Veo la película del Joker, sobre la que han corrido ríos de tinta (valga el cliché) y lo que más me llama la atención es la época. La ausencia de época.
Estamos habituados a que en el cine, cuando se nos cuente la historia de un personaje, el pasado sepa a pasado (excluyedo al género histórico, por supuesto). Que incluya modas específicas y comportamientos añejos, que esté en los sesenta, en los setenta o como tarde en los ochenta. El presente de un personaje puede ser cualquier década, pero el pasado está constreñido.
El cine ha definido lo que para él es el pasado. Y este nuevo cliché se ha convertido en su propia trampa. Lo que da verosimilitud es que el pasado se ubique allí. Pero también es lo que quita toda verosimilitud. Los años pasan y cada vez resulta menos creíble que el pasado sean los sesenta, setenta u ochenta. Si en su presente ese señor tenía un teléfono con conexión a internet, ¿cómo se come que en otra esa época fuese ya un adulto? ¿Pero qué edad se supone que tiene?
La solución es la vaguedad. Que no quede claro si son los sesenta, los setenta o los ochenta, como pasaba en esta película. La ausencia total de referentes. El puro ambiente polvoriento, a armario de casa de pueblo, a unas décadas en las que ya buena parte de la población no ha vivido. El tiempo se estira, se flexibiliza, se convierte en un filtro, o en un tipo de luz, o en un mechón de flequillo cortado en ángulo añejo. Es, a la larga, insostenible.
El año dos mil fue durante el final de los noventa el símbolo del futuro. Si algo quería ser moderno, se le bautizaba con ese número. O con el dos mil uno, para ir aún más allá. Casi veinte años después, no hemos logrado librarnos de eso. "Dos mil" nos sigue sonando a "turbo", a "ultra", a "mega"; a la promesa de algo que va rápido y está más allá, lejos, inalcanzable. A truco publicitario de lejía blanqueante, a una época impecable de paredes lisas y superficies asépticas. Cabe pensar que algún día el año dos mil pueda ser el pasado, pero aún sigue cargando el peso de su historia.
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sábado, 2 de noviembre de 2019
Madrid no existe
A mí no me engañáis, sé bien que Madrid no existe. Es una construcción ficticia hecha a retales. Emerge de los decorados de las noticias de los periódicos; de los apartados de correos de empresas gaseosas (como todas las que son grandes), de las instituciones que se escriben con mayúscula, de buena parte del cine español y la mitad de lo que muestran sus géneros menores (programas, informativos, publicidad).
Si creemos a estas voces, Madrid es el que es. Existe más que ninguna otra cosa en el mundo. Y por eso mismo existe menos, o existe raro, de una forma inquietante. Tiene sabor a distopía, o a alucinación colectiva, con una gran densidad ontológica pero que exige un acto de fe.
Cuando se vive en cualquier otro lugar del país, Madrid está siempre presente y siempre mediado. Ajeno al mundo vulgar de las provincias, no está dado a escala organoléptica. De ahí que vivir en Madrid en cuerpo, y no solo en alma (en alma siempre, a la fuerza, estamos), sea una experiencia tan extraña. Dar un paso por cualquier calle del interior de la M-30 implica tropezarse con los edificios donde se hacen las cosas que no pensamos que se hicieran en ninguna parte. Las fábricas de lo que es.
¿Cómo hemos llegado aquí, a la sede de las esencias? Tiene algo de experiencia post mortem. Y está el eslogan, por supuesto, confirmando nuestras sospechas. E intentando desmentirlas. "De Madrid al cielo", que dicen. Pero no es exageración. Es coartada.
sábado, 28 de julio de 2018
Concreto
Cuando se pide que unas oposiciones tengan un temario más concreto (que se dividan los títulos en epígrafes, que haya un temario oficial, que se sepa exactamente qué hay que decir en cada punto), se hace para intentar que el sistema sea más justo. Sería más objetivo, no lo niego. Pero dejarían fuera todo lo que todavía tiene sentido de las oposiciones.
Si el examen es un recital, desaparece la literatura, el enfoque, la mirada. Se mata al tema que se expone, se le fotocopia. Qué habilidades docentes se pueden evaluar ahí. En qué se parecería un tema de esos a dar una clase.
Se puede alegar que el temario de oposiciones ya no se parece al currículo. Hay divergencias, claro, pero (al menos en Filosofía) hay algo que queda en el fondo. Preparar el hilo de un tema es como preparar una clase magistral (que no es el único formato, pero sí que es un formato). La construcción propia, con sus lagunas y sus tanteos, sin dogmas, con una gran amplitud, es todavía posible en las oposiciones y en las clases. Es el valor de lo único frente a lo repetido hasta el hastío. De la madurez del docente, de la personalidad de las clases, del disfrute en el aula y fuera de ella. No nos hagamos esclavos de los libros de texto ni de los temarios de academias. Sigamos siendo el artista, y no el obrero alienado.
No matemos la vida en aras de la concreción. Lo que es concreto, y gris, es el cemento.
Si el examen es un recital, desaparece la literatura, el enfoque, la mirada. Se mata al tema que se expone, se le fotocopia. Qué habilidades docentes se pueden evaluar ahí. En qué se parecería un tema de esos a dar una clase.
Se puede alegar que el temario de oposiciones ya no se parece al currículo. Hay divergencias, claro, pero (al menos en Filosofía) hay algo que queda en el fondo. Preparar el hilo de un tema es como preparar una clase magistral (que no es el único formato, pero sí que es un formato). La construcción propia, con sus lagunas y sus tanteos, sin dogmas, con una gran amplitud, es todavía posible en las oposiciones y en las clases. Es el valor de lo único frente a lo repetido hasta el hastío. De la madurez del docente, de la personalidad de las clases, del disfrute en el aula y fuera de ella. No nos hagamos esclavos de los libros de texto ni de los temarios de academias. Sigamos siendo el artista, y no el obrero alienado.
No matemos la vida en aras de la concreción. Lo que es concreto, y gris, es el cemento.
viernes, 24 de noviembre de 2017
Síntesis
Ganar experiencia es pasar de imitar a ser. En los primeros meses en que di clase (aquí en España; allí, el mundo era otro) casi no hacía ningún gesto que no me supiese ajeno. Imitaba lo que había oído, lo que había sabido pero sobre todo lo que había visto. Y no solo en las actividades, sino en las frases e incluso en los gestos. A veces sorprendía en mi boca la sonrisa de ... o veía a mis manos moviéndose como las de ... o miraba a una esquina como hacía ... . Y sentía hasta el peso del cuerpo de cada uno de esos referentes, uno más grande o más pequeño, con ropa cambiante, siempre más viejo.
Dar clase es actuar, y yo intentaba emular a los mejores actores que conocía. Supongo que el discurso me quedaba mal unido, a retales, a trompicones. Igual tenía el encanto de lo desgarbado. Más tenso pero más fresco. El caso es que ahora ya casi nunca me sorprendo haciendo un gesto ajeno. Hoy me ha pasado, y casi me he llevado un susto. Parece que por fin he logrado ser yo, o tal vez he corporeizado la mezcla, me he convertido en la suma.
Dar clase es actuar, y yo intentaba emular a los mejores actores que conocía. Supongo que el discurso me quedaba mal unido, a retales, a trompicones. Igual tenía el encanto de lo desgarbado. Más tenso pero más fresco. El caso es que ahora ya casi nunca me sorprendo haciendo un gesto ajeno. Hoy me ha pasado, y casi me he llevado un susto. Parece que por fin he logrado ser yo, o tal vez he corporeizado la mezcla, me he convertido en la suma.
miércoles, 13 de septiembre de 2017
Enfoque
Ya es casi un tópico decir que la docencia recoge todas las profesiones: desde payaso hasta psicólogo pasando por contable. El alegato suele encerrar amargura. Es plañidero contra una sociedad que no nos aprecia en su justa medida, nosotros que somos tanto, a diferencia de todas las otras profesiones del mundo, tan comedidas y limitadas. O, lo que es casi peor, lamenta esa variedad, suplica que nos quiten todas esas pústulas que manchan nuestra tersa piel de enseñantes puros. Animador sociocultural, yo, que me doctoré en la semiótica del cultivo de la patata hidrófoba en el siglo II.
Es un tópico decir que la docencia recoge todas las profesiones, pero hasta ahora no le he leído a nadie que con la docencia puedes escoger tu profesión. Puedes ser el capataz, el arquitecto o el poeta. El contador de guisantes o el obrero alienado. El relaciones públicas, el diseñador gráfico o el reportero de guerra. Y más. Y todo. Al menos, si la materia que impartes es filosofía.
El enfoque es personal y funciona como el de las cámaras. Nuestra cámara es perspectivista y a cada uno le enfoca a una distancia diferente. Pero podemos traicionar a nuestra subprofesión con otra para mostrar otros planos. Y jugar, como jugamos con el objetivo, aunque con los objetivos no nos dejen jugar, ni con los criterios, ni con los estándares. Podemos mezclarla con otra subprofesión, porque los enfoques híbridos suelen salir más sanos, como los perros que no son de raza; podemos contar guisantes por una vez, a ver cuántos salen, o atrevernos a asomar la nariz por la puerta de la calle
Hay dos grandes familias de subprofesiones: las que quieren decidir qué se hace y las que quieren que les digan qué hacer. Las del primer tipo quieren poder y control, y para crear un mundo bueno y estable son capaces de dedicarle más energía y horas de trabajo de lo que les corresponde. Las del segundo tipo quieren tranquilidad, tienen un puntito inseguro y rechazan las responsabilidades. Se pueden hibridar subprofesiones, pero el cambio de familia es más complicado. Al teleobjetivo no le importan los paisajes.
lunes, 31 de julio de 2017
De la creación de materiales didácticos como una de las bellas artes
Hay textos maravillosos por ahí sueltos. Y viñetas, y vídeos, y fotografías. Se esconden mal, siempre asoman las orejas, o una pezuña. Es muy fácil capturarlos.
Dicen que para escribir una novela hay que planificar las tramas y las subtramas. Luego, dividirla en escenas. Acto seguido, escribir las escenas. Por último, jugar con ellas: cambiarlas de orden, de enfoque, de voz, añadir unas, suprimir otras. Preparar clases es como escribir novelas, excepto en los tres primeros pasos. La trama y las subtramas vienen dadas. Las escenas están escritas. Nos queda el juego, la concatenación, la mirada. El hilo, el relato, al fin y al cabo.
Ninguna trama es un hilo (¡la trama! ¡Como las telas!), pero para transmitirla hay que hilarla. Con la Filosofía pasa lo mismo: ella tampoco es lineal, pero el curso escolar sí que lo es (¡el curso! ¡Como los ríos!).El tiempo impone la rueca.
Dicen que las escenas de una novela son como cuentas de un collar y que escribir la obra es decidir qué bolas se ensartan en el hilo, y en qué orden. La Filosofía tiene una trama que va más allá de la de cualquier novela, abarca los infinitos mundos posibles, aquello de lo que se puede hablar y de lo que es mejor callarse. Hay miles de escenas escritas, y más, y todas, cualquier pedazo del mundo es una escena en potencia. Por eso la etapa del juego es tan divertida: el collar no es único, y cada combinación muestra lo otro que al mismo tiempo es lo mismo. La realidad de siempre bajo una nueva mirada.
La Historia de la Filosofía ya nos viene jugada: el tiempo ya la ha hilado, le ha quitado el encanto. La Filosofía sin apellidos es una obra abierta, lo vemos con cada nuevo material didáctico.
Sustituir un material no implica que no nos guste. Unas veces nos gusta tanto que ya lo hemos utilizado en un curso inferior. Otras, nos gustaba hasta que nos dio una coz en el estómago y mordió a seis alumnos. El caso es que cada nuevo material modifica el hilo de la unidad didáctica en la que se inserta o se ensarta. Guiamos el relato, sabemos qué queremos decir, pero siempre se nos escapa un poco de las manos, y lo que estaba en la sombra sale a la luz, y brilla, y el collar está hecho de piedras preciosas.
Dicen que para escribir una novela hay que planificar las tramas y las subtramas. Luego, dividirla en escenas. Acto seguido, escribir las escenas. Por último, jugar con ellas: cambiarlas de orden, de enfoque, de voz, añadir unas, suprimir otras. Preparar clases es como escribir novelas, excepto en los tres primeros pasos. La trama y las subtramas vienen dadas. Las escenas están escritas. Nos queda el juego, la concatenación, la mirada. El hilo, el relato, al fin y al cabo.
Ninguna trama es un hilo (¡la trama! ¡Como las telas!), pero para transmitirla hay que hilarla. Con la Filosofía pasa lo mismo: ella tampoco es lineal, pero el curso escolar sí que lo es (¡el curso! ¡Como los ríos!).El tiempo impone la rueca.
Dicen que las escenas de una novela son como cuentas de un collar y que escribir la obra es decidir qué bolas se ensartan en el hilo, y en qué orden. La Filosofía tiene una trama que va más allá de la de cualquier novela, abarca los infinitos mundos posibles, aquello de lo que se puede hablar y de lo que es mejor callarse. Hay miles de escenas escritas, y más, y todas, cualquier pedazo del mundo es una escena en potencia. Por eso la etapa del juego es tan divertida: el collar no es único, y cada combinación muestra lo otro que al mismo tiempo es lo mismo. La realidad de siempre bajo una nueva mirada.
La Historia de la Filosofía ya nos viene jugada: el tiempo ya la ha hilado, le ha quitado el encanto. La Filosofía sin apellidos es una obra abierta, lo vemos con cada nuevo material didáctico.
Sustituir un material no implica que no nos guste. Unas veces nos gusta tanto que ya lo hemos utilizado en un curso inferior. Otras, nos gustaba hasta que nos dio una coz en el estómago y mordió a seis alumnos. El caso es que cada nuevo material modifica el hilo de la unidad didáctica en la que se inserta o se ensarta. Guiamos el relato, sabemos qué queremos decir, pero siempre se nos escapa un poco de las manos, y lo que estaba en la sombra sale a la luz, y brilla, y el collar está hecho de piedras preciosas.
domingo, 5 de febrero de 2017
Ciencia inventada
"La etimología es una ciencia maravillosa, casi toda inventada", dijo una vez uno de mis profesores de la facultad. Es difícil resistirse a olisquear el lenguaje para intentar saber de dónde viene. Los filólogos olisquearán de manera rigurosa. Pero los resultados del lego, sin ser científicos, no dejan de tener valor poético.
Ayer, viendo una película francesa, me quedé enganchada en una expresión. Y al pensarla en español me quedé más enganchada aún. "Hace veinte años", "Il y a vingt ans". En castellano los años desfilan uno tras otro con sus pies de años, y con sus manos de años no dejan de crear. La distancia temporal es activa, no pasiva, nada vuelve a ser lo mismo. Los años hacen. En francés, años los hay, se acumulan, se sedimentan. Tenemos montañas de años, tocables, visibles, podemos tropezarnos con ellas. Los años franceses no actúan pero se han quedado ahí, no los podemos barrer, no los podemos eludir.
En uno y otro idioma parece que solo se dieron cuenta de tenemos que expresar distancia temporal tras haber construido todo el léxico. Demasiado tarde. Nos hemos quedado sin verbos para expresar esta idea. Tendremos que reutilizar alguno de los que ya tenemos. A ver cuál se acerca más. Y así es como los verbos acaban desempeñando funciones por afines, igual que doy yo clase de Geografía e Historia.
Ayer, viendo una película francesa, me quedé enganchada en una expresión. Y al pensarla en español me quedé más enganchada aún. "Hace veinte años", "Il y a vingt ans". En castellano los años desfilan uno tras otro con sus pies de años, y con sus manos de años no dejan de crear. La distancia temporal es activa, no pasiva, nada vuelve a ser lo mismo. Los años hacen. En francés, años los hay, se acumulan, se sedimentan. Tenemos montañas de años, tocables, visibles, podemos tropezarnos con ellas. Los años franceses no actúan pero se han quedado ahí, no los podemos barrer, no los podemos eludir.
En uno y otro idioma parece que solo se dieron cuenta de tenemos que expresar distancia temporal tras haber construido todo el léxico. Demasiado tarde. Nos hemos quedado sin verbos para expresar esta idea. Tendremos que reutilizar alguno de los que ya tenemos. A ver cuál se acerca más. Y así es como los verbos acaban desempeñando funciones por afines, igual que doy yo clase de Geografía e Historia.
martes, 24 de enero de 2017
Geoestrategia
La materia empuja. Ya he hablado de cómo los muros impedían la comunicación entre departamentos en mi instituto del curso pasado. En el que estoy ahora falta espacio en los departamentos y en la sala. Y menos mal. La proximidad física hace inevitable el contacto, así que hablamos, y acabamos conociéndonos tanto en lo humano como en lo profesional. El ambiente es más cálido, más distendido, más animado. Sabemos quién es quién, sabemos más o menos qué está dando, nos enteramos de la mayoría de las cosas que pasan. Y somos el mismo tipo de personas que en el instituto del año pasado. Si aquí somos más bien una comunidad y allí éramos un agregado de individuos, ni el mérito ni la culpa son nuestros, sino de la materia.
En el aula ocurre lo mismo. Hay espacios donde veinticinco alumnos agobian, otros donde treinta parecen veinte, otros donde quince alumnos provocan la tristeza de la escasez. El espacio permite unas maneras de trabajar e impide otras. Actúa de manera evidente pero también con sigilo: si sus mesas no están distribuidas de manera clara y geométrica, los alumnos de primero de ESO van a acumular malestar y se van a poner insoportables.
La materia empuja, pero a la materia también se la empuja. El profesor tiene potestad para cambiar a los alumnos de sitio. Es un poder impresionante porque ningún cambio es baladí. Lo que está en juego no es solo que un alumno atienda más o hable menos. Está en juego todo su futuro. El compañero de al lado acabará siendo su imitador o su ídolo. Su enemigo o su amante. Será otro y le convertirá en otro. Cambiar a alguien de sitio es hurgar en su futuro y en el de mucha más gente de una manera impredecible e irreversible. Todo acto educativo condiciona, pero este lo hace en profundidad y sigue actuando mucho después de que el profesor se vaya del aula. La materia es tozuda.
En el aula ocurre lo mismo. Hay espacios donde veinticinco alumnos agobian, otros donde treinta parecen veinte, otros donde quince alumnos provocan la tristeza de la escasez. El espacio permite unas maneras de trabajar e impide otras. Actúa de manera evidente pero también con sigilo: si sus mesas no están distribuidas de manera clara y geométrica, los alumnos de primero de ESO van a acumular malestar y se van a poner insoportables.
La materia empuja, pero a la materia también se la empuja. El profesor tiene potestad para cambiar a los alumnos de sitio. Es un poder impresionante porque ningún cambio es baladí. Lo que está en juego no es solo que un alumno atienda más o hable menos. Está en juego todo su futuro. El compañero de al lado acabará siendo su imitador o su ídolo. Su enemigo o su amante. Será otro y le convertirá en otro. Cambiar a alguien de sitio es hurgar en su futuro y en el de mucha más gente de una manera impredecible e irreversible. Todo acto educativo condiciona, pero este lo hace en profundidad y sigue actuando mucho después de que el profesor se vaya del aula. La materia es tozuda.
jueves, 14 de enero de 2016
La be delatora
El lenguaje muestra, el lenguaje oculta. Ondea, se escurre, se filtra, chorrea.
Hasta que no tuve que escribirlo en francés, no me di cuenta. Les susbstantifs, los sustantivos, se escriben con la be metafísica, esa be delatora. Desde el momento en que a una palabra se le escapa la be, su genealogía se hace evidente. Los sustantivos son los que tienen sustancia, los que tienen substancia.
A través de esta puerta entramos todos, queramos o no, en una ontología barroca donde todas las cosas "son" por el mero hecho de ser llamadas. El unicornio es. Lo terrorífico es que el lenguaje, con sus malditas bes, nos hace llegar más y más lejos. Porque una cosa es afirmar la existencia de las ligeras esencias y otra muy distinta predicarla de las pesadas substancias. El unicornio tiene sustancia, su nombre la anuncia. A este paso, vamos a acabar alimentándolo.
Hasta que no tuve que escribirlo en francés, no me di cuenta. Les susbstantifs, los sustantivos, se escriben con la be metafísica, esa be delatora. Desde el momento en que a una palabra se le escapa la be, su genealogía se hace evidente. Los sustantivos son los que tienen sustancia, los que tienen substancia.
A través de esta puerta entramos todos, queramos o no, en una ontología barroca donde todas las cosas "son" por el mero hecho de ser llamadas. El unicornio es. Lo terrorífico es que el lenguaje, con sus malditas bes, nos hace llegar más y más lejos. Porque una cosa es afirmar la existencia de las ligeras esencias y otra muy distinta predicarla de las pesadas substancias. El unicornio tiene sustancia, su nombre la anuncia. A este paso, vamos a acabar alimentándolo.
viernes, 8 de enero de 2016
La experiencia
Parece que van a cambiar los criterios de ordenación de la lista de interinos en la que estoy. En los foros de interinos el ambiente está caldeado: algunos veteranos acusan a los novatos de defender el baremos actual para seguir aprovechándose de un sistema que les permite quitar el puesto a los profesionales que estaban antes, de ser unos engreídos que creen que por tener buena nota en la oposición y en los méritos están mejor cualificados que los que tienen experiencia.
Nota de oposición, méritos, experiencia. La santísima trinidad interina. El quid sería descubrir en qué medida (oh dios mío, no me logro librar de esta formulación) cada uno de estos tres factores participa en la composición del docente ideal. Pero tal descubrimiento es imposible. La nota de oposición está sometida a los vaivenes de la fortuna (el tema que sale, el tribunal...). Los méritos son méritos según y cómo (¿tocar el piano me hace ser mejor profesora de ética?). La experiencia a veces ni es la madre de la ciencia ni la conoce de vista (que levante la mano quien no sepa de un profesor gris, obtuso y soporífero que lleve años calentando el asiento).
Como no se puede saber de qué materiales está hecho el buen profesor, la ponderación de los criterios se convierte en un asunto cortesano y repugnante, en el que los que mejor conocen el sistema y los que más tienen que perder son los que más presión hacen. Es decir, los que llevan media vida en la interinidad y no tienen ganas de estudiar por enésima vez unas oposiciones (pereza comprensible, dicho sea de paso) ni de perder el tiempo formándose (pereza vergonzosa, dicho sea de paso). Ellos canalizan sus intereses hacia los sindicatos, y desde su trono en el baremo la experiencia se infla, engorda, se hace orgullosa y acomodaticia, mira a los otros factores por encima del hombro. Porque ella sí que sabe. Porque ella sí que vale.
¿Queremos dar peso a la experiencia? Muy bien, demos peso a la experiencia real. Más que los años, que pasan sin pena ni gloria, demos valor al desempeño en centros complicados, a los proyectos, a los grupos de trabajo, a las publicaciones. Hagamos que lo que cuente sea moverse, no meramente estar ahí. Es verdad, ya la palabra "experiencia" parece apuntar más a la pasión que a la acción, pero lo que cada cual padezca depende también de los berenjenales donde decida meterse. Lo mejor de todo es que, con esta nueva valoración, los interinos veteranos no deberían quejarse, porque estos bonus solo son accesibles a los ya iniciados y solo se pueden acumular muchos tras muchos años en el cuerpo.
Pronto veremos el nuevo baremo. Mientras tanto, en el sofá y de vacaciones, sigo acumulando esa experiencia salvífica que me acerca cada vez más al reino de los bienaventurados.
Nota de oposición, méritos, experiencia. La santísima trinidad interina. El quid sería descubrir en qué medida (oh dios mío, no me logro librar de esta formulación) cada uno de estos tres factores participa en la composición del docente ideal. Pero tal descubrimiento es imposible. La nota de oposición está sometida a los vaivenes de la fortuna (el tema que sale, el tribunal...). Los méritos son méritos según y cómo (¿tocar el piano me hace ser mejor profesora de ética?). La experiencia a veces ni es la madre de la ciencia ni la conoce de vista (que levante la mano quien no sepa de un profesor gris, obtuso y soporífero que lleve años calentando el asiento).
Como no se puede saber de qué materiales está hecho el buen profesor, la ponderación de los criterios se convierte en un asunto cortesano y repugnante, en el que los que mejor conocen el sistema y los que más tienen que perder son los que más presión hacen. Es decir, los que llevan media vida en la interinidad y no tienen ganas de estudiar por enésima vez unas oposiciones (pereza comprensible, dicho sea de paso) ni de perder el tiempo formándose (pereza vergonzosa, dicho sea de paso). Ellos canalizan sus intereses hacia los sindicatos, y desde su trono en el baremo la experiencia se infla, engorda, se hace orgullosa y acomodaticia, mira a los otros factores por encima del hombro. Porque ella sí que sabe. Porque ella sí que vale.
¿Queremos dar peso a la experiencia? Muy bien, demos peso a la experiencia real. Más que los años, que pasan sin pena ni gloria, demos valor al desempeño en centros complicados, a los proyectos, a los grupos de trabajo, a las publicaciones. Hagamos que lo que cuente sea moverse, no meramente estar ahí. Es verdad, ya la palabra "experiencia" parece apuntar más a la pasión que a la acción, pero lo que cada cual padezca depende también de los berenjenales donde decida meterse. Lo mejor de todo es que, con esta nueva valoración, los interinos veteranos no deberían quejarse, porque estos bonus solo son accesibles a los ya iniciados y solo se pueden acumular muchos tras muchos años en el cuerpo.
Pronto veremos el nuevo baremo. Mientras tanto, en el sofá y de vacaciones, sigo acumulando esa experiencia salvífica que me acerca cada vez más al reino de los bienaventurados.
jueves, 17 de septiembre de 2015
Compulsas compulsivas
Las fotocopias compulsadas siempre me han parecido un misterio arcaico, una paradoja a la que nadie quiere mirar. Se compulsa para probar que la copia es idéntica al original, aunque es evidente que si se compulsa es porque la copia difiere (si no, la haríamos pasar por él). Luego está el problema del estatus burontologico de la copia compulsada. Por obra y milagros de una mancha de tinta se ha convertido en un clon perfecto del original sin dejar de ser una imagen degenerada. Ahora vale lo mismo, pero nunca dejará de valer infinitamente menos. Lo sustituye en ese momento, marchitándose enseguida y muriendo sin descendencia. No se aceptan fotocopias compulsadas de fotocopias compulsadas. Es una pena: sería interesante asomarse a ese abismo de fotocopias infinitas, de pérdidas y garantías jerárquicas y lineales.
Una amiga mía, alemana para más señas, pidió hace unos años que le compulsasen una fotocopia del título de su carrera para poder hacer un papeleo en Francia. El funcionario alemán, tras imprimir la compulsa en la fotocopia, quedó pensativo. "Esto que he hecho debería ser suficiente. Pero por si acaso vete a esta oficina" dijo, mientras escribía las señas en un papel. En aquella oficina plasmaron otro cuño sobre la fotocopia para dar fe de la autenticidad del primero y, de propina, uno sobre el título original. Aquel funcionario tenía un estatus más elevado que el de antes pero idéntica preocupación. "Para estar bien seguros yo iría a esta dirección"- aconsejó, dándole una nueva hoja. Tras seguir las indicaciones, ella llegó al despacho de un tercer funcionario, más excelso que los anteriores, que estampó un texto y una engolada rúbrica en el diploma y la fotocopia, garantizando así la validez del segundo cuño. Mi amiga estaba cada vez más preocupada. No podía dejar de pensar que tal vez hiciese falta la garantía de un cuarto funcionario, porque si no ¿quién podía tener la certeza de que el tercero era veraz? Entre tanto, manchado de tinta de diversa procedencia, el título, el original, el inmaculado, el etéreo, palidecía. Los aditamentos destinados a acreditar su valor lo habían puesto en entredicho. Ya nada volvería a ser como antes.
Una amiga mía, alemana para más señas, pidió hace unos años que le compulsasen una fotocopia del título de su carrera para poder hacer un papeleo en Francia. El funcionario alemán, tras imprimir la compulsa en la fotocopia, quedó pensativo. "Esto que he hecho debería ser suficiente. Pero por si acaso vete a esta oficina" dijo, mientras escribía las señas en un papel. En aquella oficina plasmaron otro cuño sobre la fotocopia para dar fe de la autenticidad del primero y, de propina, uno sobre el título original. Aquel funcionario tenía un estatus más elevado que el de antes pero idéntica preocupación. "Para estar bien seguros yo iría a esta dirección"- aconsejó, dándole una nueva hoja. Tras seguir las indicaciones, ella llegó al despacho de un tercer funcionario, más excelso que los anteriores, que estampó un texto y una engolada rúbrica en el diploma y la fotocopia, garantizando así la validez del segundo cuño. Mi amiga estaba cada vez más preocupada. No podía dejar de pensar que tal vez hiciese falta la garantía de un cuarto funcionario, porque si no ¿quién podía tener la certeza de que el tercero era veraz? Entre tanto, manchado de tinta de diversa procedencia, el título, el original, el inmaculado, el etéreo, palidecía. Los aditamentos destinados a acreditar su valor lo habían puesto en entredicho. Ya nada volvería a ser como antes.
viernes, 14 de agosto de 2015
W
A veces es imposible evitar la sensación de que nos
alimentamos de horas de trabajo ajenas. Que cuando leemos un libro o vemos una película,
escuchamos una charla o miramos un bote de champú estamos absorbiendo el tiempo y el esfuerzo
dedicados a imaginarlos, a planificarlos, a crearlos y a perfilarlos.
Claro que por el camino la energía adelgaza: los meses de
trabajo se convierten en segundos, en minutos, o como mucho en horas de disfrute
por parte del usuario. Pero aunque este sólo reciba una parte mínima del
trabajo creativo, la intensidad de esa parte puede ser enorme. Además,
multiplicando los espectadores podemos recuperar el tiempo invertido, e incluso
sobrepasarlo. Podemos luchar contra la futilidad del trabajo, evitar que la
energía se disipe, conservarla y multiplicarla dentro del sistema.
Lo siento,
entropía, hemos ganado.
viernes, 10 de julio de 2015
Madrid, ese mito
Madrid es para la mayoría de los españoles un ente abstracto y lejano, conocido por fuentes secundarias. Sabemos que allí no hay playa, que hay que mirar la Puerta de Alcalá y que tras Tirso de Molina están Sol, Gran Vía y Tribunal. Las referencias a Madrid están por todas partes; Madrid, por ninguna. Así, la capital se va perfilando como ese lugar mítico donde están las sedes de aquello en cuya sede no solemos pensar, donde pasan las cosas que nunca pasan aquí.
Si no se visita Madrid muy a menudo, sorprende que sea terrenal y abarcable. Que esos sitios de los que tanto se ha oído hablar no sean más emocionantes que la Plaza de la Escandalera. El colmo del desengaño llega cuando se enciende una televisión y se pone cualquier cadena nacional: en el momento en que empiezan a hablar sobre Madrid (y no hay que esperar mucho para que esto pase), lo poco que quedaba de aura desaparece. Esos sitios de los que están hablando los pisaste esta mañana. Antes pertenecían a otro mundo, ahora son vulgares.
La cadena nacional se convierte en local. España se reduce, todo está a la vista y es de una simplicidad abrumadora. Es el triunfo de lo mundano. Al final el mundo acaba siendo un barrio lleno de vecinas en bata y zapatillas.
Si no se visita Madrid muy a menudo, sorprende que sea terrenal y abarcable. Que esos sitios de los que tanto se ha oído hablar no sean más emocionantes que la Plaza de la Escandalera. El colmo del desengaño llega cuando se enciende una televisión y se pone cualquier cadena nacional: en el momento en que empiezan a hablar sobre Madrid (y no hay que esperar mucho para que esto pase), lo poco que quedaba de aura desaparece. Esos sitios de los que están hablando los pisaste esta mañana. Antes pertenecían a otro mundo, ahora son vulgares.
La cadena nacional se convierte en local. España se reduce, todo está a la vista y es de una simplicidad abrumadora. Es el triunfo de lo mundano. Al final el mundo acaba siendo un barrio lleno de vecinas en bata y zapatillas.
domingo, 5 de julio de 2015
El hilo del discurso
Si a veces perdemos el hilo del discurso es porque el discurso es un
hilo. Una concatenación de puntos, que son sílabas, o palabras, o
frases, o ideas. Un punto tras otro, todos en fila india.
Por eso, un discurso nunca puede dar cuenta de la realidad, ni siquiera del pensamiento. Los conceptos no se relacionan solamente con el de delante y el de detrás. Cada idea remite a muchas, o a todas, si nos ponemos leibnizianos. La estructura de realidad y pensamiento no es lineal; como mínimo, es plana. Para hablarla hay que hilarla, apretando y enroscando los conceptos en búsqueda de la máxima delgadez. Hilar fino no es aquí sinónimo de perfección. Todo lo contrario.
Pero no todas las ideas van a parar al discurso, y por eso tal vez la imagen del hilado no sea la más adecuada, Haríamos mejor pensando en caminos que se recorren en el plano. El recorrido, que es el hilo de lo que decimos, va creando dibujos en el terreno. La belleza de esos dibujos es lo que realmente convence y conquista al oyente. El epos vive allí. Las líneas cerradas tienen un encanto especial, y también las simetrías.
La clave está en tener en mente la orografía del terreno, que es teóricamente una en el mundo pero es siempre múltiple en las mentes. Que nos viene dada pero que vamos creando en cada discurso. Al final la geometría seduce al terreno, el suelo se estremece bajo los pies y toda palabra es palabra creadora. Por eso, aunque sólo sea un punto diminuto en mitad de un hilo inmenso, el verbo se hace carne, se hace barro o se hace polvo.Y el éxito de la operación depende de la habilidad con que se dicen las palabras mágicas.
Este texto es un buen ejemplo. ¿Qué ha sido ese salto de cambiar de metáfora? Estamos habituándonos a que el discurso sea hilo y luego de pronto resulta ser camino. Un esquema errante, una falta total de simetría y elegancia, coronada para más inri por el manido recurso a lo bíblico. Vueltas y más vueltas que acaban llevando a un lugar común. Una horterada.
Por eso, un discurso nunca puede dar cuenta de la realidad, ni siquiera del pensamiento. Los conceptos no se relacionan solamente con el de delante y el de detrás. Cada idea remite a muchas, o a todas, si nos ponemos leibnizianos. La estructura de realidad y pensamiento no es lineal; como mínimo, es plana. Para hablarla hay que hilarla, apretando y enroscando los conceptos en búsqueda de la máxima delgadez. Hilar fino no es aquí sinónimo de perfección. Todo lo contrario.
Pero no todas las ideas van a parar al discurso, y por eso tal vez la imagen del hilado no sea la más adecuada, Haríamos mejor pensando en caminos que se recorren en el plano. El recorrido, que es el hilo de lo que decimos, va creando dibujos en el terreno. La belleza de esos dibujos es lo que realmente convence y conquista al oyente. El epos vive allí. Las líneas cerradas tienen un encanto especial, y también las simetrías.
La clave está en tener en mente la orografía del terreno, que es teóricamente una en el mundo pero es siempre múltiple en las mentes. Que nos viene dada pero que vamos creando en cada discurso. Al final la geometría seduce al terreno, el suelo se estremece bajo los pies y toda palabra es palabra creadora. Por eso, aunque sólo sea un punto diminuto en mitad de un hilo inmenso, el verbo se hace carne, se hace barro o se hace polvo.Y el éxito de la operación depende de la habilidad con que se dicen las palabras mágicas.
Este texto es un buen ejemplo. ¿Qué ha sido ese salto de cambiar de metáfora? Estamos habituándonos a que el discurso sea hilo y luego de pronto resulta ser camino. Un esquema errante, una falta total de simetría y elegancia, coronada para más inri por el manido recurso a lo bíblico. Vueltas y más vueltas que acaban llevando a un lugar común. Una horterada.
viernes, 29 de mayo de 2015
La máquina de recitar leyes
En la biblioteca me encuentro con un amigo que está preparando las
oposiciones para juez. Me confirma que son unas oposiciones durísimas:
aunque lleva dos años dedicándose a ellas, es como si acabase de empezar. La gente suele
aprobarlas tras cinco, seis, siete años de estudio. Más, incluso. Lustro
y pico dedicado a mirar letras escritas en un papel, a almacenar frases en la memoria con la mayor precisión. Años y años viendo desde fuera cómo se pasa la vida, sin ninguna actividad ni
horizonte más allá de estudiar.
Miro mis apuntes sobre Ortega y Gasset pero no me concentro. Las oposiciones vecinas me horrorizan y me fascinan. De repente, mientras contemplo un esquema, todo cobra sentido. Ya lo entiendo. Las leyes que aprenden los opositores a juez son lo de menos. Dan igual. Podrían ser letras al azar, números de teléfono o decimales de pi. Lo que hace que los candidatos sean aptos para el puesto son los años de renuncia, la ascética purificación, la negación de la vida. Lo que tiene valor es que el humano se haya convertido en máquina.
La justicia debe ser imparcial, desapasionada, impoluta; y los jueces tienen que serlo también para poder contemplarla. Deben convertirse en el sujeto trascendental, portador de la razón pura. ¿El precio a pagar? La amputación del vitalismo.
Miro mis apuntes sobre Ortega y Gasset pero no me concentro. Las oposiciones vecinas me horrorizan y me fascinan. De repente, mientras contemplo un esquema, todo cobra sentido. Ya lo entiendo. Las leyes que aprenden los opositores a juez son lo de menos. Dan igual. Podrían ser letras al azar, números de teléfono o decimales de pi. Lo que hace que los candidatos sean aptos para el puesto son los años de renuncia, la ascética purificación, la negación de la vida. Lo que tiene valor es que el humano se haya convertido en máquina.
La justicia debe ser imparcial, desapasionada, impoluta; y los jueces tienen que serlo también para poder contemplarla. Deben convertirse en el sujeto trascendental, portador de la razón pura. ¿El precio a pagar? La amputación del vitalismo.
miércoles, 20 de mayo de 2015
Bibliobiografía
Me encanta leer un artículo y encontrarme al final con una lista que no solo incluye los libros que el autor leyó para documentarse, sino muchos más, a veces pertenecientes a campos tan distintos y distantes que no pueden haber aportado gran cosa. Libros que como máximo han aliñado la cosmovisión del autor, que a lo sumo le han aportado matices de caracter general. Libros que a él le han sabido a mucho, pero de los que en su artículo no queda nada. Ni trazas.
Aunque yo qué sé, tal vez ha hecho bien, o incluso se ha quedado corto. Para ser completa la bibliografía debería incluir cada libro o artículo que el autor ha leído en su vida. No vamos a permitir que sea él el que haga la criba de sus verdaderas referencias. Metamos también las obras literarias. Y todos los demás textos, ese programa electoral que leyó en un panfleto, los ingredientes de las madalenas, el prospecto de aquella medicina. No olvidemos lo audiovisual: películas, series, anuncios. Incluyamos cada manifestación cultural, cada palabra, cada paso, cada gesto, cada mirada. Incluso las miradas que no se han lanzado, las palabras que no se han dicho, los libros que no se han leído deben señalarse, pues ellos sentencian igualmente el resultado final.
Todo, hay que incluirlo todo, absolutamente todo. Menos, sería plagio.
Aunque yo qué sé, tal vez ha hecho bien, o incluso se ha quedado corto. Para ser completa la bibliografía debería incluir cada libro o artículo que el autor ha leído en su vida. No vamos a permitir que sea él el que haga la criba de sus verdaderas referencias. Metamos también las obras literarias. Y todos los demás textos, ese programa electoral que leyó en un panfleto, los ingredientes de las madalenas, el prospecto de aquella medicina. No olvidemos lo audiovisual: películas, series, anuncios. Incluyamos cada manifestación cultural, cada palabra, cada paso, cada gesto, cada mirada. Incluso las miradas que no se han lanzado, las palabras que no se han dicho, los libros que no se han leído deben señalarse, pues ellos sentencian igualmente el resultado final.
Todo, hay que incluirlo todo, absolutamente todo. Menos, sería plagio.
martes, 5 de mayo de 2015
Divino tesoro
Hace como diez años leí en una revista que la juventud era un periodo cada vez más largo, y que a nivel europeo (para políticas de juventud) se consideraba que se era joven hasta los treinta y cinco. Me pareció un poco exagerado, pero no le di más vueltas y me quedé con la cifra como referencia.
Hace como cuatro meses, dando clase en el equivalente a primero de Bachillerato apareció la palabra joven. Para asegurarme de que la entendían pedí a uno de los alumnos que explicase lo que significaba. Dijo que un joven era una persona que tenía entre quince y dieciocho años. Yo me atraganté como alguien a quien aplasta de pronto todo el peso de la ley. "¡¿Hasta los dieciocho?!" pregunté. "Madame, mais cela ne veut pas dire "jeune"?". "Sí, claro que significa "jeune". Pero ¿sólo somos jóvenes hasta los dieciocho años?". "Bon, peut-être... Veinte. ¡No más!"
La semana pasada mis amigas de aquí, que tienen mi edad, se pusieron a hablar de la juventud. Una de ellas dictaminó que se era joven hasta los cuarenta años. "¡¿Hasta los cuarenta?!" pregunté, otra vez atragantada, y me vino a la cabeza la irónica expresión castellana ¿no me le quitas nada?. Mis amigas tenían argumentos, aunque eran un poco peculiares. "A ver, fíjate que nosotras ya estamos cerca de los treinta", me dijeron, como si pudiésemos alisarnos las arrugas a golpe de diccionario o como si dejar de ser jóvenes fuese algo que sólo les pasase a otros.
Para qué negarlo, aceptar su redefinición me beneficiaba. Me daba trece años más de locura y libertad sin remordimientos. Cuando ya estaba a punto de entregarles mi alma, una de mis amigas resumió su tesis general: "Hasta los cuarenta se es joven y, luego ya, se es adulto".
Qué pesadilla. Francia me impide aceptar esos conjuntos disjuntos: allí un joven es un jeune homme y una joven es una jeune femme, y los franceses (excepto mis alumnos, que eran un poco surrealistas) utilizaban esos términos para hablar de alguien de entre diecisiete y treinta años, más o menos. Ser adulto no impide ser joven y, afortunadamente, ser joven no impide ser adulto. De hecho, para ser joven hace falta ser adulto porque, si no, se es ado, un adolescence. Hormonas por todas partes, poca responsabilidad, negociar a qué hora se llega a casa y decir con quién se sale... ese tipo de cosas. Un individuo bajo control por su propio bien, para que no se haga daño hasta que aprenda a vivir.
Cada edad quiere tener a la juventud en exclusiva, pero de poco nos vale la juventud si por preservarnos nos infantiliza. Y de menos si nos esclaviza, si cuando por fin tengamos que franquear sus límites nos hace sentir viejos y acabados. Maldita sea la juventud si ostenta privilegios, si cuando se termina algo tiene que dejar de hacerse porque ya no procede. Al cuerno las etapas. A partir de los dieciocho se es adulto y punto. Todo lo demás, meros adjetivos.
Hace como cuatro meses, dando clase en el equivalente a primero de Bachillerato apareció la palabra joven. Para asegurarme de que la entendían pedí a uno de los alumnos que explicase lo que significaba. Dijo que un joven era una persona que tenía entre quince y dieciocho años. Yo me atraganté como alguien a quien aplasta de pronto todo el peso de la ley. "¡¿Hasta los dieciocho?!" pregunté. "Madame, mais cela ne veut pas dire "jeune"?". "Sí, claro que significa "jeune". Pero ¿sólo somos jóvenes hasta los dieciocho años?". "Bon, peut-être... Veinte. ¡No más!"
La semana pasada mis amigas de aquí, que tienen mi edad, se pusieron a hablar de la juventud. Una de ellas dictaminó que se era joven hasta los cuarenta años. "¡¿Hasta los cuarenta?!" pregunté, otra vez atragantada, y me vino a la cabeza la irónica expresión castellana ¿no me le quitas nada?. Mis amigas tenían argumentos, aunque eran un poco peculiares. "A ver, fíjate que nosotras ya estamos cerca de los treinta", me dijeron, como si pudiésemos alisarnos las arrugas a golpe de diccionario o como si dejar de ser jóvenes fuese algo que sólo les pasase a otros.
Para qué negarlo, aceptar su redefinición me beneficiaba. Me daba trece años más de locura y libertad sin remordimientos. Cuando ya estaba a punto de entregarles mi alma, una de mis amigas resumió su tesis general: "Hasta los cuarenta se es joven y, luego ya, se es adulto".
Qué pesadilla. Francia me impide aceptar esos conjuntos disjuntos: allí un joven es un jeune homme y una joven es una jeune femme, y los franceses (excepto mis alumnos, que eran un poco surrealistas) utilizaban esos términos para hablar de alguien de entre diecisiete y treinta años, más o menos. Ser adulto no impide ser joven y, afortunadamente, ser joven no impide ser adulto. De hecho, para ser joven hace falta ser adulto porque, si no, se es ado, un adolescence. Hormonas por todas partes, poca responsabilidad, negociar a qué hora se llega a casa y decir con quién se sale... ese tipo de cosas. Un individuo bajo control por su propio bien, para que no se haga daño hasta que aprenda a vivir.
Cada edad quiere tener a la juventud en exclusiva, pero de poco nos vale la juventud si por preservarnos nos infantiliza. Y de menos si nos esclaviza, si cuando por fin tengamos que franquear sus límites nos hace sentir viejos y acabados. Maldita sea la juventud si ostenta privilegios, si cuando se termina algo tiene que dejar de hacerse porque ya no procede. Al cuerno las etapas. A partir de los dieciocho se es adulto y punto. Todo lo demás, meros adjetivos.
Así calló Zaratustra
Zaratustra se ha convertido en el superhombre. Miradlo qué orgullo, cómo se recorta contra todo servilismo. Se pone por encima de Dios, una mera hipótesis, y crea sus valores anclados en la vida. Nada ni nadie le domina, ejerce su voluntad de poder. Escuchad sus palabras, cómo os alienta para que hagáis lo mismo que él. Cómo os exhorta. Cómo os sermonea.
¿Por qué tanto empeño en salvarnos, Zaratustra? ¿A ti qué más te da? ¿Esperas aplausos? No te hacen falta, ya conoces tu propio valor ¿Qué sacas en limpio, entonces? Si no sacas nada, el problema es aún más grave. Parece como si quisieras convertirte en el redentor. Y eso del redentor nos recuerda sospechosamente a una mentalidad a la que despreciabas.
¿Por qué tanto empeño en salvarnos, Zaratustra? ¿A ti qué más te da? ¿Esperas aplausos? No te hacen falta, ya conoces tu propio valor ¿Qué sacas en limpio, entonces? Si no sacas nada, el problema es aún más grave. Parece como si quisieras convertirte en el redentor. Y eso del redentor nos recuerda sospechosamente a una mentalidad a la que despreciabas.
Sobre devenir y referencia
¿Cómo funciona un nombre propio? Si pensamos que lo que hace es "estar por" un individuo, no podemos explicar por qué un enunciado como "Clarín es Leopoldo Alas" es informativo, a diferencia de lo que ocurre con "Clarín es Clarín". Frege solucionó este problema diciendo que vale, que un nombre propio designa a un individuo (que será su referencia), pero lo designa de una forma particular (que será su sentido). El sentido de los nombres es un camino para llegar al individuo, un camino que el hablante hace recorrer al oyente. "Clarín" y "Leopoldo Alas" son correferenciales, pero presentan al autor de La Regenta bajo facetas diferentes.
El espíritu universal, la Idea, Dios, el espíritu absoluto, la libertad, el devenir, la historia, la razón... Cuando más leo a Hegel, más pienso en Frege. Todo designa a lo mismo, el ser parmenídeo se viste de gala y se hace llamar por mil nombres, se retuerce y burbujea, se convierte en lo otro para conocerse a sí mismo. La unidad vomita multiplicidad.
El espíritu universal, la Idea, Dios, el espíritu absoluto, la libertad, el devenir, la historia, la razón... Cuando más leo a Hegel, más pienso en Frege. Todo designa a lo mismo, el ser parmenídeo se viste de gala y se hace llamar por mil nombres, se retuerce y burbujea, se convierte en lo otro para conocerse a sí mismo. La unidad vomita multiplicidad.
viernes, 10 de abril de 2015
Una joyita
La LOMCE es una joyita (los subrayados son míos).
a) Parece que la persona que la ha redactado no la ha releído.
"2.1. Utiliza con rigor conceptos del marco del pensamiento de de Aristóteles, como substancia, ciencia, metafísica, materia, forma, potencia, acto, causa, efecto, teleología, lugar natural, inducción, deducción, abstracción, alma, monismo, felicidad y virtud entre otros, utilizándolos con rigor."
b) Aunque la asignatura optativa de 4º de ESO se llama "Filosofía", a veces debería llamarse "Autoayuda".
" 13.1. Explica las características de las personas especialmente creativas y algunas de las formas en que puede potenciarse esta condición.
14.1 Argumenta sobre la importancia de asumir riesgos y salir de la llamada zona de confort para alcanzar metas y lograr resultados creativos e innovadores."
c) En la Filosofía de 1º de Bachillerato, la Lógica proposicional forma parte del Bloque 6: la racionalidad práctica. No debería sorprendernos: el bloque entero es un cajón desastre lleno de repeticiones y elementos totalmente heterogéneos codo con codo. Mi favorito es este contenido:
"El modo metafísico de preguntar para diseñar un proyecto, vital y de empresa."
que se concreta en un estandar de aprendizaje tan decepcionante como
"18.1 Plantea correctamente los interrogantes filosóficos radicales que deben estar a la base de la creación de un proyecto, tanto vital como laboral, como ¿qué soy?, ¿qué hago?, ¿por qué?, ¿para qué?, ¿cuál es mi objetivo?, ¿cuál es su sentido, su razón de ser? y sabe argumentar la defensa de las respuestas."
¿Dónde quedó la metafísica?
d) Algunos Estándares de aprendizaje evaluables son dificilmente evaluables (y/o comprensibles).
"11.3. Conoce la visión filosófica de la Música a través del análisis de textos filosóficos breves sobre la visión pitagórica, de Platón, Schopenhauer, Nietzsche o Adorno entre otros así, como, mediante audiciones significativas."
e) No está claro si las disyunciones ("o") son disyunciones o conjunciones enmascaradas. Además, (y eso es peor) todas terminan con un etcétera, permitiendo que la evaluación externa verse sobre cualquier cosa. Es el misterio del maravilloso currículo infinito.
"3.1. Analiza fragmentos de textos breves de Descartes, Hume, Kant, Nietzsche, Ortega y Gasset, Habermas, Popper, Kuhn o Michel Serres, entre otros."
f) Hablando de Popper: él suspendería Historia de la Filosofía:
"1.4. Respeta el esfuerzo de la filosofía de Platón por contribuir al desarrollo de las ideas y a los cambios sociales de la Grecia Antigua, valorando positivamente el diálogo como método filosófico, el nacimiento de las utopías sociales, el sentido del gobernante-filósofo o su defensa de la inclusión de las mujeres en la educación."
Aunque bueno, si al final resulta que las disyunciones son verdaderas disyunciones, podría aprobar por los pelos.
a) Parece que la persona que la ha redactado no la ha releído.
"2.1. Utiliza con rigor conceptos del marco del pensamiento de de Aristóteles, como substancia, ciencia, metafísica, materia, forma, potencia, acto, causa, efecto, teleología, lugar natural, inducción, deducción, abstracción, alma, monismo, felicidad y virtud entre otros, utilizándolos con rigor."
b) Aunque la asignatura optativa de 4º de ESO se llama "Filosofía", a veces debería llamarse "Autoayuda".
" 13.1. Explica las características de las personas especialmente creativas y algunas de las formas en que puede potenciarse esta condición.
14.1 Argumenta sobre la importancia de asumir riesgos y salir de la llamada zona de confort para alcanzar metas y lograr resultados creativos e innovadores."
c) En la Filosofía de 1º de Bachillerato, la Lógica proposicional forma parte del Bloque 6: la racionalidad práctica. No debería sorprendernos: el bloque entero es un cajón desastre lleno de repeticiones y elementos totalmente heterogéneos codo con codo. Mi favorito es este contenido:
"El modo metafísico de preguntar para diseñar un proyecto, vital y de empresa."
que se concreta en un estandar de aprendizaje tan decepcionante como
"18.1 Plantea correctamente los interrogantes filosóficos radicales que deben estar a la base de la creación de un proyecto, tanto vital como laboral, como ¿qué soy?, ¿qué hago?, ¿por qué?, ¿para qué?, ¿cuál es mi objetivo?, ¿cuál es su sentido, su razón de ser? y sabe argumentar la defensa de las respuestas."
¿Dónde quedó la metafísica?
d) Algunos Estándares de aprendizaje evaluables son dificilmente evaluables (y/o comprensibles).
"11.3. Conoce la visión filosófica de la Música a través del análisis de textos filosóficos breves sobre la visión pitagórica, de Platón, Schopenhauer, Nietzsche o Adorno entre otros así, como, mediante audiciones significativas."
e) No está claro si las disyunciones ("o") son disyunciones o conjunciones enmascaradas. Además, (y eso es peor) todas terminan con un etcétera, permitiendo que la evaluación externa verse sobre cualquier cosa. Es el misterio del maravilloso currículo infinito.
"3.1. Analiza fragmentos de textos breves de Descartes, Hume, Kant, Nietzsche, Ortega y Gasset, Habermas, Popper, Kuhn o Michel Serres, entre otros."
f) Hablando de Popper: él suspendería Historia de la Filosofía:
"1.4. Respeta el esfuerzo de la filosofía de Platón por contribuir al desarrollo de las ideas y a los cambios sociales de la Grecia Antigua, valorando positivamente el diálogo como método filosófico, el nacimiento de las utopías sociales, el sentido del gobernante-filósofo o su defensa de la inclusión de las mujeres en la educación."
Aunque bueno, si al final resulta que las disyunciones son verdaderas disyunciones, podría aprobar por los pelos.
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