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sábado, 2 de noviembre de 2019

Madrid no existe

A mí no me engañáis, sé bien que Madrid no existe. Es una construcción ficticia hecha a retales. Emerge de los decorados de las noticias de los periódicos; de los apartados de correos de empresas gaseosas (como todas las que son grandes), de las instituciones que se escriben con mayúscula, de buena parte del cine español y la mitad de lo que muestran sus géneros menores (programas, informativos, publicidad). 

Si creemos a estas voces, Madrid es el que es. Existe más que ninguna otra cosa en el mundo. Y por eso mismo existe menos, o existe raro, de una forma inquietante. Tiene sabor a distopía, o a alucinación colectiva, con una gran densidad ontológica pero que exige un acto de fe. 

Cuando se vive en cualquier otro lugar del país, Madrid está siempre presente y siempre mediado.  Ajeno al mundo vulgar de las provincias, no está dado a escala organoléptica. De ahí que vivir en Madrid en cuerpo, y no solo en alma (en alma siempre, a la fuerza, estamos), sea una experiencia tan extraña. Dar un paso por cualquier calle del interior de la M-30 implica tropezarse con los edificios donde se hacen las cosas que no pensamos que se hicieran en ninguna parte. Las fábricas de lo que es. 

¿Cómo hemos llegado aquí, a la sede de las esencias? Tiene algo de experiencia post mortem. Y está el eslogan, por supuesto, confirmando nuestras sospechas. E intentando desmentirlas. "De Madrid al cielo", que dicen. Pero no es exageración. Es coartada.

sábado, 24 de marzo de 2018

Opositores docentes

La expresión “opositores docentes” siempre me suena a que estamos en contra de la docencia, que predicamos la anarquía o el analfabetismo. Que traemos la guillotina a la plaza para cercenar testas de pedagogos. Que de cara a la educación hacemos objeción de conciencia (objeción de docencia), me opongo, señoría, y nos vamos. Educadamente.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Tacto

Hay algo de mandala en el trazado de tablas, algo de zen en el dibujo de flechas, algo de sudoku en las medias ponderadas. El movimiento, por pequeño que sea, es cálculo, es gimnasia, es rito.

Los que nunca supimos tener una agenda sentimos a veces la seducción de la tinta. Contemplamos cómo nuestros compañeros llenan de letras redondas sus libretas pautadas. El papel es rugoso, árido, hambriento. O refleja la luz de los fluorescentes, terso y suave. Las líneas de los otros nunca se tuercen. Y buscan en el estuche entre treinta bolígrafos uno para los títulos y otro para los subrayados.

La papelería es sensorial. El clic de la tapa. La presión del clip. La humedad del tipex. La sequedad de la tiza. La gravedad de las fundas. Sospecho que hay gente que se dedica a la docencia para seguir estrenando rotuladores. Y es una razón tan válida como cualquier otra.

lunes, 31 de julio de 2017

De la creación de materiales didácticos como una de las bellas artes

Hay textos maravillosos por ahí sueltos. Y viñetas, y vídeos, y fotografías. Se esconden mal, siempre asoman las orejas, o una pezuña. Es muy fácil capturarlos.

Dicen que para escribir una novela hay que planificar las tramas y las subtramas. Luego, dividirla en escenas. Acto seguido, escribir las escenas. Por último, jugar con ellas: cambiarlas de orden, de enfoque, de voz, añadir unas, suprimir otras. Preparar clases es como escribir novelas, excepto en los tres primeros pasos. La trama y las subtramas vienen dadas. Las escenas están escritas. Nos queda el juego, la concatenación, la mirada. El hilo, el relato, al fin y al cabo.

Ninguna trama es un hilo (¡la trama! ¡Como las telas!), pero para transmitirla hay que hilarla. Con la Filosofía pasa lo mismo: ella tampoco es lineal, pero el curso escolar sí que lo es (¡el curso! ¡Como los ríos!).El tiempo impone la rueca.

Dicen que las escenas de una novela son como cuentas de un collar y que escribir la obra es decidir qué bolas se ensartan en el hilo, y en qué orden. La Filosofía tiene una trama que va más allá de la de cualquier novela, abarca los infinitos mundos posibles, aquello de lo que se puede hablar y de lo que es mejor callarse. Hay miles de escenas escritas, y más, y todas, cualquier pedazo del mundo es una escena en potencia. Por eso la etapa del juego es tan divertida: el collar no es único, y cada combinación muestra lo otro que al mismo tiempo es lo mismo. La realidad de siempre bajo una nueva mirada.

La Historia de la Filosofía ya nos viene jugada: el tiempo ya la ha hilado, le ha quitado el encanto. La Filosofía sin apellidos es una obra abierta, lo vemos con cada nuevo material didáctico.

Sustituir un material no implica que no nos guste. Unas veces nos gusta tanto que ya lo hemos utilizado en un curso inferior. Otras, nos gustaba hasta que nos dio una coz en el estómago y mordió a seis alumnos. El caso es que cada nuevo material modifica el hilo de la unidad didáctica en la que se inserta o se ensarta. Guiamos el relato, sabemos qué queremos decir, pero siempre se nos escapa un poco de las manos, y lo que estaba en la sombra sale a la luz, y brilla, y el collar está hecho de piedras preciosas.

miércoles, 17 de agosto de 2016

A pie

Veraneo en A, un lugar que no está lejos del mar pero tampoco lo tiene en el horizonte. La playa no está dada a escala organoléptica, vamos. Llegar en bus lleva un rato largo caracterizado por el calor, las paradas y la adolescencia. El coche es mucho más cómodo, pero trae consigo cierta desesperación a la hora de aparcar. De una u otra forma, la playa se perfila como un mundo aislado y lejano solo accesible a través de una máquina que circule sobre ruedas.

El otro día fui andando a la playa, algo que no había hecho desde que tenía dieciséis años. Cuando, una hora después, metí un pie en el agua, me di cuenta con estupefacción de que vivía en una ciudad costera. Por alguna razón mágica, si salía de casa en A y caminaba durante una hora, llegaba al mar. Cuando vivía en  Z, si salía de casa y caminaba durante una hora llegaba a la estación de autobuses. Algo, para qué negarlo, mucho menos evocador.

jueves, 9 de junio de 2016

Junio

Junio es todavía un territorio por explorar, la última frontera. Es la primera vez en mi vida que soy profesora en junio. Ni siquiera he vivido un fin de curso estando de prácticas (las prácticas nunca empiezan al principio ni acaban al final). Francia es para mí sinónimo de cursos que se acaban en marzo y abril por fin de contrato; o en febrero, por deserción. Entre una cosa y otra, hace años que no acabo el año.

Pero junio está aquí, imponente, impotente. Bonachón y cansado, lleno de despedidas cariñosas pero sufriendo un horrible deshilachamiento. El mes se alarga y las notas están puestas, el mes se alarga y ya no hay nada que hacer, las horas se hacen blandas, hay treinta y seis grados fuera y dentro no sabemos ni cuantos (los alumnos perfeccionan sus abanicos de papel, no olvidemos que esta es la ciudad del origami). El fin de curso es una asíntota a la que nos acercamos sin tocarla, un concepto matemático que ilustra lo que no existe. Tal vez esa sea la clave, tal vez no haya fin de curso. Tal vez no.

jueves, 14 de enero de 2016

La be delatora

El lenguaje muestra, el lenguaje oculta. Ondea, se escurre, se filtra, chorrea.

Hasta que no tuve que escribirlo en francés, no me di cuenta. Les susbstantifs, los sustantivos, se escriben con la be metafísica, esa be delatora. Desde el momento en que a una palabra se le escapa la be, su genealogía se hace evidente. Los sustantivos son los que tienen sustancia, los que tienen substancia.

A través de esta puerta entramos todos, queramos o no, en una ontología barroca donde todas las cosas "son" por el mero hecho de ser llamadas. El unicornio es. Lo terrorífico es que el lenguaje, con sus malditas bes, nos hace llegar más y más lejos. Porque una cosa es afirmar la existencia de las ligeras esencias y otra muy distinta predicarla de las pesadas substancias. El unicornio tiene sustancia, su nombre la anuncia. A este paso, vamos a acabar alimentándolo.

jueves, 17 de septiembre de 2015

Compulsas compulsivas

Las fotocopias compulsadas siempre me han parecido un misterio arcaico, una paradoja a la que nadie quiere mirar. Se compulsa para probar que la copia es idéntica al original, aunque es evidente que si se compulsa es porque la copia difiere (si no, la haríamos pasar por él). Luego está el problema del estatus burontologico de la copia compulsada. Por obra y milagros de una mancha de tinta se ha convertido en un clon perfecto del original sin dejar de ser una imagen degenerada. Ahora vale lo mismo, pero nunca dejará de valer infinitamente menos. Lo sustituye en ese momento, marchitándose enseguida y muriendo sin descendencia. No se aceptan fotocopias compulsadas de fotocopias compulsadas. Es una pena: sería interesante asomarse a ese abismo de fotocopias infinitas, de pérdidas y garantías jerárquicas y lineales.


Una amiga mía, alemana para más señas, pidió hace unos años que le compulsasen una fotocopia del título de su carrera para poder hacer un papeleo en Francia. El funcionario alemán, tras imprimir la compulsa en la fotocopia, quedó pensativo. "Esto que he hecho debería ser suficiente. Pero por si acaso vete a esta oficina" dijo, mientras escribía las señas en un papel. En aquella oficina plasmaron otro cuño sobre la fotocopia para dar fe de la autenticidad del primero y, de propina, uno sobre el título original. Aquel funcionario tenía un estatus más elevado que el de antes pero idéntica preocupación. "Para estar bien seguros yo iría a esta dirección"- aconsejó, dándole una nueva hoja. Tras seguir las indicaciones, ella llegó al despacho de un tercer funcionario, más excelso que los anteriores, que estampó un texto y una engolada rúbrica en el diploma y la fotocopia, garantizando así la validez del segundo cuño. Mi amiga estaba cada vez más preocupada. No podía dejar de pensar que tal vez hiciese falta la garantía de un cuarto funcionario, porque si no ¿quién podía tener la certeza de que el tercero era veraz? Entre tanto, manchado de tinta de diversa procedencia, el título, el original, el inmaculado, el etéreo, palidecía. Los aditamentos destinados a acreditar su valor lo habían puesto en entredicho. Ya nada volvería a ser como antes.

viernes, 14 de agosto de 2015

Ocho formas de mirar a un cuervo


Pájaro negro, de mal agüero, bicho oscuro y desalmado. Todos los cuervos son distintos, todos son el mismo. Aquí encontrará usted una guía para la adecuada contemplación de este animal fascinante.

1. Póngase a su nivel. Agáchese hasta tener casi la misma altura que el cuervo. Cuando él camine, camine. Cuando él le mire a los ojos, mírele a los ojos usted también. Si él huye, espantado, persígalo con idéntico terror. Después de un rato usted comenzará a sentirse más ligero, puede que le salga alguna pluma, sus ojos definitivamente serán más negros. No olvide imitar los graznidos. Siga haciendo esto con frecuencia, en todas las ocasiones posibles. Cuando el pájaro eche a volar, vuele.

2. Adórele. Contemple sus plumas de carbón, misterio de la hermosura. Júrele lealtad eterna y amor incondicional. Póstrese ante él y ofrézcale su vida. A continuación, haga todo lo que el pájaro le pida.

3. Clave los ojos en sus plumas hasta ver en ellas un reflejo. Porque si un espejo es una superficie brillante pintada de negro, el cuervo tiene que ser un espejo vivo. Comience contemplando una sola pluma hasta verse a sí mismo. Siga mirando. Cuando haya visto todo lo que se puede ver, mire un poco más. Sentir vértigo es síntoma de ir por el buen camino. Tras la contemplación del mundo, prosiga. El universo es un buen punto de partida.

4. Mire al pájaro por el rabillo del ojo, con desconfianza. Dele la espalda pero siga pensando en él. Simule tener en mente otra cosa pero dedíquele todos sus pensamientos. No olvide lanzarle, cada poco, una mirada furtiva. Esa noche los cuervos poblarán sus sueños, permitiéndole contemplar vívidamente cada uno de sus malvados matices.

5. Persiga al pájaro para sacarle una foto. Mírele a través de la pantalla de la cámara, evite los contraluces, busque una luz favorecedora, tenga cuidado al encuadrar. Repita esta operación con cada cuervo que vea. Al cabo de un mes habrá descubierto que los cuervos sólo tienen dos dimensiones, largo y alto, y que su imagen va cambiando según dónde nos situemos. Entonces, si lo desea, podrá cazar uno y meterlo en un sobre.

6. Lea todos los libros de anatomía y fisiología de aves que caigan en sus manos. Memorice la disposición de cada músculo y tendón, la composición de cada célula. Eso bastará. Todo cuervo físico no es otra cosa que una instanciación de ese esquema. Desdéñelos.

7. Compre un bloque de arcilla y cree una escultura de un cuervo sin mirar el modelo. Cuando lo haya acabado, píntelo de negro. Es probable que la escultura no se parezca en nada al original. Pero ahora cada vez que mire un cuervo sabrá que es usted quien lo ha creado, tras un prototipo fallido hecho de barro. Y sentirá un gran orgullo al contemplar su agilidad y el limpio acabado de sus alas.

8. Contemple al pájaro en toda su complejidad física, química, biológica y metafísica. Desespérese. Mésese los cabellos. Llore. Prepárese un té y dedíquese a otra cosa.

martes, 5 de mayo de 2015

Así calló Zaratustra

Zaratustra se ha convertido en el superhombre. Miradlo qué orgullo, cómo se recorta contra todo servilismo. Se pone por encima de Dios, una mera hipótesis, y crea sus valores anclados en la vida. Nada ni nadie le domina, ejerce su voluntad de poder. Escuchad sus palabras, cómo os alienta para que hagáis lo mismo que él. Cómo os exhorta. Cómo os sermonea.

¿Por qué tanto empeño en salvarnos, Zaratustra? ¿A ti qué más te da? ¿Esperas aplausos? No te hacen falta, ya conoces tu propio valor ¿Qué sacas en limpio, entonces? Si no sacas nada, el problema es aún más grave. Parece como si quisieras convertirte en el redentor. Y eso del redentor nos recuerda sospechosamente a una mentalidad a la que despreciabas.

lunes, 9 de marzo de 2015

Por las junturas naturales

- Vamos a hacer la comida. Por cierto, ¿tú sabes despiezar un pollo?
- ¡Por supuesto! Soy licenciada en filosofía.

jueves, 20 de marzo de 2014

A la manera de Borges

Tras la lectura ligeramente decepcionante de El Aleph decido buscar otro libro del genial ciego, uno que me había impresionado hace tiempo hasta el punto de creerme en presencia de lo absoluto y sospechar que después de aquello nada en toda la historia de la literatura iba a ser mejor, igual, cercano, comparable. Un libro malvado que hacía desear no haberlo leído nunca. Uno que condenaba al fuego a todas las bibliotecas no por sacrílegas sino por fútiles. Olvidado el título de la opera magna hojeo miles de catálogos y en uno, polvoriento y desgastado por las arenas de los siglos, descubro una palabra que despierta en mí cierta resonancia: Ficciones. Consigo un ejemplar de la obra, si bien no el mismo que había leído aquella otra vez. La sospecha que siempre había albergado se confirma con una claridad ineludible en cuanto empiezo a leerlo. Es el mismo libro y no lo es: unos cuentos me resultan conocidos, otros sólo ligeramente familiares, unos parecen escritos ayer por alguien que nunca ha leído al gran Borges, los hay que reproducen una historia que nada tiene que ver con la que se deduce analíticamente de su título, no dicen nada o dicen demasiado. Ya lo sabíamos pero cerramos los ojos: cada libro es infiel a su modelo, una variación del original tan sutil que resulta imperceptible pero capaz de cambiar el significado de todas sus palabras.
Cómo abordar la tarea infinita de comparar una por una las letras de una obra, los espacios entre las líneas, las imágenes que suscita, las trampas que esconde, los porvenires que concreta. Estas segundas Ficciones carecen del brillo de aquellas que habían caído en mis manos tanto tiempo atrás. Son manifiestamente la copia, vago reflejo del original. La onda en el charco turbio o el eco en el abismo. No vivo ahora más que para buscar aquel ejemplar divino que encerraba en su interior todo lo esquivo del universo. Guardo el inconfesable temor de no encontrarlo jamás, de perderlo o perderme en el laberinto de sombras de los especímenes.

martes, 26 de noviembre de 2013

Cuadernos

Cuentan los ancianos la triste historia del profesor que murió aplastado por las libretas de sus alumnos. Mientras la pila le sepultaba, el hombre preguntábase por qué sería tan cenutrio, por qué no habría calculado antes de pedirlas la cantidad ingente de tiempo y de trabajo que iba a destinar a su corrección. Y al papel, la tinta y el metal se sumaba otra carga, tal vez incluso más pesada: la de saberse hacedor de su propio infortunio. Dicen las gentes que en las noches de luna llena todavía lo ven penando por los alrededores del instituto, arrastrando sus bolsas de libretas cual cadenas de académico fantasma, murmurando insensateces sobre la inminente evaluación.

Al margen del trabajo y de la turra que da corregir cuadernos, el acto tiene algo de obsceno, de invasivo. Hay algo dentro de mí que me dice insistentemente que los cuadernos pertenecen a la esfera de lo privado. Tal vez tenga que ver con mi pasado reciente. En los últimos años de instituto y en todos los de universidad, el cuaderno es algo así como una prolongación del cuerpo de su propietario, y cada uno lo gestiona como le viene en gana. Como si quiere amputárselo, está en su derecho.

Los que somos por naturaleza malcuriosos, nos hemos pasado últimos años  mezclando el Inglés con la Química y la Ética con la Lógica. A veces las hojas se podían reorganizar por fechas, otras por el número de página, en una numeración tantas veces recomenzada que al cabo de un tiempo de subrayados y circulitos pasaba a los números romanos, a las mayúsculas, a las minúsculas y al alfabeto griego. De un día para otro, el bolígrafo cambiaba de color, y casi nunca lo recuperaba.  En cuanto a la caligrafía, algunos de mis compañeros recordarán mi clásica respuesta: te dejo copiarme pero no esperes que te traduzca.  "Esta mala presentación es una mancha en tu expediente" me apostilló en primero de ESO una profesora, antes de devolverme un examen que rondaría el nueve. Yo me reí de su dramatismo, pero por si acaso intenté mostrar mi mejor faceta de alumna seria y aplicada en los cuadernos de su asignatura y de las otras. Pura fachada. Tener unos cuadernos bonitos me parecía un engorro. Eran hipócritas, eran artificiales. Tenía los ojos de mis profesores clavados en la nuca mientras escribía, de ahí no podía salir nada bueno. Aquellas libretas eran estúpidas.

Y ahora las recojo. Malísima idea, no por la montaña sino por la traición que eso supone. Tal vez sobreviva a la avalancha, pero ¿qué vida de alimaña sin principios me esperará después? ¿Se apiadará de mi alma el dios de los zafios? ¿Acaso todos mis profesores de la ESO han sido alumnos caóticos? Tengo aún muchas otras preguntas trascendentales, pero me temo que las tengo que dejar para otra ocasión. Hay algún que otro cuaderno que espera que lo corrija...

miércoles, 16 de octubre de 2013

Crónica de un mes sin Internet

15 de septiembre
A las tantas de la noche tras un viaje accidentado que incluye una rama en el motor del tren y senderismo sobre las vías cargada de maletas, llego a mi nuevo centro en el que dispongo de una habitación. La inspecciono, la olisqueo, la ducha funciona bien, la moqueta qué se le va a hacer, mis sábanas son el doble de grandes que la cama así que las doblaré por la mitad. Saco el ipod. Varias redes, todas cerradas. Mañana pediré la clave de la wifi del instituto.

16 de septiembre
Pido la clave a los profesores y administradores. Me dicen que no la tienen, pero que la saben los alumnos. Pido la clave a los alumnos. Me dicen que no la tienen, pero que la saben los profesores. Ahora sospecho que lo que pasa es que no hay wifi y nadie se ha enterado.
Los ordenadores de la sala de profesores están censurados por el rectorado y además prefiero no utilizarlos para asuntos personales. El teclado es francés, lo cual es el infierno ortográfico. 
En plan zahorí postmoderno recorro el pueblo buscando redes abiertas. Infructuosamente. Cuando estoy volviendo a la habitación veo un viejecillo con un ordenador portatil sentado en frente de la Oficina de Turismo. Mi ipod me dice que la red está abierta, pero la página me pide una clave de la que carezco. La Oficina de Turismo ya cerró a las cinco de la tarde.

17 de septiembre
En la Oficina de Turismo me dan un mapa, la clave y me indican que puedo consultar Internet fuera del establecimiento. Capto la sutil indirecta. Salgo y le vendo mi alma digital a la empresa que proporciona el punto de wifi. Consulto facebook, correo, periódicos, etc etc etc. Tras haber recibido mi ración diaria de droga digital, vuelvo a mi habitación con una sonrisa.

23 de septiembre
No pierdo el tiempo mirando tonterías por Internet, porque en la maldita plaza donde está la Oficina de Turismo hace un frío que pela y me ha entrado un buen catarro. Como ya he acabado todas las películas y series de mi ordenador dedico mi tiempo a preparar oposiciones y clases y a corregir exámenes. Sin gran cosa que hacer, me acuesto prontísimo y duermo cada día entre nueve y diez horas. Me siento como al margen de la Historia.

30 de septiembre
Por métodos analógicos, he conseguido nuevas series. He cambiado mi tarifa de móvil y tengo llamadas ilimitadas incluso a España. Hace más calor y se puede consultar Internet sin morir demasiado de frío. Buena parte de mi productividad se ha ido al garete. Pero ¿y lo bien que estoy?

9 de octubre
Hablo con mi vecino, que también trabaja en el centro, para pedirle por favor su clave de la wifi. Le explico que son sólo unos numerinos que aparecen en el router, porque el señor no se entera de una. Me dice que tiene el aparato averiado y que no me lo puede dar. Me pregunto cómo un router averiado puede dar señal. Esa misma tarde el informático del centro soluciona el enigma revelándome que no, que lo que el otro señor tiene averiado es el ordenador. Sigo sin la clave.
Los alumnos me miran raro cuando me ven en la plaza de la Oficina de Turismo enfrascada en el ipod.

13 de octubre
Logro acceder a uno de los hotspots que se pillan desde mi habitación. Salto de alegría al ver mi ordenador comunicado, pero echo un poco de menos la vida sencilla y monacal de antaño. ¿Qué va a ser de mí ahora? Ese día me acuesto más allá de medianoche.

14 de octubre
Me levanto con una extraña sensación que mi memoria recuerda lejanamente como "tener sueño". Enciendo el ordenador para leer el periódico con el desayuno. Internet ya no funciona. No, si ya estaba durando demasiado...
Estudio. Doy clases. Corrijo exámenes. Maldigo mi suerte vía telefónica.

16 de octubre
Tras una batalla perdida contra un pincho USB, mi ordenador vuelve a estar comunicado por el mismo sistema de la otra vez. A ver si de esta dura. ¿Cómo será el mundo sin tener catarro?

sábado, 13 de julio de 2013

Watson dixit

“Denme una docena de niños sanos y bien formados, y mi propio entorno específico para educarlos, y yo les garantizo que puedo elegir uno de ellos al azar y adiestrarlo para que se convierta en el tipo de especialista que yo escoja -médico, abogado, artista, hombre de negocios y, sí, incluso mendigo o ladrón- al margen de su talento, inclinaciones, tendencias, habilidades, vocaciones y raza de sus antepasados”



 Watson, Watson, no disimule. Su maniobra de distracción es brillante, pero con algunos de nosotros no ha funcionado. Confiese ya, ¿qué va usted a hacer con los otros once niños?