Hace como diez años leí en una revista que la juventud era un periodo cada vez más largo, y que a nivel europeo (para políticas de juventud) se consideraba que se era joven hasta los treinta y cinco. Me pareció un poco exagerado, pero no le di más vueltas y me quedé con la cifra como referencia.
Hace como cuatro meses, dando clase en el equivalente a primero de Bachillerato apareció la palabra joven. Para asegurarme de que la entendían pedí a uno de los alumnos que explicase lo que significaba. Dijo que un joven era una persona que tenía entre quince y dieciocho años. Yo me atraganté como alguien a quien aplasta de pronto todo el peso de la ley. "¡¿Hasta los dieciocho?!" pregunté. "Madame, mais cela ne veut pas dire "jeune"?". "Sí, claro que significa "jeune". Pero ¿sólo somos jóvenes hasta los dieciocho años?". "Bon, peut-être... Veinte. ¡No más!"
La semana pasada mis amigas de aquí, que tienen mi edad, se pusieron a hablar de la juventud. Una de ellas dictaminó que se era joven hasta los cuarenta años. "¡¿Hasta los cuarenta?!" pregunté, otra vez atragantada, y me vino a la cabeza la irónica expresión castellana ¿no me le quitas nada?. Mis amigas tenían argumentos, aunque eran un poco peculiares. "A ver, fíjate que nosotras ya estamos cerca de los treinta", me dijeron, como si pudiésemos alisarnos las arrugas a golpe de diccionario o como si dejar de ser jóvenes fuese algo que sólo les pasase a otros.
Para qué negarlo, aceptar su redefinición me beneficiaba. Me daba trece años más de locura y libertad sin remordimientos. Cuando ya estaba a punto de entregarles mi alma, una de mis amigas resumió su tesis general: "Hasta los cuarenta se es joven y, luego ya, se es adulto".
Qué pesadilla. Francia me impide aceptar esos conjuntos disjuntos: allí un joven es un jeune homme y una joven es una jeune femme, y los franceses (excepto mis alumnos, que eran un poco surrealistas) utilizaban esos términos para hablar de alguien de entre diecisiete y treinta años, más o menos. Ser adulto no impide ser joven y, afortunadamente, ser joven no impide ser adulto. De hecho, para ser joven hace falta ser adulto porque, si no, se es ado, un adolescence. Hormonas por todas partes, poca responsabilidad, negociar a qué hora se llega a casa y decir con quién se sale... ese tipo de cosas. Un individuo bajo control por su propio bien, para que no se haga daño hasta que aprenda a vivir.
Cada edad quiere tener a la juventud en exclusiva, pero de poco nos vale la juventud si por preservarnos nos infantiliza. Y de menos si nos esclaviza, si cuando por fin tengamos que franquear sus límites nos hace sentir viejos y acabados. Maldita sea la juventud si ostenta privilegios, si cuando se termina algo tiene que dejar de hacerse porque ya no procede. Al cuerno las etapas. A partir de los dieciocho se es adulto y punto. Todo lo demás, meros adjetivos.
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martes, 5 de mayo de 2015
domingo, 29 de marzo de 2015
La ciudad
Me fascina la capacidad que tienen los sedentarios para ubicar a cualquier persona con la que se tropiezan por la calle. Mira, te dicen, señalando a unos completos desconocidos, esos dos llevan como siete años juntos, y ella estaba antes con aquel que iba tanto a la biblioteca. La ciudad se ha convertido en su campo de estudio, y son muy competentes. Una sedentaria nos explicaba cómo liga por Tinder, donde no hay, decía, ningún riesgo de tropezarte con psicópatas si te fijas en los amigos de Facebook de los chicos con los que contactas y ves que a la mitad los conoces tú también.
Toda la ciudad está triangulada, cada quien es alguien porque lo es respecto a alguien. El primo, el amigo, el nieto, el alumno, el entrenador, el vendedor, el dentista o el perro. Y en general varias de esas cosas a la vez. Nadie tiene esencia en sí. No hay individuos. Todo existente queda definido por sus relaciones en esa red tupida, atrapado en esa telaraña como un vil insecto. Te cacé. Lo peor es que el insecto acepta serlo a cambio de poder ser también araña. Le da igual que otros ojos se claven en su nuca, previendo sus actos, sopesando su valor y envenenándole con una timidez acomplejada y moralista.
Eso da igual. Los sedentarios disfrutan enormemente conociendo la vida del vecino incluso antes de saber su nombre. Tal vez el placer nazca del poder que genera el control (Foucault, que le llaman). No hay misterios, no hay sorpresas, no hay incertidumbres. Aquí el mundo es pequeño y autocontenido, su población es escasa. Un universo que huele a cerrado y en el que cuesta trabajo abrir ventanas. Todo es gris, monocorde, previsible, vulgar, se censura cualquier estridencia. Y encima la gente se queja demasiado, como yo ahora, por ejemplo.
Toda la ciudad está triangulada, cada quien es alguien porque lo es respecto a alguien. El primo, el amigo, el nieto, el alumno, el entrenador, el vendedor, el dentista o el perro. Y en general varias de esas cosas a la vez. Nadie tiene esencia en sí. No hay individuos. Todo existente queda definido por sus relaciones en esa red tupida, atrapado en esa telaraña como un vil insecto. Te cacé. Lo peor es que el insecto acepta serlo a cambio de poder ser también araña. Le da igual que otros ojos se claven en su nuca, previendo sus actos, sopesando su valor y envenenándole con una timidez acomplejada y moralista.
Eso da igual. Los sedentarios disfrutan enormemente conociendo la vida del vecino incluso antes de saber su nombre. Tal vez el placer nazca del poder que genera el control (Foucault, que le llaman). No hay misterios, no hay sorpresas, no hay incertidumbres. Aquí el mundo es pequeño y autocontenido, su población es escasa. Un universo que huele a cerrado y en el que cuesta trabajo abrir ventanas. Todo es gris, monocorde, previsible, vulgar, se censura cualquier estridencia. Y encima la gente se queja demasiado, como yo ahora, por ejemplo.
domingo, 31 de agosto de 2014
Vous
Un profesor (un excelente profesor) de
la formación que tuvimos hace unos días nos hablaba de la
importancia de transmitir la cultura española. En concreto, nos
desaconsejaba que nuestros alumnos exclamasen “presente” al pasar
lista, porque en España eso ya no lo decía nadie y si no, si alguna
vez alguno tenía que estudiar allí, todos sus compañeros de clase se
reirían de él. A mí el “presente” no me parecía tan terrible,
pero otra práctica me parecía mucho más difícil de importar a la
tierra patria, así que levanté la mano para preguntar si sería
aconsejable pedir a los alumnos que nos tuteasen cuando nos hablasen
en español. Su respuesta fue tajante: de ninguna manera. En Francia,
a los profesores se les habla de “vous”, así que en español, de
“usted”.
Tratar a alguien de “vous” es
ligeramente diferente a tratarlo de “usted”. El propio término
no es baladí: “vous” significa vosotros, es una cuestión de
tamaño: ¿de qué otra manera podríamos dirigirnos a un individuo
que posee una grandeza tal que desborda lo singular? No es uno, son
muchos. Nuestro “usted” se queda en lo pacato, en el
distanciamiento rudimentario de la lejanía. Usándolo, negamos que nuestro interlocutor sea un verdadero interlocutor, le miramos
por el rabillo del ojo. Como buena tercera persona de singular, es
aquello de lo que hablamos pero no con quien hablamos. Es un recurso
muy radical, incluso desagradable, tal vez por eso nos da miedo y lo
usamos lo menos posible.
A los franceses, el “vous” no les
da ningún miedo. El tratamiento de cortesía está por todas partes, y no porque limite menos las relaciones sociales que nuestro “usted”. Limita lo mismo, y sin desentonar. Puede verse como el epifenómeno de una sociedad
muy jerarquizada, pero también como la herramienta perfecta para
mantener el status quo. Porque esa ordenación piramidal, con sus miles
de ritos, es tal vez lo más sagrado que existe en Francia. Y no hay
nada mejor para evitar que la estructura social se descomponga que
impedir que los miembros de diferentes estratos puedan hablarse con
comodidad.
En torno a esto hay un término muy
llamativo: el “pedigrí”. A veces, los franceses se ponen a hablar
de pedigrís. A un amigo mío se lo preguntaba el casero, para ver si
le compensaba alquilarle el piso; yo tengo que confesar que nunca
me lo había tropezado en directo hasta ayer, en una fiesta (me
gustan las fiestas porque en ellas no hace falta plantearse si toca
usar el “tu” o el “vous”), en medio de uno de los diálogos
más surrealistas que nunca he mantenido:
-Y tú, ¿en qué trabajas?
-He estudiado Derecho y mi mujer es
china.
-Eso no es un oficio
-Ya lo sé. Te estoy diciendo mi
pedigrí.
Muchos franceses son ciegos a estas
cuestiones, hay algunos que se prestan al juego y se enorgullecen de
medrar en la escala social, hay otros que lamentan la existencia de
tantas rigideces. Al margen de opiniones individuales, no cabe duda
de que la sociedad francesa ha sabido encontrar los mecanismos para
perpetuar su estructura jerárquica por los siglos de los siglos y de
que esa jerarquía es, al fin y al cabo, su esencia, su núcleo, su
alma, su cumbre.
domingo, 9 de diciembre de 2012
La cultura
Hace muchos años, leí un libro
titulado “La Cultura, todo lo que hay que saber”. El autor era
alemán, y se apellidaba (acabo de buscarlo) Schwanitz . Defendía
que las reuniones de intelectuales no son más que un juego pedante
en el que todos simulan sapiencia sin saber, en realidad, casi nada. Como todos los juegos, tenía sus normas y sus estrategias, que convenía tener en
cuenta para no quedar como un idiota. Él
las explicaba.
El libro me pareció delicioso por
varios motivos. El primero, porque ver a la cultura desde ese ángulo
era una transgresión en toda regla. Acababa de destronar a la reina.
El segundo, porque me fascinaba imaginarme una reunión como las que
describía el libro. Yo tenía unos quince años, y los intelectuales eran
aún una especie misteriosa y desconocida. Me parecía increíble pensar que un
grupo de personas pudieran reunirse para jugar a ese juego sin
tablero. En boca de todos, sólo la Cultura,
eso que a todos atañe y a nadie en concreto. Tuve ganas de
participar en una reunión de ese tipo o, al menos, de espiarla.
Cuando casi lo había olvidado, mi
deseo se ha cumplido. Hace poco me invitaron a una soirée Cultural.
Tanto la anfitriona como los participantes eran gente extremadamente
cordial y agradable. Se podía palpar que eran intelectuales de la
más pura casta: gente de ciencias y letras, de diversas
nacionalidades, casi todos políglotas y con cultura general a la vez
que específica.Las conversaciones versaban sobre Cultura (casi se veía la C mayúscula). Hasta el mantel rezumaba Cultura,
cargado con una comida que hacía juego con la temática de la
conferencia que uno de los invitados iba a intercalar entre lo salado
y los postres.
Jugar al juego de la Cultura fue una
experiencia interesante. Al contrario de la imagen que arrojaba
Schwanitz, me pareció sencillo y asequible. Y, ahora puedo
decirlo, lo aborrezco.
Detesto esa charla aséptica y devota,
en la que todo es bueno e interesante, en la que las emociones y los
intereses están fuera de lugar ante la grandeza del tema a tratar.
Para mí la cultura es otra cosa. Es algo más impuro y manchado, más
vivo. La cultura está hecha para recoger la mofa. Y el odio, el amor
y el desinterés. Para expresar el “yo” y crear una complicidad
que envuelva al “nosotros” (una complicidad que se puede basar
perfectamente en la discrepancia).
La cultura no está en un mundo
ideal, ante el que sólo cabe la contemplación. Forma parte del mundanal ruido, y hay
que sentirla, hay que manosearla. La pasión y la acción son
indispensables. Si no, la deshumanización es manifiesta.
lunes, 8 de octubre de 2012
Y otros.
| "PARKING PRIVADO Prohibido el juego de pelota y otros" |
Decia Maquiavelo que en el Estado deben fijarse pocas leyes, pero muy nítidas y perennes. El florentino ha pasado a la historia como el arquetipo de la astucia malvada. El cartel sigue clavado, respetado y respetable, en un lindo pueblito francés.
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