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sábado, 28 de julio de 2018

Otra de baños

En el centro donde hice las oposiciones, los aseos de alumnas y de profesoras solo se diferenciaban por el cartel de encima de la puerta. Por dentro eran idénticos. Justo antes de la defensa de la programación fui al de profesoras. Mientras me estaba lavando las manos, entró una conserje, me miró de arriba abajo y dijo con bastante mala leche:
- ¿Tú vienes a hacer el examen?
- Sí.
- Los baños de alumnas están al otro lado, estos son los baños de profesoras.
La conversación debería haber seguido así:
- ¿Y qué piensa usted que soy yo, señora? ¿Forense?
O bien:
- Hace seis años que no soy alumna, y doce que no soy alumna de instituto, no me fastidie, me da igual mear aquí que allí, pero alumna no soy.
Pero, en cambio, siguió así:
- Ah, lo siento, no vi el cartel.
La conserje se metió en uno de los urinarios y cerró la puerta:
- Yo solo te lo digo por si te dicen algo.

Al margen de las incógnitas (¿les diría los mismo a las opositoras de cincuenta años? ¿Con qué derecho usaba ella el baño de profesoras? ¿Soy siempre así de cobarde o solo en los momentos clave?), las asimetrías resultan curiosas en un edificio tan geométrico. Una de ellas viene de la propia palabra "alumnas". 

Una alumna no es lo mismo que una estudiante. Todo "alumnizaje" lo es de algo o de alguien. Estudiar, en cambio, es una actividad que puede ser singular: el autodidacta es estudiante, pero no alumno. De manera que no todos los estudiantes son alumnos. Este aparente matiz, que casi disculpa a la conserje (supuso que yo era alumna cuando a lo sumo era estudiante), no está en el cartel de la otra puerta. Una profesora lo es aquí y allí. Puede haber profesores sin alumnos y casi todos lo somos en periodo de vacaciones, pero no puede haber alumnos sin profesores. Los alumnos lo son únicamente respecto al centro. Y yo no estoy matriculada allí.

Que nada de esto sea relevante muestra la otra asimetría. Para aquella mujer los baños eran símbolos de estatus. Las que poseían el poder iban al de profesoras; las que carecían de él, al de alumnas. Aquí su batalla se convierte en algo épico: no había baño para el personal de administración y servicios. Reclamar para sí el baño de las poderosas era una manera de afirmar su poder. De defender que el centro también lo son ellos. Que, a pesar de lo que digan las puertas, no solamente se compone de alumnos y profesores. Y tiene toda la razón. La aplaudo. Pero que no me eche.

sábado, 23 de diciembre de 2017

Vista

Hace unos días, me fui de cena a un restaurante italiano con un grupo. Fui la primera en ir al baño. El local era moderno y los baños no estaban indicados con palabras ("señoras", "caballeros") ni con símbolos convencionales (monigote, monigote con falda; sombrero, pintalabios). Para diferenciar el baño de hombres del de mujeres habían pegado a la puerta dos objetos muy parecidos.

Estuve mirándolos durante unos minutos. Aparte de nosotros, no había otros clientes en el restaurante, así que nadie entró ni salió para darme pistas sobre qué género se correspondía con cada puerta. Me puse a indagar en el simbolismo asociado a las formas. Lo redondeado frente a lo anguloso. Incluso en clichés muy desagradables, con violencia de por medio. Entré en uno de los dos sin tener muy claro si era ese.

Volví a la mesa y les dije a los demás que en el baño había un enigma. Exageré un poco. Los intrigué bastante. Empezaron a ir.
-¡No es tan difícil!-dijo la primera que volvió -. No cabe ninguna duda. ¿Lo decías de broma, verdad?
- ¿Cómo? - le cuchicheé, mientras el resto iban yendo y viniendo de los servicios.
- En una puerta hay un tenedor y en la otra, una cuchara. Los ves y ya sabes de qué género es cada uno.
El caso es que yo no había visto la palabra tenedor. Yo había visto un tenedor. No había procesado la información lingüísticamente, sino de manera meramente visual. En ningún momento me había dicho a mí misma esa palabra. El objeto tenedor no me remite a "tenedor" a no ser que quiera comunicar con alguien (y solo en el caso de que el receptor hable castellano). Para mí, la palabra es un mediador necesario únicamente para hablar con otros. En cambio, para cinco personas de los ocho que estábamos en la mesa, la palabra era un mediador necesario para hablar consigo mismos.

Para los que venían "tenedor" y "cuchara", las palabras destiñen. Manchan a los objetos con sus géneros. Y no solo eso. Ellos consideraron que el juego era fácil e inocuo. No había nada censurable en poner un tenedor para indicar lo masculino y una cuchara para indicar lo femenino. Puro lenguaje. Sin embargo, al resto el enigma no nos había gustado un pelo, y no solo por habernos hecho pensar en un momento inoportuno. Para resolverlo habíamos tenido que asignar a un género características que ya considerábamos superadas. Todo por no pasar por el lenguaje.

Así que el lenguaje no solo mancha. También limpia. No solo muestra la puerta correcta. También esconde el mundo.

domingo, 5 de febrero de 2017

Ciencia inventada

"La etimología es una ciencia maravillosa, casi toda inventada", dijo una vez uno de mis profesores de la facultad. Es difícil resistirse a olisquear el lenguaje para intentar saber de dónde viene. Los filólogos olisquearán de manera rigurosa. Pero los resultados del lego, sin ser científicos, no dejan de tener valor poético.

Ayer, viendo una película francesa, me quedé enganchada en una expresión. Y al pensarla en español me quedé más enganchada aún. "Hace veinte años", "Il y a vingt ans". En castellano los años desfilan uno tras otro con sus pies de años, y con sus manos de años no dejan de crear. La distancia temporal es activa, no pasiva, nada vuelve a ser lo mismo. Los años hacen. En francés, años los hay, se acumulan, se sedimentan. Tenemos montañas de años, tocables, visibles, podemos tropezarnos con ellas. Los años franceses no actúan pero se han quedado ahí, no los podemos barrer, no los podemos eludir.

En uno y otro idioma parece que solo se dieron cuenta de tenemos que expresar distancia temporal tras haber construido todo el léxico. Demasiado tarde. Nos hemos quedado sin verbos para expresar esta idea. Tendremos que reutilizar alguno de los que ya tenemos. A ver cuál se acerca más. Y así es como los verbos acaban desempeñando funciones por afines, igual que doy yo clase de Geografía e Historia.

sábado, 15 de octubre de 2016

Alfabetización

De manera imprevista e improvisada, ayer estuve dando clases de alfabetización para inmigrantes. La verdad es que nunca me vi muy capaz de enseñar a leer y a escribir; en magisterio solo aprendí unas cuantas generalidades, sobre todo porque escogí hacer las prácticas en cursos altos de primaria, un poco espinada por esa manera que tienen los niños de seis años de jalearse a sí mismos mientras hacen la tarea y de levantar la mano para decir lo primero que se les venga a la cabeza sobre cualquier tema al azar.

Mis alumnos de anoche eran pocos, aplicados y tremendamente agradecidos. Un placer. El momento álgido fue cuando me puse a escribir frases sencillitas en la pizarra, en mayúsculas y con mi mejor caligrafía, mientras oía a mis espaldas cómo iban descifrando los jeroglíficos, a fuerza de mil tanteos, todos a la vez pero desorganizadamente, como una temblorosa inteligencia colectiva, hasta que los sonidos se convertían en palabras, y las palabras (ese momento era perceptible por el entusiasmo con que de repente se pronunciaban) se convertían en objetos y acciones. De la tinta se va a la idea a través de un camino lleno de baches, aunque a fuerza de recorrerlo lo hayamos hecho transitable.

A veces nos olvidamos de lo precario que es el sentido.

jueves, 14 de enero de 2016

La be delatora

El lenguaje muestra, el lenguaje oculta. Ondea, se escurre, se filtra, chorrea.

Hasta que no tuve que escribirlo en francés, no me di cuenta. Les susbstantifs, los sustantivos, se escriben con la be metafísica, esa be delatora. Desde el momento en que a una palabra se le escapa la be, su genealogía se hace evidente. Los sustantivos son los que tienen sustancia, los que tienen substancia.

A través de esta puerta entramos todos, queramos o no, en una ontología barroca donde todas las cosas "son" por el mero hecho de ser llamadas. El unicornio es. Lo terrorífico es que el lenguaje, con sus malditas bes, nos hace llegar más y más lejos. Porque una cosa es afirmar la existencia de las ligeras esencias y otra muy distinta predicarla de las pesadas substancias. El unicornio tiene sustancia, su nombre la anuncia. A este paso, vamos a acabar alimentándolo.

viernes, 14 de agosto de 2015

W


A veces es imposible evitar la sensación de que nos alimentamos de horas de trabajo ajenas. Que cuando leemos un libro o vemos una película, escuchamos una charla o miramos un bote de champú estamos absorbiendo el tiempo y el esfuerzo dedicados a imaginarlos, a planificarlos, a crearlos y a perfilarlos.

Claro que por el camino la energía adelgaza: los meses de trabajo se convierten en segundos, en minutos, o como mucho en horas de disfrute por parte del usuario. Pero aunque este sólo reciba una parte mínima del trabajo creativo, la intensidad de esa parte puede ser enorme. Además, multiplicando los espectadores podemos recuperar el tiempo invertido, e incluso sobrepasarlo. Podemos luchar contra la futilidad del trabajo, evitar que la energía se disipe, conservarla y multiplicarla dentro del sistema. 

Lo siento, entropía, hemos ganado.

domingo, 5 de julio de 2015

El hilo del discurso

Si a veces perdemos el hilo del discurso es porque el discurso es un hilo. Una concatenación de puntos, que son sílabas, o palabras, o frases, o ideas. Un punto tras otro, todos en fila india. 

Por eso, un discurso nunca puede dar cuenta de la realidad, ni siquiera del pensamiento. Los conceptos no se relacionan solamente con el de delante y el de detrás. Cada idea remite a muchas, o a todas, si nos ponemos leibnizianos. La estructura de realidad y pensamiento no es lineal; como mínimo, es plana. Para hablarla hay que hilarla, apretando y enroscando los conceptos en búsqueda de la máxima delgadez. Hilar fino no es aquí sinónimo de perfección. Todo lo contrario.

Pero no todas las ideas van a parar al discurso, y por eso tal vez la imagen del hilado no sea la más adecuada, Haríamos mejor pensando en caminos que se recorren en el plano. El recorrido, que es el hilo de lo que decimos, va creando dibujos en el terreno. La belleza de esos dibujos es lo que realmente convence y conquista al oyente. El epos vive allí. Las líneas cerradas tienen un encanto especial, y también las simetrías.

La clave está en tener en mente la orografía del terreno, que es teóricamente una en el mundo pero es siempre múltiple en las mentes. Que nos viene dada pero que vamos creando en cada discurso. Al final la geometría seduce al terreno, el suelo se estremece bajo los pies y toda palabra es palabra creadora. Por eso, aunque sólo sea un punto diminuto en mitad de un hilo inmenso, el verbo se hace carne, se hace barro o se hace polvo.Y el éxito de la operación depende de la habilidad con que se dicen las palabras mágicas.

Este texto es un buen ejemplo. ¿Qué ha sido ese salto de cambiar de metáfora? Estamos habituándonos a que el discurso sea hilo y luego de pronto resulta ser camino. Un esquema errante, una falta total de simetría y elegancia, coronada para más inri por el manido recurso a lo bíblico. Vueltas y más vueltas que acaban llevando a un lugar común. Una horterada.

martes, 5 de mayo de 2015

Divino tesoro

Hace como diez años leí en una revista que la juventud era un periodo cada vez más largo, y que a nivel europeo (para políticas de juventud) se consideraba que se era joven hasta los treinta y cinco. Me pareció un poco exagerado, pero no le di más vueltas y me quedé con la cifra como referencia.

Hace como cuatro meses, dando clase en el equivalente a primero de Bachillerato apareció la palabra joven. Para asegurarme de que la entendían pedí a uno de los alumnos que explicase lo que significaba. Dijo que un joven era una persona que tenía entre quince y dieciocho años. Yo me atraganté como alguien a quien aplasta de pronto todo el peso de la ley. "¡¿Hasta los dieciocho?!" pregunté. "Madame, mais cela ne veut pas dire "jeune"?". "Sí, claro que significa "jeune". Pero ¿sólo somos jóvenes hasta los dieciocho años?". "Bon, peut-être... Veinte. ¡No más!"

La semana pasada mis amigas de aquí, que tienen mi edad, se pusieron a hablar de la juventud. Una de ellas dictaminó que se era joven hasta los cuarenta años. "¡¿Hasta los cuarenta?!" pregunté, otra vez atragantada, y me vino a la cabeza la irónica expresión castellana ¿no me le quitas nada?. Mis amigas tenían argumentos, aunque eran un poco peculiares. "A ver, fíjate que nosotras ya estamos cerca de los treinta", me dijeron, como si pudiésemos alisarnos las arrugas a golpe de diccionario o como si dejar de ser jóvenes fuese algo que sólo les pasase a otros.

Para qué negarlo, aceptar su redefinición me beneficiaba. Me daba trece años más de locura y libertad sin remordimientos. Cuando ya estaba a punto de entregarles mi alma, una de mis amigas resumió su tesis general: "Hasta los cuarenta se es joven y, luego ya, se es adulto".

Qué pesadilla. Francia me impide aceptar esos conjuntos disjuntos: allí un joven es un jeune homme y una joven es una jeune femme, y los franceses (excepto mis alumnos, que eran un poco surrealistas) utilizaban esos términos para hablar de alguien de entre diecisiete y treinta años, más o menos. Ser adulto no impide ser joven y, afortunadamente, ser joven no impide ser adulto. De hecho, para ser joven hace falta ser adulto porque, si no, se es ado, un adolescence. Hormonas por todas partes, poca responsabilidad, negociar a qué hora se llega a casa y decir con quién se sale... ese tipo de cosas. Un individuo bajo control por su propio bien, para que no se haga daño hasta que aprenda a vivir.

Cada edad quiere tener a la juventud en exclusiva, pero de poco nos vale la juventud si por preservarnos nos infantiliza. Y de menos si nos esclaviza, si cuando por fin tengamos que franquear sus límites nos hace sentir viejos y acabados. Maldita sea la juventud si ostenta privilegios, si cuando se termina algo tiene que dejar de hacerse porque ya no procede. Al cuerno las etapas. A partir de los dieciocho se es adulto y punto. Todo lo demás, meros adjetivos.

Sobre devenir y referencia

¿Cómo funciona un nombre propio? Si pensamos que lo que hace es "estar por" un individuo, no podemos explicar por qué un enunciado como "Clarín es Leopoldo Alas" es informativo, a diferencia de lo que ocurre con "Clarín es Clarín". Frege solucionó este problema diciendo que vale, que un nombre propio designa a un individuo (que será su referencia), pero lo designa de una forma particular (que será su sentido). El sentido de los nombres es un camino para llegar al individuo, un camino que el hablante hace recorrer al oyente. "Clarín" y "Leopoldo Alas" son correferenciales, pero presentan al autor de La Regenta bajo facetas diferentes.

El espíritu universal, la Idea, Dios, el espíritu absoluto, la libertad, el devenir, la historia, la razón... Cuando más leo a Hegel, más pienso en Frege. Todo designa a lo mismo, el ser parmenídeo se viste de gala y se hace llamar por mil nombres, se retuerce y burbujea, se convierte en lo otro para conocerse a sí mismo. La unidad vomita multiplicidad. 

viernes, 17 de abril de 2015

Identidades extranjeras

Vivir en otro país es más fácil que vivir en el propio. Sobre todo si se trata de un país lo suficientemente parecido y lo suficientemente diferente. Entonces, la extranjería se convierte en un passe-partout, una llave maestra. Ser forastero excusa de antemano la estridencia, es un bálsamo para los golpes accidentales. Acuna. Actúa de escudo, de filtro y de almohada. Todo extranjero aprende a ocultar la torpeza entre los pliegues del lenguaje, a convertirse en un enigma para que el nativo lo resuelva.

Las palabras tienen una holgura que disculpa los errores; la diferencia cultural se encarga de hacer la otra mitad del trabajo. A los nativos les parecerá bien todo lo que sea coherente y amable. Y, si misteriosamente algo se toma mal, el forastero siempre podrá salir esencialmente indemne achacando el problema a las trampas del lenguaje o a la la estrechez de miras de los otros.

Bajo una libertad sin angustias, la autobiografía se va escribiendo como si fuese una novela épica. Tal vez solo así, velándose con las palabras pero sin máscaras ni pasado ( haber nacido ayer es requisito de juventud), se pueda crear una identidad. Porque no existe el peligro de la extravagancia. L'étranger, el extranjero, el extraño, ya lo es, por definición.

lunes, 9 de marzo de 2015

Por las junturas naturales

- Vamos a hacer la comida. Por cierto, ¿tú sabes despiezar un pollo?
- ¡Por supuesto! Soy licenciada en filosofía.

sábado, 2 de agosto de 2014

Burocracia

Cuando cubrí mis primeros impresos oficiales, hace unos catorce años, vigilé que cada letra que escribía fuese perfecta e inequívocamente interpretable. Confirmé diez o doce veces la veracidad de cada información que daba, releí el conjunto otras cuatro o cinco y entregué el impreso (que afortunadamente no tenía más de dos páginas) todavía con dudas de su validez. El temor a que una inexactitud se colase y me impidiese conseguir lo que quería era paralizante.

Por aquel entonces todavía no había descubierto que los adultos viven en un mundo de tentativas y aproximaciones. Un mundo en el que la perfección burocrática es un ideal, deseado e inalcanzable como todos. En el que las formulaciones son confusas, las cartas se pierden y los errores informáticos se multiplican. Una estructura altamente inestable que, sin embargo, se tiene en pie. El sistema es tontico pero en el fondo es bastante comprensivo: no se molesta por que en los últimos dos años hayas tenido unas seis direcciones diferentes; y te reconoce y te saluda aunque unos días estés normal, otros vayas con tilde y de un tiempo a esta parte te hayan puesto el otro punto.

lunes, 17 de marzo de 2014

Demasiado bien

"C'est trop bien, ça !" Los adolescentes franceses, cuando querían destacar hasta qué punto algo estaba bien, decían que estaba demasiado bien. Era un "demasiado" no peyorativo, la expresión de un entusiasmo que rayaba la incredulidad. De la misma manera, exclamaban que alguien era demasiado majo, o que la tortilla de patata estaba demasiado buena. A su profesora de francés esta costumbre le ponía de los nervios, y se pasaba la vida intentando erradicarla. A cada uno de aquellos "trop" le oponía un indignado "très", que significa "mucho". De esta manera se embarcaba en una lucha por la moderación perdida en la que lo bello plantaba cara a lo sublime y el clasicismo arañaba con sus aseadas uñas la maquillada cara del barroco. Una guerra necesaria. El mundo de lo medido, de lo lógico, de lo proporcionado, estaba en juego ante aquellos bárbaros.

La profesora tenía buenos motivos para actuar así: muchos de sus alumnos no se daban cuenta de que utilizaban el "trop" de una forma poética. No eran conscientes de sumergirse tanto en lo coloquial que se empapaban de lo ilícito. Además, la clase de francés era el lugar donde enseñar a la gente a hablar su lengua como Dios, o la República, manda. Pero los que no somos profesores de francés podemos permitirnos decir que el recurso de los adolescentes es razonable y responde a una necesidad real.

Pensemos que el concepto de "bien" es representable por un cuadradito. Si decimos "Esto está bien", sin más, podemos imaginarnos el cuadradito relleno, no sé, en un setenta o un ochenta por ciento. Si en cambio decimos "Esto está muy bien" la cosa subirá a un noventa. ¿Extremadamente bien? ¿Lo mejor del mundo? Según nuestro entusiasmo lograremos llegar a un noventa y ocho o noventa y nueve. Incluso si dejamos de considerar el bien puro como una idea límite y erigimos a esta cosa de aquí como su más suprema instanciación, a lo más que llegaremos será a rellenar todo el cuadradito.

Los adolescentes franceses son capaces de desbordar la casilla con una simple palabra. Ante eso, tenemos que quitarnos el sombrero. ¿Hasta qué punto los medios que utilizan para comunicar son legítimos? En francés "exagerar" se dice de la misma manera que "abusar". Podemos decir entonces, sin temor a controversias: "Ils exagèrent !".

lunes, 29 de abril de 2013

El extraño o el extranjero (espoiler)

Acabo de leer "L'étranger" de Camus, en francés. Lo recomiendo en su idioma original: es una lectura fácil (frases cortas, vocabulario sencillito) y el esfuerzo se ve recompensado. Y es que tras leerlo en francés hay un pequeño premio: comprender el título.

El extranjero de Camus no es un simple extranjero. Podemos esperar impacientes que el protagonista haga ese viaje a París del que a veces (y con el entusiasmo que lo caracteriza) habla. Esperaremos en vano. Mersault nunca saldrá de Algeria. ¿De qué manera, entonces, ha llegado a ser extranjero? ¿Puede tener que ver con cómo el autor usa la palabra en el texto del libro? ¿O acaso será una metáfora sobre la condición de Mersault?

Rastreando el uso de "étranger" por el libro nos encontramos en que ni una sola vez es posible traducir esa palabra por extranjero. A menos que usemos un circunloquio (pero si usamos un circunloquio podemos llegar a traducirla por lo que nos dé la gana). De forma directa, la palabra española que encaja es "extraño". La vemos en "Il m'a dit qu'il devrait aborder maintenant des questions apparemment étrangères à mon affaire, mais qui peut-être la touchaient de fort près", es decir "El me dijo que debería abordar ahora cuestiones aparentemente extrañas a mis asuntos, pero que tal vez los tocaban de cerca" (en el juicio a Mersault). Como ese uso, todos los demás en el libro.

Mersault, que es un individuo bastante particular, comete un asesinato y acaba siendo condenado a muerte. La palabra "étranger" marca el punto en el que el debate pasa de juzgar obras a juzgar almas, de los actos a la moral. La cuestión que era sólo "aparentemente extraña" a los asuntos de Mersault era su falta de implicación ante todo. Y de forma especial, su insensibilidad el día del funeral de su madre. En el juicio que describe el libro lo moral invade el campo de lo legal, aunque tal vez esas dos cuestiones nunca hayan podido separarse. El protagonista es condenado a muerte por su falta de espíritu más que por sus actos, si bien sus actos han sido los desencadenantes. En cierta forma, es culpable de extranjerismo moral. Pertenece a un país espiritual diferente que los que le rodean. En ese sentido es un extranjero.

En mi edición del libro hay un extracto en la contraportada. Es el momento en que se condena a Mersault a ser guillotinado en una plaza pública en nombre del pueblo francés (sí, es una buena forma de destripar el libro, gracias, editores). ¿Es esto relevante para el título? No mucho. El que sean las leyes francesas las que rigen en la Argelia del protagonista no es especialmente relevante. No le extranjerizan más. La extrañeza de Mersault ante ellas no se debe a la lejanía geográfica de Francia, ni a una reflexión sobre el colonialismo. Lo que dice es que el pueblo francés le parece una "noción imprecisa", tanto como el pueblo chino o el alemán. Es una contingencia al lado de otras contingencias. Francia es una cuestión muy secundaria para el protagonista. Por supuesto, podemos verla como principal, pero no sé si eso arrojaría alguna luz.

La palabra "étranger" significa tanto "extraño" como "extranjero". En español han traducido el título por "El extranjero", pero yo lo hubiese traducido por "El extraño", como han hecho en inglés ("The stranger", y no "The alien", que casi hubiese remitido a ovnis). La palabra francesa recoge una ambigüedad muy rica, pero traducirla como lo han hecho no es la forma de mantenerla, sino de mosquear al lector. "Extraño" no se ajusta a la perfección, pero en todo caso se acerca más que "extranjero".

Sea como sea, si no lo habéis leído, leedlo. Es estupendo.

miércoles, 13 de febrero de 2013

Evaluación en Francia

En Francia, la evaluación no funciona como en España. Es un asunto misterioso y complicado, que sólo puede entenderse por pedazos, como todos los otros asuntos misteriosos y complicados. El misterio y la complicación se encuentran solo a nivel macro, claro está. A nivel micro, a nivel de tarea, la única dificultad que ofrece la evaluación es el rechazo estético. En España se evalúa sobre diez, en Francia normalmente sobre veinte. Así que la escala francesa parece una versión obesa de la misma escala de toda la vida, una vieja conocida bastante desmejorada.

 Pero a nivel macro las cosas cambian. Donde más cambios he encontrado ha sido en el equivalente a 2º de Bachillerato. A final de este curso, en cada asignatura se hace un examen, y de la media ponderada de esos exámenes finales se obtiene una nota. Luego son las universidades y los centros de formación los que, a la vista de esa nota y su desglose (por ejemplo, me comentaron que en carreras como químicas prestan atención a las notas de filosofía o historia, para conocer mejor el perfil del candidato) escogen a sus futuros alumnos. No importan las notas intermedias de las asignaturas, ni siquiera haberlas aprobado o suspendido: importa sólo la nota del examen final. Pero aunque no importen las notas obtenidas durante el curso, importa lo cualitativo: los comentarios que los docentes hicieron sobre el alumno, recogidos por escrito escrupulosamente. Estos comentarios pueden subir algo la nota media, e influyen a las universidades en su toma de decisión.

En otros niveles educativos lo cuantitativo tiene más peso, pero este curso se asienta sobre lo cualitativo. Todo parece destinado a generar un perfil del alumno, de sus fortalezas y sus debilidades, más que a asegurar su conocimiento de un mínimo de contenidos. De hecho, en los exámenes finales no es necesario aprobar todas las asignaturas, ni siquiera cierto número de ellas. Una buena nota puede compensar varias notas malas, pero ¡cuidado! Las universidades, con lupa, analizarán tus movimientos. Es la educación como partida de ajedrez, como juego de estrategia. Existen unas reglas, pero hay muchas formas de ganar y de perder. Bienvenidos al mundo real.

¿Es mejor o es peor que el sistema español de Bachillerato y PAU? Al menos en teoría, el sistema francés parece menos estresante y más sensible a la madurez de los alumnos. También parece, en este y otros puntos, un sistema reacio a dar segundas oportunidades. Pero no hagan mucho caso a mi opinión: hay muchos elementos que sólo palpo entre las sombras y puede que haya entendido algo mal. La evaluación en Francia sigue teniendo para mí ese puntito de misterio, que contribuyo a suscitar en los otros evaluando sobre diez cuando no me queda otra que hacerlo (es decir, cuando los profesores de que dependo me piden que lo haga). Porque aquí no estoy para poner notas, pero sí para transmitir la cultura española, ¿o no?

martes, 20 de noviembre de 2012

El "se" y la nada

Me han encargado trabajar con un grupo de alumnos los usos del “se”. Recuerdo sólo vagamente el tema, y me suena que eran tres. Si no recuerdo mal, uno era el del que se peina (el reflexivo, o algo así), otro el de los que se aman (¿el mutuo?) y otro el de la cosa que no se sabe quién la ha hecho (¿el impersonal?).

La clase que me han encargado, la del “se”, va a tratar sobre las fiestas en España. Lanzaré “ses” a la vez que tomates en la Tomatina, talco en Los Indianos y espuma en el Descenso (creo que debería empezar a buscar fiestas que no consistan en lanzarse cosas). En el camino de vuelta a casa me he puesto a pensar cómo puedo hacer. Parece que, con esos contenidos, el uso impersonal del “se” se puede traer a colación fácilmente: “La fiesta se celebra”.

“La fiesta se celebra”. Es peligroso pensar demasiado una frase. Sobre todo si es de tu propia lengua. Las frases en un idioma desconocido son más opacas, más enigmáticas. Pero manoseando la propia lengua se crean quimeras. “La fiesta se celebra” parece un ejemplo de “se” impersonal. ¿Podría ser un ejemplo de otro “se”? 

Damos por hecho que hay un sujeto oculto y escasamente interesante celebrando la fiesta. Pero puede ser también un “se” reflexivo. Tal vez la fiesta se celebra a sí misma agarrando de los pelos a todos los que les ha tocado vivir en ese espacio y ese tiempo. La historia se auto-escribe con un aroma hegeliano. Los tomates se lanzan a sí mismos cansados de vivir en un mundo que fluctúa entre el animismo y la predestinación. El lenguaje se dobla, se repliega, se manosea. Se vuelve blando y surrealista. Pero hay que enderezarlo, recortarlo, encorsetarlo, para que los alumnos del lycée aprendan español. Sólo así podrán llegar a entender, en un futuro, la blandura de la se-mántica.

miércoles, 17 de octubre de 2012

La casa del Ser

Si el lenguaje es la casa del Ser, en nuestro idioma el Ser no vive solo. Comparte piso con el Estar.

Antes de venir a Francia hice un poco de exploración en torno a esta dualidad verbal que nos caracteriza. Mis motivos no podían ser más mercenarios: quería encontrar la llave maestra que permitiese a los alumnos abrir las puertas del lenguaje. Que les mostrase cuándo elegir "ser" y cuándo "estar". Me había hartado de ver tablas en las que se mostraba a los no-hispanohablantes en qué situaciones había que usar una y otra palabra. Toda tabla de casos es una chapuza, lo que yo buscaba era una fórmula. Y la encontré, aunque por desgracia me siento incapaz de explicarla a adolescentes con los que no comparto el idioma.

La fórmula afirma que el Ser hace referencia a la esencia y el Estar, a los accidentes. Es lógico, es nítido y es evidente (tanto que me hubiese dado de cabezazos contra las paredes si no fuese porque tenía vecinos), pero antes que todo eso es revelador. Porque con esta dualidad terminológica el español se convierte en un idioma especialmente fino para expresar la otra dualidad, la ontológica. Porque muestra qué es lo que tradicionalmente se ha considerado esencial y qué otras cosas han sido accesorias, a la vez que permite solidificar la propia consmovisión del hablante. Y la cosmovisión se muestra de forma impactante, radical, cuando el hablante extranjero, por puro desconocimiento de la lengua, aplica su lógica no contaminada por herencias lingüísticas: "el castillo es aquí", "yo estoy estudiante".

"Yo estoy estudiante". Nuestro idioma refleja hasta qué punto la profesión constituye al individuo desde mucho antes de que a McIntyre se le ocurriese la feliz idea. Aunque el individuo nazca indiferenciado en cuanto a profesión, tras el acto de escogerla ya la es, ya la encarna para siempre. La jubilación no rompe esto: se es maestro jubilado, o policía jubilado, o bombero jubilado. Quién sabe si ni siquiera la muerte es capaz de separarlos, si tras la hipotética resurrección final los cuerpos, cansados, volveran a esgrimir sus tizas, pistolas y mangueras.

Ahora el lenguaje se ha quedado atrás. Yo no soy asistente de español, si nos ponemos precisos. Lo estoy siendo. No me identifico con ello, aunque eso tampoco implique desagrado ni desdén ante mi actual oficio. Hace unos años escogí otra profesión, una que es probable que nunca me llegue a solidificar en mí como esencia.

¿Es más fácil así? En parte lo es. Las decisiones trascendentales ya no lo son tanto. Escoger una carrera se plantea como un pequeño paso más. El temor a equivocarse se difumina mucho. Pero, a cambio, hay que mirar con cuidado los pequeños gestos cotidianos, hay que vigilar cada movimiento porque ¿quién sabe si esa palabra, si esa acción, si esa mirada, sentenciarán el futuro?

La película "Mr Nobody" es un ejemplo delicioso de una encrucijada de este tipo. En realidad hay una encrucijada así a cada instante. El yo nunca para de moverse. Y el Ser del individuo adelgaza, en este campo y en otros, se hace flexible e inestable, se encoge y se enrosca en una esquina del sótano. Y mientras tanto el Estar va ocupando toda la casa, diseminando sus enseres por las habitaciones, el baño, la cocina y el salón.

No, ya no. La casa del Ser ya no es lo que era.

domingo, 9 de septiembre de 2012

La condena

(Viene de http://pasloinpaspres.blogspot.com.es/2012/09/el-cohete-el-desierto-y-el-craneo.html y conviene leerlo antes para enterarse de algo)

Claro que el sistema francés, con su conteo hacia atrás, antes que en el cohete hace pensar en la condena. Hace pensar en contar los años que quedan para salir de la prisión (Foucault, Foucault... ¿de qué país era ese hombre?). Y a su lado la nomenclatura española sería un espacio de libertad, un avance infinito hacia el saber.... O tal vez no. Tal vez indica la condena eterna, agotadora, interminable. El estudiante, cual reo, marca con rayitas el trascurrir de los años en el muro de piedra su celda. Tal vez por eso las paredes de las aulas están manchadas de mensajes en tinta y grafito.Y los pupitres. Y los baños.

La condena eterna es española y la limitada es francesa. Aunque le caen diecinueve años por llevar un pan bajo el brazo, luego Jean Valjean sale libre. Nuestros vecinos parecen quedar aquí en mejor lugar: torturan a a la gente sólo lo necesario. Lo nuestro se parece cada vez más a la dramática condena de Sísifo. Aunque, un momento.... Camus, Camus... ¿de qué país era ese hombre?

jueves, 6 de septiembre de 2012

El otro punto

 ¿Por qué este blog se titula “El otro punto”? Bueno, hasta ahora yo había sido una “i” normal. Sin tilde, a pesar de que algunos se empeñaban en ponérmela, muchos creyendo que sabían escribir mi nombre mejor que yo. Una “i” de esas que son una línea con cabeza, dulcemente antropomórficas. Pero ahora me ha salido otro punto. Y es que en los documentos de Francia me ponen la diéresis. El otro punto me da menos rabia que la tilde, porque me temo que ellos sí saben escribir mi nombre mejor que yo. Así que voy a probar durante unos meses cómo es tener una “ï” bicéfala, y voy a escribir sobre el otro punto. Claro, que para escribir sobre el otro punto tendré que compararlo con el punto que ya tenía. El problema de averiguar cuál de los dos puntos es el intruso lo dejo para cuando tenga que deshacerme de él.

El punto y la raya. Con ellos se pueden hacer grandes cosas. Por ejemplo, se puede escribir en código Morse. El telégrafo queda lejos en el tiempo, pero no en naturaleza. Porque no cabe duda de que el telégrafo fue el más rompedor de los inventos a la hora de hacer cercano lo lejano. Luego vinieron otros aparatos, cada vez mejores, pero allí estuvo el salto cualitativo. Pas loin, pas près...

lunes, 3 de septiembre de 2012

El cohete, el desierto y el cráneo

Uno de los autores que hablaron en el Celsius dijo en su ponencia algo que se me quedó grabado. Era una cuestión simple, evidente, pero hubo algo en su forma de formularlo que lo convirtió para mí en algo cercano a una verdad revelada. “En literatura de terror”, dijo, “escoger las palabras es importante. Porque no es lo mismo, y no suena igual “Le partió la cabeza” que “Le partió el cráneo”.”

La frase se me quedó enganchada en la mente, o en los sesos, aunque bien guardada. No volví a pensar en ella hasta hace un rato, y lo que me la trajo de vuelta fue el esquema del sistema educativo francés que estaba consultando.

Así se llaman los cursos en el sistema español, y así se llaman en el francés:

Edad                                 Sistema Español                                       Sistema Francés                                 
2 a 6
6 a 7
7 a 8
8 a 9
9 a 10
10 a 11
11 a 12
12 a 13
13 a 14
14 a 15
15 a 16
16 a 17
17 a 18
Parvulario (ED. infantil)
1º de Primaria
2º de Primaria
3º de Primaria
4º de Primaria
5º de Primaria
6º de Primaria
1º de ESO
2º de ESO
3º de ESO
4º de ESO
1º de Bachillerato
2º de Bachillerato
Écolle maternelle
Cours préparatoire
Cours élémentaire 1ère année
Cours élémentaire 2e année
Cours moyen1ère année
Cours moyen 2e année
Sixième
Cinquième
Quatrième
Troisième
Seconde
Première
Terminale



Si el sistema español parte la cabeza, el francés parte el cráneo. En uno y otro, los nombres que reciben los cursos producen una sensación en el que los lee, que seguramente sea más intensa para aquellos que además de leerlos, los viven. ¿En qué coordenadas se está metiendo a los alumnos, al etiquetar a su año de una forma u otra?

El conteo regresivo francés hace pensar en la cuenta atrás que precede la salida al espacio de un cohete o una nave. Tal vez allí los élèves sean (rápida consulta al diccionario) vaisseaux (oh, qué lindo y qué cursi), naves que los profesores y pedagogos, cual expertos ingenieros, han ido conformando y cuyo despegue esperan con emocionada y cuidadosa paciencia. Toda salida del sistema antes del cero suena, ineludiblemente, a incompletud, a fracaso. Porque hay un final claro, y es ese último curso. Si se acaba antes, la nave no ha despegado, sea por defecto en el mecanismo o por desafortunado accidente.

El sistema español es justo lo contrario. Empieza desde uno (y empieza otra vez, y otra, y otra), así que por la naturaleza de los números naturales la cuenta puede seguir hasta el infinito. Eso en teoría, por supuesto, porque la muerte llega antes, incluso antes de que el curso pueda llegar a las tres cifras. El sistema español evoca un enorme desierto, en el que no hay un final establecido, o si lo hay puede tratarse de un espejismo en el camino, un punto desde el que empezar de nuevo a contar, por haber perdido ya la cuenta. El saber se presenta así como algo inabarcable por sumamente extenso, y el aprendizaje como algo que cuesta la vida. A cambio, salir del sistema no trae aparejado ese poso de amargura.

Adorno decía que “En la exageración está la verdad”, y yo estoy exagerando mucho. Muchísimo. Y por metáforas, que es la forma más peligrosa de exagerar. No me tomen en serio, solo son nombres y su poder es limitado. Hace falta ver, en el mundo, cómo las etiquetas tratan a lo etiquetado. Hasta entonces, con su auto-contención y su precisión, el sistema francés dirige su mirada hacia el cráneo y el español, sentado en una duna, sabe que allá arriba se encuentra la cabeza.