muestren el camino para
acceder a ese bien, y milagrosamente lo conseguimos porque cada uno
de ellos participa de las grandes ideas ordenadoras, en cada uno de
ellos encontramos ciertas semillas de Verdad.
Póngase usted a desgranar la Verdad
con treinta y dos alumnos que tienen problemas hasta con el presente
de indicativo.
domingo, 31 de agosto de 2014
Vous
Un profesor (un excelente profesor) de
la formación que tuvimos hace unos días nos hablaba de la
importancia de transmitir la cultura española. En concreto, nos
desaconsejaba que nuestros alumnos exclamasen “presente” al pasar
lista, porque en España eso ya no lo decía nadie y si no, si alguna
vez alguno tenía que estudiar allí, todos sus compañeros de clase se
reirían de él. A mí el “presente” no me parecía tan terrible,
pero otra práctica me parecía mucho más difícil de importar a la
tierra patria, así que levanté la mano para preguntar si sería
aconsejable pedir a los alumnos que nos tuteasen cuando nos hablasen
en español. Su respuesta fue tajante: de ninguna manera. En Francia,
a los profesores se les habla de “vous”, así que en español, de
“usted”.
Tratar a alguien de “vous” es
ligeramente diferente a tratarlo de “usted”. El propio término
no es baladí: “vous” significa vosotros, es una cuestión de
tamaño: ¿de qué otra manera podríamos dirigirnos a un individuo
que posee una grandeza tal que desborda lo singular? No es uno, son
muchos. Nuestro “usted” se queda en lo pacato, en el
distanciamiento rudimentario de la lejanía. Usándolo, negamos que nuestro interlocutor sea un verdadero interlocutor, le miramos
por el rabillo del ojo. Como buena tercera persona de singular, es
aquello de lo que hablamos pero no con quien hablamos. Es un recurso
muy radical, incluso desagradable, tal vez por eso nos da miedo y lo
usamos lo menos posible.
A los franceses, el “vous” no les
da ningún miedo. El tratamiento de cortesía está por todas partes, y no porque limite menos las relaciones sociales que nuestro “usted”. Limita lo mismo, y sin desentonar. Puede verse como el epifenómeno de una sociedad
muy jerarquizada, pero también como la herramienta perfecta para
mantener el status quo. Porque esa ordenación piramidal, con sus miles
de ritos, es tal vez lo más sagrado que existe en Francia. Y no hay
nada mejor para evitar que la estructura social se descomponga que
impedir que los miembros de diferentes estratos puedan hablarse con
comodidad.
En torno a esto hay un término muy
llamativo: el “pedigrí”. A veces, los franceses se ponen a hablar
de pedigrís. A un amigo mío se lo preguntaba el casero, para ver si
le compensaba alquilarle el piso; yo tengo que confesar que nunca
me lo había tropezado en directo hasta ayer, en una fiesta (me
gustan las fiestas porque en ellas no hace falta plantearse si toca
usar el “tu” o el “vous”), en medio de uno de los diálogos
más surrealistas que nunca he mantenido:
-Y tú, ¿en qué trabajas?
-He estudiado Derecho y mi mujer es
china.
-Eso no es un oficio
-Ya lo sé. Te estoy diciendo mi
pedigrí.
Muchos franceses son ciegos a estas
cuestiones, hay algunos que se prestan al juego y se enorgullecen de
medrar en la escala social, hay otros que lamentan la existencia de
tantas rigideces. Al margen de opiniones individuales, no cabe duda
de que la sociedad francesa ha sabido encontrar los mecanismos para
perpetuar su estructura jerárquica por los siglos de los siglos y de
que esa jerarquía es, al fin y al cabo, su esencia, su núcleo, su
alma, su cumbre.
sábado, 2 de agosto de 2014
Burocracia
Cuando cubrí mis primeros impresos oficiales, hace unos catorce años, vigilé que cada letra que escribía fuese perfecta e inequívocamente interpretable. Confirmé diez o doce veces la veracidad de cada información que daba, releí el conjunto otras cuatro o cinco y entregué el impreso (que afortunadamente no tenía más de dos páginas) todavía con dudas de su validez. El temor a que una inexactitud se colase y me impidiese conseguir lo que quería era paralizante.
Por aquel entonces todavía no había descubierto que los adultos viven en un mundo de tentativas y aproximaciones. Un mundo en el que la perfección burocrática es un ideal, deseado e inalcanzable como todos. En el que las formulaciones son confusas, las cartas se pierden y los errores informáticos se multiplican. Una estructura altamente inestable que, sin embargo, se tiene en pie. El sistema es tontico pero en el fondo es bastante comprensivo: no se molesta por que en los últimos dos años hayas tenido unas seis direcciones diferentes; y te reconoce y te saluda aunque unos días estés normal, otros vayas con tilde y de un tiempo a esta parte te hayan puesto el otro punto.
Por aquel entonces todavía no había descubierto que los adultos viven en un mundo de tentativas y aproximaciones. Un mundo en el que la perfección burocrática es un ideal, deseado e inalcanzable como todos. En el que las formulaciones son confusas, las cartas se pierden y los errores informáticos se multiplican. Una estructura altamente inestable que, sin embargo, se tiene en pie. El sistema es tontico pero en el fondo es bastante comprensivo: no se molesta por que en los últimos dos años hayas tenido unas seis direcciones diferentes; y te reconoce y te saluda aunque unos días estés normal, otros vayas con tilde y de un tiempo a esta parte te hayan puesto el otro punto.
Con carácter retroactivo
Parece que preparar oposiciones es una actividad que solo adquiere sentido retroactivamente, es decir, en caso de que se saque la plaza o se asegure una interinidad. En caso contrario, todos los días, meses o años que se han dedicado a su estudio se convertirán en tiempo muerto, desperdiciado, ofrendado a un dios inicuo que no escucha las plegarias. El pobre opositor verá como un pedazo de su vida se ha escurrido sin ganar dinero, sin vivir nuevas experiencias y, lo peor de todo, sin ni siquiera disfrutar.
La forma de escapar a este peligro es tener un plan B. Nadie debería vender su alma a unas oposiciones. Podría estar regalándola sin saberlo.
La forma de escapar a este peligro es tener un plan B. Nadie debería vender su alma a unas oposiciones. Podría estar regalándola sin saberlo.
sábado, 7 de junio de 2014
Neonomadismos
Soy nómada. Y la mitad de mi generación también lo es. La otra mitad no, ellos siguen anclados en el sedentarismo tradicional. Nuestro nomadismo no es una vuelta al pasado prístino de los bisontes y las frutas silvestre. No vestimos raro ni descuidamos la higiene (afortunadamente), así que no nos diferenciamos de un sedentario cualquiera hasta que él o nosotros abrimos la boca. Cuando eso sucede, ni lo comprendemos ni nos comprende.
Los neonómadas comenzamos nuestra vida de cero un par de veces al año. Lo que nos mueve es siempre el trabajo aunque, todo hay que decirlo, el trabajo es muchas veces nuestra excusa. Tener un empleo lejos una estupenda manera de marcharse: nos da seguridad económica, algo que hacer y una respetabilidad social que no veas. Además (y casi es la razón principal) buscar un nuevo destino nos libera de padecer la inminente partida de todos los amigos neonómadas que hemos hecho aquí.
Para nosotros viajar ha dejado de ser algo trascendental y místico: nos sabemos todas las tarifas, conexiones y planes de ahorro de cuatro o cinco medios de transporte. Nos quedamos sopa en el tren con la tranquilidad de saber que no se nos pasará la parada. Nuestra maleta es cada vez más pequeña, más reducida, más destilada. En vacaciones visitamos a otros neonómadas, haciendo el que tal vez sea el tipo de turismo más profundo: el turismo del nativo. Nos integramos en la rutina de nuestros amigos, hacemos lo que hacen, sentimos lo que sienten, vemos la ciudad a través de sus ojos, que la saben mirar mejor. Para los turistas tradicionales todas las ciudades se parecen (y se parecen más cuanto más alta sea la categoría de su hotel); nosotros no somos esos guiris que van de museo en museo, no sentimos aquel temor de desaprovechar el tiempo por dejar sin ver una ruina o una reliquia.
Nuestro mayor defecto es la tendencia a indignarnos. Nos indignamos cuando en Asturias una sedentaria nos dice que lleva diez años sin ver a buena una amiga que vive en Galicia. Nos indignamos cuando una pareja de sedentarios crea un drama de telenovela por tener que estar sin verse durante un mes. Nos indignamos cada vez que un sedentario se lamenta de la aridez de su terruño laboral. Y nos volvemos proselitistas, intentando convertirles al neonomadismo, fracasando siempre. Los sedentarios ni siquiera salen de su casa para venir a hacernos una visita.
Los neonómadas no sabemos si alguna vez querremos o podremos ser sedentarios. Estemos donde estemos, notamos que algo que nos falta, y movernos sin parar es una forma de luchar contra esa sensación de pérdida. De todas maneras, nunca llegamos a caer en la melancolía porque sabemos que sería inútil. Eso que añoramos casi nunca existe ya, es tan hijo del tiempo como del espacio. Igual que nosotros.
La única forma que tenemos de reunir a toda la gente a la que queremos es Internet. Nuestra patria debe de estar en algún lugar entre Facebook, Gmail, Skype y Whatsapp. De vez en cuando entramos en Google Maps y con el street view recorremos las calles de aquellos lugares que una vez fueron nuestros. Aterrizamos en un punto cualquiera de la ciudad y, paso a paso, vamos dirigiéndonos hacia nuestro hogar, sorprendidos de encontrar detalles que habíamos olvidado pero que estaban cargados de significado. Y creemos ver caras y oír voces, nos quema el sol, nos hace daño un zapato. Entonces nos sentimos viejos, nos sentimos locos, nos sentimos muertos, y renacidos, y muertos otra vez en una infinita concatenación de vidas.
Los neonómadas comenzamos nuestra vida de cero un par de veces al año. Lo que nos mueve es siempre el trabajo aunque, todo hay que decirlo, el trabajo es muchas veces nuestra excusa. Tener un empleo lejos una estupenda manera de marcharse: nos da seguridad económica, algo que hacer y una respetabilidad social que no veas. Además (y casi es la razón principal) buscar un nuevo destino nos libera de padecer la inminente partida de todos los amigos neonómadas que hemos hecho aquí.
Para nosotros viajar ha dejado de ser algo trascendental y místico: nos sabemos todas las tarifas, conexiones y planes de ahorro de cuatro o cinco medios de transporte. Nos quedamos sopa en el tren con la tranquilidad de saber que no se nos pasará la parada. Nuestra maleta es cada vez más pequeña, más reducida, más destilada. En vacaciones visitamos a otros neonómadas, haciendo el que tal vez sea el tipo de turismo más profundo: el turismo del nativo. Nos integramos en la rutina de nuestros amigos, hacemos lo que hacen, sentimos lo que sienten, vemos la ciudad a través de sus ojos, que la saben mirar mejor. Para los turistas tradicionales todas las ciudades se parecen (y se parecen más cuanto más alta sea la categoría de su hotel); nosotros no somos esos guiris que van de museo en museo, no sentimos aquel temor de desaprovechar el tiempo por dejar sin ver una ruina o una reliquia.
Nuestro mayor defecto es la tendencia a indignarnos. Nos indignamos cuando en Asturias una sedentaria nos dice que lleva diez años sin ver a buena una amiga que vive en Galicia. Nos indignamos cuando una pareja de sedentarios crea un drama de telenovela por tener que estar sin verse durante un mes. Nos indignamos cada vez que un sedentario se lamenta de la aridez de su terruño laboral. Y nos volvemos proselitistas, intentando convertirles al neonomadismo, fracasando siempre. Los sedentarios ni siquiera salen de su casa para venir a hacernos una visita.
Los neonómadas no sabemos si alguna vez querremos o podremos ser sedentarios. Estemos donde estemos, notamos que algo que nos falta, y movernos sin parar es una forma de luchar contra esa sensación de pérdida. De todas maneras, nunca llegamos a caer en la melancolía porque sabemos que sería inútil. Eso que añoramos casi nunca existe ya, es tan hijo del tiempo como del espacio. Igual que nosotros.
La única forma que tenemos de reunir a toda la gente a la que queremos es Internet. Nuestra patria debe de estar en algún lugar entre Facebook, Gmail, Skype y Whatsapp. De vez en cuando entramos en Google Maps y con el street view recorremos las calles de aquellos lugares que una vez fueron nuestros. Aterrizamos en un punto cualquiera de la ciudad y, paso a paso, vamos dirigiéndonos hacia nuestro hogar, sorprendidos de encontrar detalles que habíamos olvidado pero que estaban cargados de significado. Y creemos ver caras y oír voces, nos quema el sol, nos hace daño un zapato. Entonces nos sentimos viejos, nos sentimos locos, nos sentimos muertos, y renacidos, y muertos otra vez en una infinita concatenación de vidas.
sábado, 31 de mayo de 2014
La naturaleza gusta de ocultarse.
Cada vez que los franceses se enfrentan académicamente a algo, lo
problematizan. Es decir, lo estudian a través de una pregunta. Como lo llevan haciendo desde su menos tierna infancia, les sale automáticamente. Si les das un par de textos los ubican dentro de una noción, formulan una pregunta estructuradora, exponen el plan de ataque (introducción, plan, tesis, antítesis, síntesis, conclusión) y apenas cinco horas después te lo materializan todo en forma de ensayo comprensivo y comprensible. Una decena de años de entrenamiento ha convertido a los franceses en seres que segregan problematizaciones.
Los españoles somos más vagos, más difusos, menos mecánicos en el ataque de los temas. No hay recetas universales. Muchas veces decimos cualquier cosa y cuela (habría que hablar también de la radical diferencia de baremos entre aquí y allá, nuestra generosidad evaluadora frente a su tacañería). Es posible que esto nos haga menos sólidos intelectualmente hablando, pero también menos dogmáticos. Somos capaces de concebir diversas formas de tantear el mundo, y tenemos cuidado para hacerlo de la forma en que nos pidan. En cambio, los marcos ordenadores del pensamiento de nuestros vecinos se convierten a veces en su única forma de ver el mundo.
Pero admitámoslo: ¡qué marcos! Me encanta la forma que tienen los franceses de interrogar a la realidad. Disfruto viendo cómo la sientan en la silla y le apuntan a la cara con la lámpara. Solo lamento la sordidez burocrática del informe, que a fuerza de rutina acaba por matar lo lúcido de lo disidente. Pero es un mal menor. Este tipo de búsqueda tiene un gran sabor filosófico, sea cual sea la materia en que se inserta. Contempla el mundo como un misterio resoluble en el que los particulares nos dan pistas sobre los principios ordenadores que sostienen la realidad. Unos principios a los que, por mucho que se escondan, acabaremos descubriendo y arrestando.
Los españoles somos más vagos, más difusos, menos mecánicos en el ataque de los temas. No hay recetas universales. Muchas veces decimos cualquier cosa y cuela (habría que hablar también de la radical diferencia de baremos entre aquí y allá, nuestra generosidad evaluadora frente a su tacañería). Es posible que esto nos haga menos sólidos intelectualmente hablando, pero también menos dogmáticos. Somos capaces de concebir diversas formas de tantear el mundo, y tenemos cuidado para hacerlo de la forma en que nos pidan. En cambio, los marcos ordenadores del pensamiento de nuestros vecinos se convierten a veces en su única forma de ver el mundo.
Pero admitámoslo: ¡qué marcos! Me encanta la forma que tienen los franceses de interrogar a la realidad. Disfruto viendo cómo la sientan en la silla y le apuntan a la cara con la lámpara. Solo lamento la sordidez burocrática del informe, que a fuerza de rutina acaba por matar lo lúcido de lo disidente. Pero es un mal menor. Este tipo de búsqueda tiene un gran sabor filosófico, sea cual sea la materia en que se inserta. Contempla el mundo como un misterio resoluble en el que los particulares nos dan pistas sobre los principios ordenadores que sostienen la realidad. Unos principios a los que, por mucho que se escondan, acabaremos descubriendo y arrestando.
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