Mostrando entradas con la etiqueta neonomadismos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta neonomadismos. Mostrar todas las entradas

sábado, 2 de noviembre de 2019

Madrid no existe

A mí no me engañáis, sé bien que Madrid no existe. Es una construcción ficticia hecha a retales. Emerge de los decorados de las noticias de los periódicos; de los apartados de correos de empresas gaseosas (como todas las que son grandes), de las instituciones que se escriben con mayúscula, de buena parte del cine español y la mitad de lo que muestran sus géneros menores (programas, informativos, publicidad). 

Si creemos a estas voces, Madrid es el que es. Existe más que ninguna otra cosa en el mundo. Y por eso mismo existe menos, o existe raro, de una forma inquietante. Tiene sabor a distopía, o a alucinación colectiva, con una gran densidad ontológica pero que exige un acto de fe. 

Cuando se vive en cualquier otro lugar del país, Madrid está siempre presente y siempre mediado.  Ajeno al mundo vulgar de las provincias, no está dado a escala organoléptica. De ahí que vivir en Madrid en cuerpo, y no solo en alma (en alma siempre, a la fuerza, estamos), sea una experiencia tan extraña. Dar un paso por cualquier calle del interior de la M-30 implica tropezarse con los edificios donde se hacen las cosas que no pensamos que se hicieran en ninguna parte. Las fábricas de lo que es. 

¿Cómo hemos llegado aquí, a la sede de las esencias? Tiene algo de experiencia post mortem. Y está el eslogan, por supuesto, confirmando nuestras sospechas. E intentando desmentirlas. "De Madrid al cielo", que dicen. Pero no es exageración. Es coartada.

viernes, 24 de noviembre de 2017

Órdago

De un año para otro, las posibilidades de trabajar pueden multiplicarse o dividirse. La personalidad del centro puede ser completamente diferente: de cerrado a abierto, de espontáneo a desconfiado. Los rencores se maceran, o se diluyen. Los proyectos abren puertas o ponen trabas; hay calma chicha o tempestad. En un mundo cambiante cómo decidir.
Se abren oposiciones en otras comunidades autónomas y no dan ganas de estudiarlas cuando vivir en ellas no interesa. Apetece pasar y esperar a otras (mus) porque aprobarlas es una apuesta a todo o nada (órdago). Pero qué sabemos. Nos falta información por todas partes. En este caso, pasar también es un órdago. Igual el próximo año aquí no será lo mismo. Igual allí es mejor y nos libramos de una buena. O igual las aprobamos y nos morimos del asco. Igual. Igual da. Todo es un salto al vacío.

miércoles, 17 de agosto de 2016

A pie

Veraneo en A, un lugar que no está lejos del mar pero tampoco lo tiene en el horizonte. La playa no está dada a escala organoléptica, vamos. Llegar en bus lleva un rato largo caracterizado por el calor, las paradas y la adolescencia. El coche es mucho más cómodo, pero trae consigo cierta desesperación a la hora de aparcar. De una u otra forma, la playa se perfila como un mundo aislado y lejano solo accesible a través de una máquina que circule sobre ruedas.

El otro día fui andando a la playa, algo que no había hecho desde que tenía dieciséis años. Cuando, una hora después, metí un pie en el agua, me di cuenta con estupefacción de que vivía en una ciudad costera. Por alguna razón mágica, si salía de casa en A y caminaba durante una hora, llegaba al mar. Cuando vivía en  Z, si salía de casa y caminaba durante una hora llegaba a la estación de autobuses. Algo, para qué negarlo, mucho menos evocador.

jueves, 9 de junio de 2016

Junio

Junio es todavía un territorio por explorar, la última frontera. Es la primera vez en mi vida que soy profesora en junio. Ni siquiera he vivido un fin de curso estando de prácticas (las prácticas nunca empiezan al principio ni acaban al final). Francia es para mí sinónimo de cursos que se acaban en marzo y abril por fin de contrato; o en febrero, por deserción. Entre una cosa y otra, hace años que no acabo el año.

Pero junio está aquí, imponente, impotente. Bonachón y cansado, lleno de despedidas cariñosas pero sufriendo un horrible deshilachamiento. El mes se alarga y las notas están puestas, el mes se alarga y ya no hay nada que hacer, las horas se hacen blandas, hay treinta y seis grados fuera y dentro no sabemos ni cuantos (los alumnos perfeccionan sus abanicos de papel, no olvidemos que esta es la ciudad del origami). El fin de curso es una asíntota a la que nos acercamos sin tocarla, un concepto matemático que ilustra lo que no existe. Tal vez esa sea la clave, tal vez no haya fin de curso. Tal vez no.

viernes, 17 de abril de 2015

Identidades extranjeras

Vivir en otro país es más fácil que vivir en el propio. Sobre todo si se trata de un país lo suficientemente parecido y lo suficientemente diferente. Entonces, la extranjería se convierte en un passe-partout, una llave maestra. Ser forastero excusa de antemano la estridencia, es un bálsamo para los golpes accidentales. Acuna. Actúa de escudo, de filtro y de almohada. Todo extranjero aprende a ocultar la torpeza entre los pliegues del lenguaje, a convertirse en un enigma para que el nativo lo resuelva.

Las palabras tienen una holgura que disculpa los errores; la diferencia cultural se encarga de hacer la otra mitad del trabajo. A los nativos les parecerá bien todo lo que sea coherente y amable. Y, si misteriosamente algo se toma mal, el forastero siempre podrá salir esencialmente indemne achacando el problema a las trampas del lenguaje o a la la estrechez de miras de los otros.

Bajo una libertad sin angustias, la autobiografía se va escribiendo como si fuese una novela épica. Tal vez solo así, velándose con las palabras pero sin máscaras ni pasado ( haber nacido ayer es requisito de juventud), se pueda crear una identidad. Porque no existe el peligro de la extravagancia. L'étranger, el extranjero, el extraño, ya lo es, por definición.

lunes, 30 de marzo de 2015

Las ciudades

Las ciudades nunca son las mismas cuando se las visita la primera vez que después de vivir en ellas varios meses. Las calles que al principio se seguían con desconfianza se van transformando en líneas de un texto perfectamente legible. Los zapatos aprenden caligrafía. Cada edificio se carga de significado cuando se sabe lo que hay detrás, y a la derecha, y al final de esa avenida que sale de allí. Lo que no se ve está tan presente como lo que se ve, es parte de ello.

Cuando se vive en una ciudad el hogar es el  hito ordenador del espacio. A partir de él la ciudad se vuelve coherente y otros puntos pueden convertirse en hitos secundarios. Podemos pasar por una ciudad sin que ella pase por nosotros, pero no podemos vivir en ella sin que algo se nos instale dentro. Se convierte en un a priori (Kant, no me lo tengas muy en cuenta), en marco de toda experiencia posible. Cada recuerdo tendrá asociado un sitio y cada sitio, un recuerdo. 

Apropiarse una ciudad es toda una experiencia, y no tiene que ver con sus calles ni sus plazas, ni siquiera con ese tranvía que pasa de pascuas a ramos. Tiene que ver con el sistema de relaciones humanas que va de lo necesario a lo improvisado, de comprar el pan a hacer soirées con los amigos. No tiene que ver con el ser, sino con el llegar a ser, a través de rutinas y eventos. El escenario de la obra es la ciudad, un escenario sin el que ninguna acción hubiese sido posible. En otro sitio nada hubiese sido lo mismo.

"¿De dónde vienes?", y la tentación de responder con una lista. "No, pero yo lo que quería era saber de dónde eres". Me remito a la respuesta anterior. 

domingo, 29 de marzo de 2015

La ciudad

Me fascina la capacidad que tienen los sedentarios para ubicar a cualquier persona con la que se tropiezan por la calle. Mira, te dicen, señalando a unos completos desconocidos, esos dos llevan como siete años juntos, y ella estaba antes con aquel que iba tanto a la biblioteca. La ciudad se ha convertido en su campo de estudio, y son muy competentes. Una sedentaria nos explicaba cómo liga por Tinder, donde no hay, decía, ningún riesgo de tropezarte con psicópatas si te fijas en los amigos de Facebook de los chicos con los que contactas y ves que a la mitad los conoces tú también.

Toda la ciudad está triangulada, cada quien es alguien porque lo es respecto a alguien. El primo, el amigo, el nieto, el alumno, el entrenador, el vendedor, el dentista o el perro. Y en general varias de esas cosas a la vez. Nadie tiene esencia en sí. No hay individuos. Todo existente queda definido por sus relaciones en esa red tupida, atrapado en esa telaraña como un vil insecto. Te cacé. Lo peor es que el insecto acepta serlo a cambio de poder ser también araña. Le da igual que otros ojos se claven en su nuca, previendo sus actos, sopesando su valor y envenenándole con una timidez acomplejada y moralista.

Eso da igual. Los sedentarios disfrutan enormemente conociendo la vida del vecino incluso antes de saber su nombre. Tal vez el placer nazca del poder que genera el control (Foucault, que le llaman). No hay misterios, no hay sorpresas, no hay incertidumbres. Aquí el mundo es pequeño y autocontenido, su población es escasa. Un universo que huele a cerrado y en el que cuesta trabajo abrir ventanas. Todo es gris, monocorde, previsible, vulgar, se censura cualquier estridencia. Y encima la gente se queja demasiado, como yo ahora, por ejemplo.

lunes, 9 de marzo de 2015

Por las junturas naturales

- Vamos a hacer la comida. Por cierto, ¿tú sabes despiezar un pollo?
- ¡Por supuesto! Soy licenciada en filosofía.

sábado, 2 de agosto de 2014

Burocracia

Cuando cubrí mis primeros impresos oficiales, hace unos catorce años, vigilé que cada letra que escribía fuese perfecta e inequívocamente interpretable. Confirmé diez o doce veces la veracidad de cada información que daba, releí el conjunto otras cuatro o cinco y entregué el impreso (que afortunadamente no tenía más de dos páginas) todavía con dudas de su validez. El temor a que una inexactitud se colase y me impidiese conseguir lo que quería era paralizante.

Por aquel entonces todavía no había descubierto que los adultos viven en un mundo de tentativas y aproximaciones. Un mundo en el que la perfección burocrática es un ideal, deseado e inalcanzable como todos. En el que las formulaciones son confusas, las cartas se pierden y los errores informáticos se multiplican. Una estructura altamente inestable que, sin embargo, se tiene en pie. El sistema es tontico pero en el fondo es bastante comprensivo: no se molesta por que en los últimos dos años hayas tenido unas seis direcciones diferentes; y te reconoce y te saluda aunque unos días estés normal, otros vayas con tilde y de un tiempo a esta parte te hayan puesto el otro punto.

sábado, 7 de junio de 2014

Neonomadismos

Soy nómada. Y la mitad de mi generación también lo es. La otra mitad no, ellos siguen anclados en el sedentarismo tradicional. Nuestro nomadismo no es una vuelta al pasado prístino de los bisontes y las frutas silvestre. No vestimos raro ni descuidamos la higiene (afortunadamente), así que no nos diferenciamos de un sedentario cualquiera hasta que él o nosotros abrimos la boca. Cuando eso sucede, ni lo comprendemos ni nos comprende.

Los neonómadas comenzamos nuestra vida de cero un par de veces al año. Lo que nos mueve es siempre el trabajo aunque, todo hay que decirlo, el trabajo es muchas veces nuestra excusa. Tener un empleo lejos una estupenda manera de marcharse: nos da seguridad económica, algo que hacer y una respetabilidad social que no veas. Además (y casi es la razón principal) buscar un nuevo destino nos libera de padecer la inminente partida de todos los amigos neonómadas que hemos hecho aquí.

Para nosotros viajar ha dejado de ser algo trascendental y místico: nos sabemos todas las tarifas, conexiones y planes de ahorro de cuatro o cinco medios de transporte. Nos quedamos sopa en el tren con la tranquilidad de saber que no se nos pasará la parada. Nuestra maleta es cada vez más pequeña, más reducida, más destilada. En vacaciones visitamos a otros neonómadas, haciendo el que tal vez sea el tipo de turismo más profundo: el turismo del nativo. Nos integramos en la rutina de nuestros amigos, hacemos lo que hacen, sentimos lo que sienten, vemos la ciudad a través de sus ojos, que la saben mirar mejor. Para los turistas tradicionales todas las ciudades se parecen (y se parecen más cuanto más alta sea la categoría de su hotel); nosotros no somos esos guiris que van de museo en museo, no sentimos aquel temor de desaprovechar el tiempo por dejar sin ver una ruina o una reliquia.

Nuestro mayor defecto es la tendencia a indignarnos. Nos indignamos cuando en Asturias una sedentaria nos dice que lleva diez años sin ver a buena una amiga que vive en Galicia. Nos indignamos cuando una pareja de sedentarios crea un drama de telenovela por tener que estar sin verse durante un mes. Nos indignamos cada vez que un sedentario se lamenta de la aridez de su terruño laboral. Y nos volvemos proselitistas, intentando convertirles al neonomadismo, fracasando siempre. Los sedentarios ni siquiera salen de su casa para venir a hacernos una visita. 

Los neonómadas no sabemos si alguna vez querremos o podremos ser sedentarios. Estemos donde estemos, notamos que algo que nos falta, y movernos sin parar es una forma de luchar contra esa sensación de pérdida. De todas maneras, nunca llegamos a caer en la melancolía porque sabemos que sería inútil. Eso que añoramos casi nunca existe ya, es tan hijo del tiempo como del espacio. Igual que nosotros.

La única forma que tenemos de reunir a toda la gente a la que queremos es Internet. Nuestra patria debe de estar en algún lugar entre Facebook, Gmail, Skype y Whatsapp. De vez en cuando entramos en Google Maps y con el street view recorremos las calles de aquellos lugares que una vez fueron nuestros. Aterrizamos en un punto cualquiera de la ciudad y, paso a paso, vamos dirigiéndonos hacia nuestro hogar, sorprendidos de encontrar detalles que habíamos olvidado pero que estaban cargados de significado. Y creemos ver caras y oír voces, nos quema el sol, nos hace daño un zapato. Entonces nos sentimos viejos, nos sentimos locos, nos sentimos muertos, y renacidos, y muertos otra vez en una infinita concatenación de vidas.

lunes, 3 de marzo de 2014

Opositando


A veces pienso que habría que contratar a un buenista para poner orden en los temarios. A un buenista que con una teoría de teorías hiciese una división clara y distinta del campo, a una persona que colocase las lindes evitando superposiciones y tierras de nadie. Pero tal vez tanta nitidez nos condenase al más gris aburrimiento.

El temario de Filosofía español está formado por 71 temas. El temario de Español francés está formado por cuatro nociones y cuatro obras de referencia.  En el sistema español los árboles no te dejan ver el bosque. Demasiado tupidos. Preparar cada uno de esos temas de una forma sólida y profunda exigiría demasiado tiempo; se impone dar un paseo ligero y resultón. El sistema francés es justo lo contrario: el examen dura cinco horas (ellos son así), y no sacan número de tema, sino que presentan tres documentos en torno a él. Así que para prepararlo no queda otra que profundizar, investigar, trazar líneas y puentes, ligar las nociones y las obras, crear un puré difuso en el que se mezclan historia, literatura, filosofía... todo. Todo cabe, y a la vez no. La apertura es inmensa, pero el jurado la cierra. En el fondo, preparar las oposiciones francesas es un gran trabajo de psicología. 

Ni que decir tiene que es mucho más gratificante el sistema francés. Es menos memorístico, más cercano al mundo, más complejo. Tiene el magnetismo del juego, de la aventura.

¿Qué posibilidades hay de que en la próxima reforma del temario español hagan algo así? De que organicen el saber en torno a grandes núcleos, no a una retahila de capítulos. ¿Pocas? ¿Ninguna?

lunes, 27 de mayo de 2013

Maletas


Hacer una maleta antes o despues de una escapada de larga duración es una de las actividades más filosóficas que existen. Y hacerla para irse no es lo mismo que hacerla para volver. Antes de partir toca adivinar el futuro, sospechar los golpes del azar, crear un reservorio para mantener la permanencia de lo que eres. Al volver, en cambio, lo que se hace es comprobar la diferencia entre lo que se planeó y lo que se hizo, lo que se previó como importante y en realidad no sirvió para nada, lo que alguna vez se quiso ser y lo que finalmente se ha sido. La maleta que parte se llena sumando. La maleta que vuelve nos obliga a restar.

Son dos actividades opuestas, entre ellas no hay nada en común. Ni siquiera la maleta. Cual río heraclitano, siempre es más grande o más pequeña de lo que recordábamos. Más dura o más blanda. Más hostil o más amable. Cuanto más largo haya sido el viaje, menos se parece el equipaje antiguo al moderno, tanto por dentro como por fuera.

Y hacemos más maletas de lo que pensamos. La primera página de cada cuaderno es siempre una bienintencionada maleta de ida; la última, una raída maleta de vuelta. Unos zapatos nuevos son unos zapatos que van, los zapatos viejos sólo vuelven. El proyecto y la evaluación. Lo que empieza y lo que acaba en medio del cambio constante.

Veamos en qué acaba esta nueva deriva del estar. Ya casi tengo hecha la maleta.

domingo, 19 de mayo de 2013

Disolución

¿Qué supone para España el éxodo masivo de mi generación? Ante todo, una discontinuidad cultural. Cuando los que estamos fuera volvamos, una gran franja de la población hará el huevo frito sin aceite, y a veces escribiendo a ordenador se equivocará y pondrá "q" donde hay "a" y "a" donde hay "q". Comerá a mediodía sin sufrir ni escandalizarse, y a las tres de la mañana de un sábado bostezará porque ya va siendo hora de volver a casa. Se le escaparán los ouis, los yes, los jas; la fatalidad le llevará al "merde !", al "Scheisse!" o al "shit!". Cuando tenga que saludar a alguien no sabrá si dar dos besos, o tres, o cuatro, ni por qué lado empezar, o tal vez estrechará distraídamente la mano o le soltará un abrazo al que menos se lo espere. Lo español se habrá vuelto laxo, diluído.
Es una pérdida de identidad, pero no es el individuo el que la pierde sino su país. Es la nación la que muere un poco, ese ente incorpóreo al que nunca tenemos claro qué valor otorgar.

viernes, 26 de abril de 2013

Épico

Cual minino de Schrödinger, ahora trabajo y no trabajo. Mi contrato aún no ha terminado, pero ya me he despedido de alumnos y profesores. Y es que han llegado las vacaciones escolares (sí, otras más), y con ellas el fin de mis días como auxiliar de conversación.

No soy capaz de encontrar adjetivos para explicar lo que ha sido este año para mí. Estuve un rato largo pensando, y todos los que se me ocurrían encajaban mal. Pensaba en "maravilloso" y lo veía escaso. "Inmejorable" parecía hueco; "emocionante", apagado. Los sonidos son tacaños a veces. Me niego a concederle a este año un rango menor que el de la leyenda, la epopeya. Ha sido un año épico.

Un año épico. Cada día de vida aquí ha sido más interesante que una semana de mi vida anterior. En actividades, en retos, en experiencias, en descubrimientos. He conocido a personas absolutamente increíbles, personas que desaparecerán a partir de mañana mismo. Verdaderos amigos, casi todos auxiliares, casi todos extranjeros. Pero en esta ciudad que es un cruce de caminos, incluso los franceses son un poco extranjeros. Todo el mundo parte. Veré a la ciudad desnudarse de caras amigas, antes de marcharme yo también. Y aunque llegue el verano, el viento será más frío.

Ser auxiliar fue un placer. En siete de mis doce horas de trabajo semanal tuve libertad para hacer más o menos lo que me diese la gana (siempre dentro del sentido común docente, por supuesto). Grupos reducidos, alumnos majísimos. Fue divertido, fue tierno, fue un buen entrenamiento. Tras varias semanas de clase comencé a desarrollar superpoderes de profesora. Sabía, por ejemplo, cuánto tiempo quedaba de clase sin necesidad de mirar el reloj. También cómo estirar o acortar la actividad para que se ajustase al tiempo disponible, medio minuto arriba o abajo. Me sentía feliz e integrada (dentro de mi estrato) en un lycée cómodo, bien diseñado y que funcionaba como un reloj.

Ha sido un año de alegría, de libertad, de independencia. Lo llamaba épico, tal vez viéndolo como un lote de pequeñas batallas. Está la conquista lingüística, la burocrática, y la locativa. Hubo conquista gastronómica, pero esa la perdí yo: la comida francesa me ha conquistado. No es el único elemento que me han conquistado, también lo ha hecho la gente. La mayor parte de las personas que he conocido son estupendas. Son majísimas, sea cual sea la relación o la cercanía: conciudadanos, vecinos, conocidos, alumnos, colegas, amigos.

¿Y ahora qué?

sábado, 15 de septiembre de 2012

Propiedad privada

Me voy de España y eso no tiene nada de especial: mi generación entera se está yendo. De hecho, sospecho que uno de los motivos por los que nos vamos para no tener que deprimirnos viendo cómo todos los demás se van. No soy original en lo de irme, pero sí en el destino. Cada mes me entero de que dos o tres personas que conozco se van, casi siempre a Londres. No al Reino Unido en general, sino a Londres en concreto. Londres parece tener un atractivo del que carecen Manchester, Edimburgo y todas las demás. Tal vez sea una cuestión física y su atractivo se deba meramente a su tamaño en densidad, pero sospecho que esa no es la razón.

Sin salir de Inglaterra, he pensado mucho en Locke mientras hacía la maleta. Porque el equipaje es la destilación de la propiedad privada, y además permite una lectura por capas que muestra qué considera vital cada individuo. Sus necesidades, deseos y proyectos. Se debe leer de más profundo a más superficial. Así, una maleta empieza con humildad, buscando la más pura supervivencia ante el frío, la mugre y las enfermedades. Pero luego, al ver que sobra espacio, empieza con cosas como un par de chorizos “porque algo habrá que echarle al potaje”. Así es la propiedad privada: parte de ella es supervivencial, pero el resto es bastante prescindible.

Me pregunto qué pensaría Locke si viese día a día a cientos de jóvenes españoles llevando su propiedad privada a cuestas.

sábado, 8 de septiembre de 2012

Logement

Recuerdo haber leído, en una encuesta, que la vivienda ocupa el primer puesto en el ranking de las preocupaciones de los ciudadanos españoles. Es por eso que nunca me había sentido tan española como antes de irme a Francia, mientras busco locations y colocations por Internet.

 Encontrar alojamiento me preocupa, pero me preocupan aún más los ataques de los muebles. Porque todo el mundo sabe que la mordedura de armario es letal, y que las camas, en cuanto te descuidas, intentan estrangularte. Es por eso que no puedo más que celebrar la sensatez que invade a la mayoría de los caseros franceses, que han decidido no amueblar sus pisos para evitar percances. De noche, con la espalda bien apoyada en el suelo y clavando la mirada en la límpida pared, sus inquilinos se sentirán a salvo y podrán conciliar mucho mejor el sueño.

jueves, 6 de septiembre de 2012

El otro punto

 ¿Por qué este blog se titula “El otro punto”? Bueno, hasta ahora yo había sido una “i” normal. Sin tilde, a pesar de que algunos se empeñaban en ponérmela, muchos creyendo que sabían escribir mi nombre mejor que yo. Una “i” de esas que son una línea con cabeza, dulcemente antropomórficas. Pero ahora me ha salido otro punto. Y es que en los documentos de Francia me ponen la diéresis. El otro punto me da menos rabia que la tilde, porque me temo que ellos sí saben escribir mi nombre mejor que yo. Así que voy a probar durante unos meses cómo es tener una “ï” bicéfala, y voy a escribir sobre el otro punto. Claro, que para escribir sobre el otro punto tendré que compararlo con el punto que ya tenía. El problema de averiguar cuál de los dos puntos es el intruso lo dejo para cuando tenga que deshacerme de él.

El punto y la raya. Con ellos se pueden hacer grandes cosas. Por ejemplo, se puede escribir en código Morse. El telégrafo queda lejos en el tiempo, pero no en naturaleza. Porque no cabe duda de que el telégrafo fue el más rompedor de los inventos a la hora de hacer cercano lo lejano. Luego vinieron otros aparatos, cada vez mejores, pero allí estuvo el salto cualitativo. Pas loin, pas près...

lunes, 20 de agosto de 2012

Pas loin, pas près

Si alguien espera encontrar aquí un diario detallado de mi día a día, mis lamentaciones y alegrías cotidianas, este no es el lugar (ni ningún otro lo es). Sólo diré que estoy a punto de irme a Francia. Mi francés es penoso, pero estoy intentando mejorarlo. He sacado varios libros de la biblioteca y me he puesto a estudiar vocabulario con dudosos resultados.

En uno de esos libros he encontrado una idea deliciosa. Y es que parece ser que los franceses, cuando van a decir algo molesto, prefieren referirse a ello negando lo contrario. Eso sí que es una lógica bivalente: todo es p o ¬p, sin instancias intermedias. O se es guapo, o se es no-guapo, es decir, feo. O se es listo o se es gilipollas. Una maravilla de la precisión que no podría estar más alejada de la vaguedad y el espiritualismo que emana del cine francés.

La dirección del blog (que debe de estar mal escrita, porque nadie la ha puesto antes) es"pas loin, pas près". Ni cerca ni lejos, como a una distancia media, si lo entendemos en español cotidiano. O a la vez cerca y lejos, si lo entendemos en francés eufemístico. Allí estaré.