Veo la película del Joker, sobre la que han corrido ríos de tinta (valga el cliché) y lo que más me llama la atención es la época. La ausencia de época.
Estamos habituados a que en el cine, cuando se nos cuente la historia de un personaje, el pasado sepa a pasado (excluyedo al género histórico, por supuesto). Que incluya modas específicas y comportamientos añejos, que esté en los sesenta, en los setenta o como tarde en los ochenta. El presente de un personaje puede ser cualquier década, pero el pasado está constreñido.
El cine ha definido lo que para él es el pasado. Y este nuevo cliché se ha convertido en su propia trampa. Lo que da verosimilitud es que el pasado se ubique allí. Pero también es lo que quita toda verosimilitud. Los años pasan y cada vez resulta menos creíble que el pasado sean los sesenta, setenta u ochenta. Si en su presente ese señor tenía un teléfono con conexión a internet, ¿cómo se come que en otra esa época fuese ya un adulto? ¿Pero qué edad se supone que tiene?
La solución es la vaguedad. Que no quede claro si son los sesenta, los setenta o los ochenta, como pasaba en esta película. La ausencia total de referentes. El puro ambiente polvoriento, a armario de casa de pueblo, a unas décadas en las que ya buena parte de la población no ha vivido. El tiempo se estira, se flexibiliza, se convierte en un filtro, o en un tipo de luz, o en un mechón de flequillo cortado en ángulo añejo. Es, a la larga, insostenible.
El año dos mil fue durante el final de los noventa el símbolo del futuro. Si algo quería ser moderno, se le bautizaba con ese número. O con el dos mil uno, para ir aún más allá. Casi veinte años después, no hemos logrado librarnos de eso. "Dos mil" nos sigue sonando a "turbo", a "ultra", a "mega"; a la promesa de algo que va rápido y está más allá, lejos, inalcanzable. A truco publicitario de lejía blanqueante, a una época impecable de paredes lisas y superficies asépticas. Cabe pensar que algún día el año dos mil pueda ser el pasado, pero aún sigue cargando el peso de su historia.
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sábado, 2 de noviembre de 2019
martes, 5 de septiembre de 2017
La vuelta a clase
Por primera vez desde que era estudiante, he vuelto al instituto. En los últimos años empecé el curso, pero no volvía, cada año llegaba a un centro en el que nunca había estado. Este año repito, y cuando el lugar es acogedor, la vuelta es maravillosa. Los saludos son efusivos, las presentaciones son escasas, los pasillos se recorren solos. Los alumnos que se pasean por el centro para hacer los exámenes de septiembre han crecido y parecen más serios, el
ordenador se acuerda de ti y el café está más bueno que nunca.
jueves, 8 de octubre de 2015
La caída del muro
El año que estuve en el pueblito descubrí que la mejor forma de integrarse en un nuevo instituto era pasar muchas horas en sala de profesores. Extranjera, principiante y con escasos conocimientos del sistema educativo francés, aquello era una cuestión de supervivencia (necesitaba enterarme de primera mano de cada procedimiento y del significado de cada sigla). Además, poder explicar a los compañeros qué le pasa a la de Educación Física, por qué han expulsado a esos tres alumnos de quatrième o por qué el ordenador va tan mal es una buena forma de dejar de ser invisible.
El año pasado, como el centro ya no era un collège de un pueblo diminuto sino uno enorme lycée de capital de provincia, la sala de profesores tenía unas dimensiones considerables. Era un pequeño universo con espacios diferenciados y mesas de las que cada departamento se apropiaba de manera tácita. Yo me pasaba la vida en la de matemáticas, donde hice algún buen amigo que todavía conservo. Recuerdo un viernes de tarde en que me pasé dos horas hablando en una mezcla de portugués y español con un stagiaire de historia. Un martes me uní a la conversación sobre sudáfrica que el auxiliar de conversación de inglés, oriundo de allí, mantenía con los de su departamento. Un mediodía antes de unas vacaciones los de lenguas (español-inglés-alemán) hicimos una espicha espectacular uniendo nuestras mesas. Cuando me tocó pedir destino, un profesor que llevaba bata y aparentaba cien años me vino a aconsejar que no escogiese la Académie de Versailles sino la de Créteil (o al revés, no me acuerdo). Cada vez que iba a la sección de ordenadores acababa hablando de lo divino o lo humano con alguien con quien nunca había hablado antes. Veíamos lo que hacían los otros, contábamos anécdotas, nos reíamos estruendosamente y trabajábamos en silencio. Allí pasaba todo.
Aquí no pasa nada. En mi instituto no hay sala de profesores: hay una habitación que tiene un cartel que pone eso, en tres idiomas, pero es una errata (tres erratas). Se trata de un lugar de paso, silencioso e inhóspito, en el que nadie se queda mucho rato. No sabes ni si saludar. La vida se esconde en los departamentos, sacrosantos hogares cuyas puertas están cerradas. Quien entra en un departamento ajeno a pedir algo se va rápidamente, temeroso, sintiéndose culpable por su intrusión en un espacio privado.
El martes mis alumnos de primero tenían una actividad en el patio y gracias a eso estuve hablando con dos profesores jóvenes y muy majos, de biología y matemáticas. Es posible que nunca más los vuelva a ver. Con una interina de inglés coincidí en un curso y ahora nos saludamos efusivamente cuando nos tropezamos por la escalera, es decir, los viernes entre tercera y cuarta hora. ¿Qué nuevas experiencias me deparará el año escolar? No tengo muy claro si todo esto es cómico o trágico.
Todos los departamentos tienen el mismo tamaño. En el mío somos solo cuatro, pero en casi todos los departamentos vecinos los profesores están hacinados. ¿Por qué lo permiten? Ellos tienen todas las de ganar en la lucha contra esas paredes que les oprimen. ¡Mi reino por una maza! ¡Abajo los departamentos! Docentes del centro, ¡uníos!
El año pasado, como el centro ya no era un collège de un pueblo diminuto sino uno enorme lycée de capital de provincia, la sala de profesores tenía unas dimensiones considerables. Era un pequeño universo con espacios diferenciados y mesas de las que cada departamento se apropiaba de manera tácita. Yo me pasaba la vida en la de matemáticas, donde hice algún buen amigo que todavía conservo. Recuerdo un viernes de tarde en que me pasé dos horas hablando en una mezcla de portugués y español con un stagiaire de historia. Un martes me uní a la conversación sobre sudáfrica que el auxiliar de conversación de inglés, oriundo de allí, mantenía con los de su departamento. Un mediodía antes de unas vacaciones los de lenguas (español-inglés-alemán) hicimos una espicha espectacular uniendo nuestras mesas. Cuando me tocó pedir destino, un profesor que llevaba bata y aparentaba cien años me vino a aconsejar que no escogiese la Académie de Versailles sino la de Créteil (o al revés, no me acuerdo). Cada vez que iba a la sección de ordenadores acababa hablando de lo divino o lo humano con alguien con quien nunca había hablado antes. Veíamos lo que hacían los otros, contábamos anécdotas, nos reíamos estruendosamente y trabajábamos en silencio. Allí pasaba todo.
Aquí no pasa nada. En mi instituto no hay sala de profesores: hay una habitación que tiene un cartel que pone eso, en tres idiomas, pero es una errata (tres erratas). Se trata de un lugar de paso, silencioso e inhóspito, en el que nadie se queda mucho rato. No sabes ni si saludar. La vida se esconde en los departamentos, sacrosantos hogares cuyas puertas están cerradas. Quien entra en un departamento ajeno a pedir algo se va rápidamente, temeroso, sintiéndose culpable por su intrusión en un espacio privado.
El martes mis alumnos de primero tenían una actividad en el patio y gracias a eso estuve hablando con dos profesores jóvenes y muy majos, de biología y matemáticas. Es posible que nunca más los vuelva a ver. Con una interina de inglés coincidí en un curso y ahora nos saludamos efusivamente cuando nos tropezamos por la escalera, es decir, los viernes entre tercera y cuarta hora. ¿Qué nuevas experiencias me deparará el año escolar? No tengo muy claro si todo esto es cómico o trágico.
Todos los departamentos tienen el mismo tamaño. En el mío somos solo cuatro, pero en casi todos los departamentos vecinos los profesores están hacinados. ¿Por qué lo permiten? Ellos tienen todas las de ganar en la lucha contra esas paredes que les oprimen. ¡Mi reino por una maza! ¡Abajo los departamentos! Docentes del centro, ¡uníos!
viernes, 10 de julio de 2015
Madrid, ese mito
Madrid es para la mayoría de los españoles un ente abstracto y lejano, conocido por fuentes secundarias. Sabemos que allí no hay playa, que hay que mirar la Puerta de Alcalá y que tras Tirso de Molina están Sol, Gran Vía y Tribunal. Las referencias a Madrid están por todas partes; Madrid, por ninguna. Así, la capital se va perfilando como ese lugar mítico donde están las sedes de aquello en cuya sede no solemos pensar, donde pasan las cosas que nunca pasan aquí.
Si no se visita Madrid muy a menudo, sorprende que sea terrenal y abarcable. Que esos sitios de los que tanto se ha oído hablar no sean más emocionantes que la Plaza de la Escandalera. El colmo del desengaño llega cuando se enciende una televisión y se pone cualquier cadena nacional: en el momento en que empiezan a hablar sobre Madrid (y no hay que esperar mucho para que esto pase), lo poco que quedaba de aura desaparece. Esos sitios de los que están hablando los pisaste esta mañana. Antes pertenecían a otro mundo, ahora son vulgares.
La cadena nacional se convierte en local. España se reduce, todo está a la vista y es de una simplicidad abrumadora. Es el triunfo de lo mundano. Al final el mundo acaba siendo un barrio lleno de vecinas en bata y zapatillas.
Si no se visita Madrid muy a menudo, sorprende que sea terrenal y abarcable. Que esos sitios de los que tanto se ha oído hablar no sean más emocionantes que la Plaza de la Escandalera. El colmo del desengaño llega cuando se enciende una televisión y se pone cualquier cadena nacional: en el momento en que empiezan a hablar sobre Madrid (y no hay que esperar mucho para que esto pase), lo poco que quedaba de aura desaparece. Esos sitios de los que están hablando los pisaste esta mañana. Antes pertenecían a otro mundo, ahora son vulgares.
La cadena nacional se convierte en local. España se reduce, todo está a la vista y es de una simplicidad abrumadora. Es el triunfo de lo mundano. Al final el mundo acaba siendo un barrio lleno de vecinas en bata y zapatillas.
viernes, 17 de abril de 2015
Identidades extranjeras
Vivir en otro país es más fácil que vivir en el propio. Sobre todo si se trata de un país lo suficientemente parecido y lo suficientemente diferente. Entonces, la extranjería se convierte en un passe-partout, una llave maestra. Ser forastero excusa de antemano la estridencia, es un bálsamo
para los golpes accidentales. Acuna. Actúa de escudo, de filtro y de almohada. Todo extranjero aprende a ocultar la
torpeza entre los pliegues del lenguaje, a convertirse en un enigma para que el nativo lo resuelva.
Las palabras tienen una holgura que disculpa los errores; la diferencia cultural se encarga de hacer la otra mitad del trabajo. A los nativos les parecerá bien todo lo que sea coherente y amable. Y, si misteriosamente algo se toma mal, el forastero siempre podrá salir esencialmente indemne achacando el problema a las trampas del lenguaje o a la la estrechez de miras de los otros.
Bajo una libertad sin angustias, la autobiografía se va escribiendo como si fuese una novela épica. Tal vez solo así, velándose con las palabras pero sin máscaras ni pasado ( haber nacido ayer es requisito de juventud), se pueda crear una identidad. Porque no existe el peligro de la extravagancia. L'étranger, el extranjero, el extraño, ya lo es, por definición.
Bajo una libertad sin angustias, la autobiografía se va escribiendo como si fuese una novela épica. Tal vez solo así, velándose con las palabras pero sin máscaras ni pasado ( haber nacido ayer es requisito de juventud), se pueda crear una identidad. Porque no existe el peligro de la extravagancia. L'étranger, el extranjero, el extraño, ya lo es, por definición.
lunes, 30 de marzo de 2015
Las ciudades
Las ciudades nunca son las mismas cuando se las visita la primera vez que después de vivir en ellas varios meses. Las calles que al principio se seguían con desconfianza se van transformando en líneas de un texto perfectamente legible. Los zapatos aprenden caligrafía. Cada edificio se carga de significado cuando se sabe lo que hay detrás, y a la derecha, y al final de esa avenida que sale de allí. Lo que no se ve está tan presente como lo que se ve, es parte de ello.
Cuando se vive en una ciudad el hogar es el hito ordenador del espacio. A partir de él la ciudad se vuelve coherente y otros puntos pueden convertirse en hitos secundarios. Podemos pasar por una ciudad sin que ella pase por nosotros, pero no podemos vivir en ella sin que algo se nos instale dentro. Se convierte en un a priori (Kant, no me lo tengas muy en cuenta), en marco de toda experiencia posible. Cada recuerdo tendrá asociado un sitio y cada sitio, un recuerdo.
Apropiarse una ciudad es toda una experiencia, y no tiene que ver con sus calles ni sus plazas, ni siquiera con ese tranvía que pasa de pascuas a ramos. Tiene que ver con el sistema de relaciones humanas que va de lo necesario a lo improvisado, de comprar el pan a hacer soirées con los amigos. No tiene que ver con el ser, sino con el llegar a ser, a través de rutinas y eventos. El escenario de la obra es la ciudad, un escenario sin el que ninguna acción hubiese sido posible. En otro sitio nada hubiese sido lo mismo.
"¿De dónde vienes?", y la tentación de responder con una lista. "No, pero yo lo que quería era saber de dónde eres". Me remito a la respuesta anterior.
jueves, 6 de marzo de 2014
El barquito
-1. Todo indica que en 2014 no habrá oposiciones de Filosofía en ninguna
Comunidad Autónoma. En 2016 está previsto que haya pero... ¡un momento! En 2016
se aplicará la LOMCE en 4º de ESO y en 2º de Bachillerato. ¿Harán
falta, entonces, profesores de Filosofía?
-2. Todos los franceses con los que he hablado del tema consideran que la Filosofía es un tostón. Las clases que recibieron en el instituto les presentaban la materia de una forma sosa y árida. El profesor hablaba, los alumnos escuchaban y deglutían. En teoría se les exigía madurez y reflexión; en la práctica, memoria y savoir faire. El formato de ensayo que lucían sus exámenes no era más que un disfraz.
La Filosofía que habían recibido les había rozado sin traspasarles. Ojeando algunos libros de texto de Filosofía franceses me encuentro con la misma sensación. Grandes parrafadas, divagaciones huecas, falta de brillantez. Lejanía. Sopor. Supongo que su Filosofía no siempre es así, pero sospecho que lo es a menudo.
-3. Era el segundo día del viaje de estudios. Los cincuenta y un alumnos y los cinco profesores estábamos impregnándonos de Santander. Habíamos recorrido caminitos entre los acantilados, sacando miles de fotos. Habíamos comido en la Península de la Magdalena, disfrutando de un día que era más de agosto que de febrero. Habíamos visitado el Museo del Cantábrico, y de alguna extraña manera conectado con los peces. Y ahora estábamos subiendo a un barquito que nos llevaría a dar una vuelta por el mar. Yo me senté en la última fila de asientos, entre una decena de alumnos de troisième (tercero de ESO), y ellos sacaron a colación un tema que teníamos pendiente desde hacía un par de meses: mi opinión sobre la nueva ley del aborto española.
Cuando me habían preguntado lo mismo en clase, yo me había negado a decir lo que pensaba, alegando la exigencia de neutralidad de la Educación Nacional francesa y señalando con una sonrisa irónica que si estuviésemos en el sistema educativo español mis labios no estarían sellados. Ahora que estábamos en España, decían ellos entre risas, ya no tenía ninguna excusa para no pronunciarme. Pero yo seguí en mis trece: ¡la Academie me estaba pagando, mis obligaciones eran las mismas! Ellos preguntaron a otros dos profesores que estaban cerca y escuchaban la conversación, ellos dijeron lo que pensaban. Los ojos de los alumnos se clavaron entonces en mí. Simulé reflexionar para buscar una solución de compromiso. "Vale, sin atentar contra la exigencia de neutralidad, yo os puedo decir que respecto al tema del aborto... me gusta mucho la ley francesa".
El barco pegaba ligeros botes. Los alumnos estaban satisfechos con mi respuesta, pero ahora se interesaban por la falta de neutralidad del sistema español. ¿Eso era malo? Tal vez no, porque los alumnos podían decirle al profesor que no estaban de acuerdo y dar argumentos, ¿no? ¡Igual incluso actuando así había menos adoctrinamiento! Los alumnos me preguntaron si en España yo era profesora de Francés. Yo les dije que no. Ellos no sabían lo que era la Filosofía.
Saqué un bolígrafo, lo sujeté con tres dedos por un extremo. ¿Si lo suelto, caerá? Representé el "show", el pack básico de introducción a la epistemología. Fue sumamente efectivo. Entre cabezada y cabezada del barco habíamos salido de la Bahía de Santander, la tierra firme estaba lejos, a nuestro alrededor todo era mutable y flexible. Incluso la Ley de la Gravedad. En el aire flotaba una vaga sensación de irrealidad. ¿Qué hacíamos allí? Los alumnos sintieron la fascinación del vértigo y cuando terminé de hablar hubo unos segundos de silencio en los que nadie se atrevía a moverse. Y entonces la voz de una profesora rompió el hechizo: "¡Eso no es Filosofía!". Pobre, le salió del alma.
________
Eso también era Filosofía. Una forma de ver la Filosofía que se practica cotidianamente en numerosos institutos españoles. Una sustancia pregnante, que se adhiere, que queda en lo más profundo. Con consecuencias estéticas y éticas. Que enseña a escribir y a pensar. Y que corre peligro de desaparición, herida de muerte por leyes que no ven más allá de sus narices. Leyes para las que lo español es intrínsecamente inferior a cualquier otro producto europeo, porque nunca los han comparado en serio. Leyes incapaces de ver lo que se ha logrado y por eso mismo capaces de mandarlo todo al garete.
Al garete no, perdón. A pique.
-2. Todos los franceses con los que he hablado del tema consideran que la Filosofía es un tostón. Las clases que recibieron en el instituto les presentaban la materia de una forma sosa y árida. El profesor hablaba, los alumnos escuchaban y deglutían. En teoría se les exigía madurez y reflexión; en la práctica, memoria y savoir faire. El formato de ensayo que lucían sus exámenes no era más que un disfraz.
La Filosofía que habían recibido les había rozado sin traspasarles. Ojeando algunos libros de texto de Filosofía franceses me encuentro con la misma sensación. Grandes parrafadas, divagaciones huecas, falta de brillantez. Lejanía. Sopor. Supongo que su Filosofía no siempre es así, pero sospecho que lo es a menudo.
-3. Era el segundo día del viaje de estudios. Los cincuenta y un alumnos y los cinco profesores estábamos impregnándonos de Santander. Habíamos recorrido caminitos entre los acantilados, sacando miles de fotos. Habíamos comido en la Península de la Magdalena, disfrutando de un día que era más de agosto que de febrero. Habíamos visitado el Museo del Cantábrico, y de alguna extraña manera conectado con los peces. Y ahora estábamos subiendo a un barquito que nos llevaría a dar una vuelta por el mar. Yo me senté en la última fila de asientos, entre una decena de alumnos de troisième (tercero de ESO), y ellos sacaron a colación un tema que teníamos pendiente desde hacía un par de meses: mi opinión sobre la nueva ley del aborto española.
Cuando me habían preguntado lo mismo en clase, yo me había negado a decir lo que pensaba, alegando la exigencia de neutralidad de la Educación Nacional francesa y señalando con una sonrisa irónica que si estuviésemos en el sistema educativo español mis labios no estarían sellados. Ahora que estábamos en España, decían ellos entre risas, ya no tenía ninguna excusa para no pronunciarme. Pero yo seguí en mis trece: ¡la Academie me estaba pagando, mis obligaciones eran las mismas! Ellos preguntaron a otros dos profesores que estaban cerca y escuchaban la conversación, ellos dijeron lo que pensaban. Los ojos de los alumnos se clavaron entonces en mí. Simulé reflexionar para buscar una solución de compromiso. "Vale, sin atentar contra la exigencia de neutralidad, yo os puedo decir que respecto al tema del aborto... me gusta mucho la ley francesa".
El barco pegaba ligeros botes. Los alumnos estaban satisfechos con mi respuesta, pero ahora se interesaban por la falta de neutralidad del sistema español. ¿Eso era malo? Tal vez no, porque los alumnos podían decirle al profesor que no estaban de acuerdo y dar argumentos, ¿no? ¡Igual incluso actuando así había menos adoctrinamiento! Los alumnos me preguntaron si en España yo era profesora de Francés. Yo les dije que no. Ellos no sabían lo que era la Filosofía.
Saqué un bolígrafo, lo sujeté con tres dedos por un extremo. ¿Si lo suelto, caerá? Representé el "show", el pack básico de introducción a la epistemología. Fue sumamente efectivo. Entre cabezada y cabezada del barco habíamos salido de la Bahía de Santander, la tierra firme estaba lejos, a nuestro alrededor todo era mutable y flexible. Incluso la Ley de la Gravedad. En el aire flotaba una vaga sensación de irrealidad. ¿Qué hacíamos allí? Los alumnos sintieron la fascinación del vértigo y cuando terminé de hablar hubo unos segundos de silencio en los que nadie se atrevía a moverse. Y entonces la voz de una profesora rompió el hechizo: "¡Eso no es Filosofía!". Pobre, le salió del alma.
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Eso también era Filosofía. Una forma de ver la Filosofía que se practica cotidianamente en numerosos institutos españoles. Una sustancia pregnante, que se adhiere, que queda en lo más profundo. Con consecuencias estéticas y éticas. Que enseña a escribir y a pensar. Y que corre peligro de desaparición, herida de muerte por leyes que no ven más allá de sus narices. Leyes para las que lo español es intrínsecamente inferior a cualquier otro producto europeo, porque nunca los han comparado en serio. Leyes incapaces de ver lo que se ha logrado y por eso mismo capaces de mandarlo todo al garete.
Al garete no, perdón. A pique.
jueves, 6 de febrero de 2014
Auxiliares de conversación y profesores de lenguas
Ser auxiliar es mejor que ser profesor porque casi nunca tienes que evaluar. Y evaluar es un asco si tienes que hacerlo en francés.
Ser profesor es mejor que ser auxiliar porque nunca vas a tener quinientos alumnos mosqueados porque aún te lías con sus nombres.
Ser auxiliar es mejor que ser profesor porque la creatividad no es una opción, es una obligación.
Ser profesor es mejor que ser auxiliar porque tras seis meses de trabajo y a un mes del final del contrato, maldita sea la creatividad.
Ser auxiliar es mejor que ser profesor porque a tu alrededor hay otros mil auxiliares jóvenes, expatriados y dinámicos, que tampoco tienen amigos cerca, que hablan francés igual de mal que tú y que se mueren por comerse el mundo.
Ser profesor es mejor que ser auxiliar porque los demás profesores se toman en serio tu aula, y no te roban sillas ni la usan como el almacén que es.
Ser auxiliar es mejor que ser profesor porque los alumnos te llegan de doce en doce como los huevos; o bien en forma de grupo completo, sonriente y atento ante la mirada del profesor titular, amenazante en un extremo de la sala.
Ser profesor es mejor que ser auxiliar porque la mirada del profesor titular, aunque él o ella no lo pretendía, te alcanzaba también a ti.
Ser auxiliar es mejor que ser profesor porque los alumnos creen que no hablas su lengua, así que no te queda otra que esforzarte por simplificar el español (y a ellos, por comprenderlo).
Ser profesor es mejor que ser auxiliar porque cuando dices que eres profesora sientes que has triunfado.
Ser auxiliar es mejor que ser profesor porque cuando dices que eres profesora te sientes vieja y acabada.
Ser profesor es mejor que ser auxiliar porque nunca va a llegar el profesor de turno y echarte abajo la actividad que habías preparado para que repartas una comprensión oral y le des al play al radiocaset.
Ser auxiliar es mejor que ser profesor reemplazante pagado por horas porque sabes exactamente cuándo te van a pagar y cuánto te van a pagar, ahorrándote ataques al corazón al recibir nóminas por setenta y dos euros (válgame dios).También hay otras cosas que sabes, como hasta qué día dura tu contrato. E incluso tienes documentos que lo certifican. Es maravilloso.
Ser profesor es mejor que ser auxiliar porque dar clases no es como tener hipo. Las secuencias tienen continuidad, dirección y coherencia, algo imposible de lograr con alumnos a los que ves una vez cada dos semanas.
Ser auxiliar es mejor que ser profesor porque nadie va a pedirte nunca que organices un viaje de estudios.
Ser profesor es mejor que ser auxiliar porque si eres auxiliar nadie va a pedirte nunca que organices un viaje de estudios.
Ser auxiliar es mejor que ser profesor porque la gente se sorprende de lo bien que hablas francés. No de lo mal que lo hablas.
Ser profesor es mejor que ser auxiliar porque aunque tengas que echar broncas a los alumnos, aunque a veces te tomen por el pito del sereno, les tienes un aprecio sincero y generalmente correspondido. Las relaciones personales entre ellos y tú son directas, cercanas y auténticas. Y (aunque sepas que lo hacen porque son unas pelotas y porque la profesora titular los tiene al hilo y les dicta mucha teoría) cuando te suplican que no te vayas se te queda una sonrisa boba de satisfacción.
La convocatoria de auxiliares para el curso que viene acaba de publicarse. Otra vez, lamentablemente, han cerrado el campo a los que no sean filólogos o similar. Parece que siguen confundiendo a los auxiliares de conversación con profesores de lenguas.
Buena suerte a todos los que postulen. Que sepan que les envidio un poquito.
Ser profesor es mejor que ser auxiliar porque nunca vas a tener quinientos alumnos mosqueados porque aún te lías con sus nombres.
Ser auxiliar es mejor que ser profesor porque la creatividad no es una opción, es una obligación.
Ser profesor es mejor que ser auxiliar porque tras seis meses de trabajo y a un mes del final del contrato, maldita sea la creatividad.
Ser auxiliar es mejor que ser profesor porque a tu alrededor hay otros mil auxiliares jóvenes, expatriados y dinámicos, que tampoco tienen amigos cerca, que hablan francés igual de mal que tú y que se mueren por comerse el mundo.
Ser profesor es mejor que ser auxiliar porque los demás profesores se toman en serio tu aula, y no te roban sillas ni la usan como el almacén que es.
Ser auxiliar es mejor que ser profesor porque los alumnos te llegan de doce en doce como los huevos; o bien en forma de grupo completo, sonriente y atento ante la mirada del profesor titular, amenazante en un extremo de la sala.
Ser profesor es mejor que ser auxiliar porque la mirada del profesor titular, aunque él o ella no lo pretendía, te alcanzaba también a ti.
Ser auxiliar es mejor que ser profesor porque los alumnos creen que no hablas su lengua, así que no te queda otra que esforzarte por simplificar el español (y a ellos, por comprenderlo).
Ser profesor es mejor que ser auxiliar porque cuando dices que eres profesora sientes que has triunfado.
Ser auxiliar es mejor que ser profesor porque cuando dices que eres profesora te sientes vieja y acabada.
Ser profesor es mejor que ser auxiliar porque nunca va a llegar el profesor de turno y echarte abajo la actividad que habías preparado para que repartas una comprensión oral y le des al play al radiocaset.
Ser auxiliar es mejor que ser profesor reemplazante pagado por horas porque sabes exactamente cuándo te van a pagar y cuánto te van a pagar, ahorrándote ataques al corazón al recibir nóminas por setenta y dos euros (válgame dios).También hay otras cosas que sabes, como hasta qué día dura tu contrato. E incluso tienes documentos que lo certifican. Es maravilloso.
Ser profesor es mejor que ser auxiliar porque dar clases no es como tener hipo. Las secuencias tienen continuidad, dirección y coherencia, algo imposible de lograr con alumnos a los que ves una vez cada dos semanas.
Ser auxiliar es mejor que ser profesor porque nadie va a pedirte nunca que organices un viaje de estudios.
Ser profesor es mejor que ser auxiliar porque si eres auxiliar nadie va a pedirte nunca que organices un viaje de estudios.
Ser auxiliar es mejor que ser profesor porque la gente se sorprende de lo bien que hablas francés. No de lo mal que lo hablas.
Ser profesor es mejor que ser auxiliar porque aunque tengas que echar broncas a los alumnos, aunque a veces te tomen por el pito del sereno, les tienes un aprecio sincero y generalmente correspondido. Las relaciones personales entre ellos y tú son directas, cercanas y auténticas. Y (aunque sepas que lo hacen porque son unas pelotas y porque la profesora titular los tiene al hilo y les dicta mucha teoría) cuando te suplican que no te vayas se te queda una sonrisa boba de satisfacción.
La convocatoria de auxiliares para el curso que viene acaba de publicarse. Otra vez, lamentablemente, han cerrado el campo a los que no sean filólogos o similar. Parece que siguen confundiendo a los auxiliares de conversación con profesores de lenguas.
Buena suerte a todos los que postulen. Que sepan que les envidio un poquito.
viernes, 26 de abril de 2013
Épico
Cual minino de Schrödinger, ahora trabajo y no trabajo. Mi contrato aún no ha terminado, pero ya me he despedido de alumnos y profesores. Y es que han llegado las vacaciones escolares (sí, otras más), y con ellas el fin de mis días como auxiliar de conversación.
No soy capaz de encontrar adjetivos para explicar lo que ha sido este año para mí. Estuve un rato largo pensando, y todos los que se me ocurrían encajaban mal. Pensaba en "maravilloso" y lo veía escaso. "Inmejorable" parecía hueco; "emocionante", apagado. Los sonidos son tacaños a veces. Me niego a concederle a este año un rango menor que el de la leyenda, la epopeya. Ha sido un año épico.
Un año épico. Cada día de vida aquí ha sido más interesante que una semana de mi vida anterior. En actividades, en retos, en experiencias, en descubrimientos. He conocido a personas absolutamente increíbles, personas que desaparecerán a partir de mañana mismo. Verdaderos amigos, casi todos auxiliares, casi todos extranjeros. Pero en esta ciudad que es un cruce de caminos, incluso los franceses son un poco extranjeros. Todo el mundo parte. Veré a la ciudad desnudarse de caras amigas, antes de marcharme yo también. Y aunque llegue el verano, el viento será más frío.
Ser auxiliar fue un placer. En siete de mis doce horas de trabajo semanal tuve libertad para hacer más o menos lo que me diese la gana (siempre dentro del sentido común docente, por supuesto). Grupos reducidos, alumnos majísimos. Fue divertido, fue tierno, fue un buen entrenamiento. Tras varias semanas de clase comencé a desarrollar superpoderes de profesora. Sabía, por ejemplo, cuánto tiempo quedaba de clase sin necesidad de mirar el reloj. También cómo estirar o acortar la actividad para que se ajustase al tiempo disponible, medio minuto arriba o abajo. Me sentía feliz e integrada (dentro de mi estrato) en un lycée cómodo, bien diseñado y que funcionaba como un reloj.
Ha sido un año de alegría, de libertad, de independencia. Lo llamaba épico, tal vez viéndolo como un lote de pequeñas batallas. Está la conquista lingüística, la burocrática, y la locativa. Hubo conquista gastronómica, pero esa la perdí yo: la comida francesa me ha conquistado. No es el único elemento que me han conquistado, también lo ha hecho la gente. La mayor parte de las personas que he conocido son estupendas. Son majísimas, sea cual sea la relación o la cercanía: conciudadanos, vecinos, conocidos, alumnos, colegas, amigos.
¿Y ahora qué?
No soy capaz de encontrar adjetivos para explicar lo que ha sido este año para mí. Estuve un rato largo pensando, y todos los que se me ocurrían encajaban mal. Pensaba en "maravilloso" y lo veía escaso. "Inmejorable" parecía hueco; "emocionante", apagado. Los sonidos son tacaños a veces. Me niego a concederle a este año un rango menor que el de la leyenda, la epopeya. Ha sido un año épico.
Un año épico. Cada día de vida aquí ha sido más interesante que una semana de mi vida anterior. En actividades, en retos, en experiencias, en descubrimientos. He conocido a personas absolutamente increíbles, personas que desaparecerán a partir de mañana mismo. Verdaderos amigos, casi todos auxiliares, casi todos extranjeros. Pero en esta ciudad que es un cruce de caminos, incluso los franceses son un poco extranjeros. Todo el mundo parte. Veré a la ciudad desnudarse de caras amigas, antes de marcharme yo también. Y aunque llegue el verano, el viento será más frío.
Ser auxiliar fue un placer. En siete de mis doce horas de trabajo semanal tuve libertad para hacer más o menos lo que me diese la gana (siempre dentro del sentido común docente, por supuesto). Grupos reducidos, alumnos majísimos. Fue divertido, fue tierno, fue un buen entrenamiento. Tras varias semanas de clase comencé a desarrollar superpoderes de profesora. Sabía, por ejemplo, cuánto tiempo quedaba de clase sin necesidad de mirar el reloj. También cómo estirar o acortar la actividad para que se ajustase al tiempo disponible, medio minuto arriba o abajo. Me sentía feliz e integrada (dentro de mi estrato) en un lycée cómodo, bien diseñado y que funcionaba como un reloj.
Ha sido un año de alegría, de libertad, de independencia. Lo llamaba épico, tal vez viéndolo como un lote de pequeñas batallas. Está la conquista lingüística, la burocrática, y la locativa. Hubo conquista gastronómica, pero esa la perdí yo: la comida francesa me ha conquistado. No es el único elemento que me han conquistado, también lo ha hecho la gente. La mayor parte de las personas que he conocido son estupendas. Son majísimas, sea cual sea la relación o la cercanía: conciudadanos, vecinos, conocidos, alumnos, colegas, amigos.
¿Y ahora qué?
lunes, 26 de noviembre de 2012
El punto de inflexión
La misma clase es diferente si se realiza con un grupo diferente. Como ante los experimentos de laboratorio, hay que probar varias veces lo mismo para aislar lo accidental, para llegar a la esencia de la cosa. No se puede saber si una actividad es acertada o no hasta que no se prueba varias veces. Por supuesto, ni probándola varias veces se puede tener nunca una certeza sobre qué es lo que se está haciendo; así funciona la betaoperatoriedad. Pero repitiendo con distintos grupos la misma clase se llega a algo más que a conocer la actividad que se está haciendo: se llega a conocer a los alumnos (aunque no individualmente (tengo más de quinientos)).
Durante las dos últimas semanas estuve haciendo una dinámica sobre las profesiones con los alumnos de 4º de ESO. Era una de las pruebas del concurso televisivo "El que hable francés... ¡pierde!", y consistía en que los alumnos, por turnos, representasen mediante mímica profesiones (previa elección al azar). Los otros alumnos, por equipos, tenían que adivinar el nombre. Y cada vez que una persona dijese algo en francés, su equipo perdía un punto.
Normalmente, cada vez que realizo una actividad hay acciones idiográficas, que suceden en una clase y no en las demás. En una, una alumna me pregunta, con picardía, si hablar languedoccien quita también puntos (yo le digo que quita más); en otra la idea se les ocurre el alemán (yo le digo que evidentemente no quita puntos porque no merece la pena: ¡es más difícil que el español!)... En un grupo se quedan callados y concentrados para evitar equivocarse, en los otros acusan a gritos y señalando con el dedo a los equipos rivales: "¡Él hablar francés!".
Pero hay un común denominador en esta actividad, uno que se refiere a los alumnos, y es muy tierno y peculiar. Siempre, en todos los grupos, cuando aparece la profesión "rey" hay un alumno o alumna que dice, con indignación, "¡Eso no es una profesión!".
La identidad nacional está ahí. Nunca había creído seriamente en ella, pero está ahí. No en el individuo, sino en la masa. El individuo ya tiene bastante con gestionar su propia identidad como para que encima le carguemos con la otra.
En Francia hay algo que no hay en España, un aire que exhalan las banderas y el lema "Liberté, égalité, fraternité" que adornan, orgullosos, escuelas y organismos oficiales. La Marsellesa les parece horrorosa a la mayoría de los ciudadanos, pero algo de ese espíritu sigue. No deja de darme la impresión que el país corre menos el riesgo de cometer errores graves porque tiene ese sustento ideológico detrás. La Revolución forma parte de su esencia como pueblo, y renunciar a esos valores sería una traición profunda a sí mismos (lo que no implica que no lo puedan hacer, simplemente lo dificulta). El pasado hace de sustento, y así hace de impulso. Liberté, égalité, fraternité.
Ante eso está la España de charanga y pandereta. Ha habido mucho más, por supuesto, pero nada tan radical, impactante y liberador como la Revolución Francesa. Nuestros vecinos han tenido su momento clave, pero nosotros no. No hay un punto de inflexión en nuestra historia que nos impida una vuelta atrás. Por eso, aunque nuestro pasado tenga sus cosas buenas, no deja de ser un fantasma del que huir. El peligro de una recesión ideológica, de una vuelta a valores más casposos y comunitarios, nos acecha y nos acechará siempre. Avanzamos por la pendiente, pero cualquier descuido nos hará descender, maltrechos y magullados, de nuevo hasta la falda de la montaña.
Durante las dos últimas semanas estuve haciendo una dinámica sobre las profesiones con los alumnos de 4º de ESO. Era una de las pruebas del concurso televisivo "El que hable francés... ¡pierde!", y consistía en que los alumnos, por turnos, representasen mediante mímica profesiones (previa elección al azar). Los otros alumnos, por equipos, tenían que adivinar el nombre. Y cada vez que una persona dijese algo en francés, su equipo perdía un punto.
Normalmente, cada vez que realizo una actividad hay acciones idiográficas, que suceden en una clase y no en las demás. En una, una alumna me pregunta, con picardía, si hablar languedoccien quita también puntos (yo le digo que quita más); en otra la idea se les ocurre el alemán (yo le digo que evidentemente no quita puntos porque no merece la pena: ¡es más difícil que el español!)... En un grupo se quedan callados y concentrados para evitar equivocarse, en los otros acusan a gritos y señalando con el dedo a los equipos rivales: "¡Él hablar francés!".
Pero hay un común denominador en esta actividad, uno que se refiere a los alumnos, y es muy tierno y peculiar. Siempre, en todos los grupos, cuando aparece la profesión "rey" hay un alumno o alumna que dice, con indignación, "¡Eso no es una profesión!".
La identidad nacional está ahí. Nunca había creído seriamente en ella, pero está ahí. No en el individuo, sino en la masa. El individuo ya tiene bastante con gestionar su propia identidad como para que encima le carguemos con la otra.
En Francia hay algo que no hay en España, un aire que exhalan las banderas y el lema "Liberté, égalité, fraternité" que adornan, orgullosos, escuelas y organismos oficiales. La Marsellesa les parece horrorosa a la mayoría de los ciudadanos, pero algo de ese espíritu sigue. No deja de darme la impresión que el país corre menos el riesgo de cometer errores graves porque tiene ese sustento ideológico detrás. La Revolución forma parte de su esencia como pueblo, y renunciar a esos valores sería una traición profunda a sí mismos (lo que no implica que no lo puedan hacer, simplemente lo dificulta). El pasado hace de sustento, y así hace de impulso. Liberté, égalité, fraternité.
Ante eso está la España de charanga y pandereta. Ha habido mucho más, por supuesto, pero nada tan radical, impactante y liberador como la Revolución Francesa. Nuestros vecinos han tenido su momento clave, pero nosotros no. No hay un punto de inflexión en nuestra historia que nos impida una vuelta atrás. Por eso, aunque nuestro pasado tenga sus cosas buenas, no deja de ser un fantasma del que huir. El peligro de una recesión ideológica, de una vuelta a valores más casposos y comunitarios, nos acecha y nos acechará siempre. Avanzamos por la pendiente, pero cualquier descuido nos hará descender, maltrechos y magullados, de nuevo hasta la falda de la montaña.
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