Cuando estaba empezando a preparar el viaje de estudios, le pregunté tímidamente a la directora del instituto qué presupuesto por alumno teníamos. No porque lo fuese a pagar el centro, sino para calcular en base a un intervalo de precios razonable. Ella me dijo que no me preocupase demasiado por esa cuestión: "¡El año pasado hubo incluso un alumno que fue a tres viajes de estudios!". Yo le hice caso, porque soy idiota y porque creer que el dinero crece en los árboles me hacía la vida más fácil.
Creo que por aquel entonces ya había pedido a mis alumnos que hiciesen una redacción sobre sus familias, y ya había descubierto que algunos de ellos tienen tres renglones de hermanos. Al menos los míos saben cuántos son, la profesora de primaria del colegio de al lado nos contaba que una vez
preguntó a uno de sus alumnos cuantos hermanos tenía y el chiquillo no
fue capaz de calcularlo. Pero yo seguí adelante con mi viaje de estudios, partiendo de la base de que todo el mundo podía pagarlo, aunque por si acaso preferí no llegar muy lejos (un fondo de tacañería siempre queda).
Ahora que me están devolviendo las autorizaciones veo que la gran mayoría de los alumnos lo pueden pagar sin problemas, e incluso alguno de los de los tres renglones. Pero sospecho que al menos dos de mis alumnos, ambos estupendos, más bien tímidos, uno con un nivel de español excelente y la otra aceptable, los dos muy motivados y participativos, se van a quedar en Francia porque sus familias no tienen ni un duro (o ni un franco). Estamos intentando mover algunas subvenciones, pero en todo caso no cubrirán el importe íntegro del viaje. Por no mentar la soga en la clase del ahorcado, he decidido no colgar en el corcho del aula el mapa de las ciudades que vamos a visitar, ni hacer orbitar muchas actividades en torno al viaje de estudios.
Ninguno de los alumnos paga todo el importe del viaje. Se les descuentan unos 70 euros, de los cuales el equivalente a la AMPA pone cincuenta. Esos euros salen de las propias familias que contribuyen con unos 13 euros anuales. Al final más o menos el saldo es que ellos se lo guisan y ellos se lo comen: a principios de cada curso depositan el AMPA el dinero que, reuniones mediante, van a recibir ellos mismos uno de estos años. Vale, creo que el dinero no sólo viene de los padres, y que la organización algo más pagará, pero en líneas generales el sistema funciona así. ¿Por qué no aprovecharlo para becar a dos alumnos? Calculando en base a los sesenta que vienen, si a cada uno la AMPA le da treinta euros en vez de cincuenta, 20x60=1200 euros disponibles para becas. Y ya no es que bequemos a dos alumnos, sino que becamos casi a cuatro.
Siempre he visto mal de lejos y esta vez no llevaba puestas las gafas. Cuando he logrado ver con nitidez ya era tarde y todos los presupuestos estaban aprobados. Lo hubiese intentado, pero no sé yo si habría tenido mucho éxito contra la inercia de un sistema en el que estoy de paso y pagada por horas. Lo que sí tengo claro es que me niego a organizar otro viaje de estudios en el que pueda haber alumnos que se queden en tierra por cuestiones económicas. Si vuelvo a ser profesora de idiomas (visto el cariz de la nueva ley educativa me temo que no me quedará otra), organizaré intercambios. Para una familia que ya tiene nueve hijos no creo que le suponga gran cosa ponerle un plato al españolito que viene de visita una semana. Tal vez entonces los niños más pequeños le cojerán cariño y no sabrán si incluirle en su lista de hermanos cuando les pregunte su maestra.
jueves, 28 de noviembre de 2013
martes, 26 de noviembre de 2013
Cuadernos
Cuentan los ancianos la triste historia del profesor que murió aplastado por las libretas de sus alumnos. Mientras la pila le sepultaba, el hombre preguntábase por qué sería tan cenutrio, por qué no habría calculado antes de pedirlas la cantidad ingente de tiempo y de trabajo que iba a destinar a su corrección. Y al papel, la tinta y el metal se sumaba otra carga, tal vez incluso más pesada: la de saberse hacedor de su propio infortunio. Dicen las gentes que en las noches de luna llena todavía lo ven penando por los alrededores del instituto, arrastrando sus bolsas de libretas cual cadenas de académico fantasma, murmurando insensateces sobre la inminente evaluación.
Al margen del trabajo y de la turra que da corregir cuadernos, el acto tiene algo de obsceno, de invasivo. Hay algo dentro de mí que me dice insistentemente que los cuadernos pertenecen a la esfera de lo privado. Tal vez tenga que ver con mi pasado reciente. En los últimos años de instituto y en todos los de universidad, el cuaderno es algo así como una prolongación del cuerpo de su propietario, y cada uno lo gestiona como le viene en gana. Como si quiere amputárselo, está en su derecho.
Los que somos por naturaleza malcuriosos, nos hemos pasado últimos años mezclando el Inglés con la Química y la Ética con la Lógica. A veces las hojas se podían reorganizar por fechas, otras por el número de página, en una numeración tantas veces recomenzada que al cabo de un tiempo de subrayados y circulitos pasaba a los números romanos, a las mayúsculas, a las minúsculas y al alfabeto griego. De un día para otro, el bolígrafo cambiaba de color, y casi nunca lo recuperaba. En cuanto a la caligrafía, algunos de mis compañeros recordarán mi clásica respuesta: te dejo copiarme pero no esperes que te traduzca. "Esta mala presentación es una mancha en tu expediente" me apostilló en primero de ESO una profesora, antes de devolverme un examen que rondaría el nueve. Yo me reí de su dramatismo, pero por si acaso intenté mostrar mi mejor faceta de alumna seria y aplicada en los cuadernos de su asignatura y de las otras. Pura fachada. Tener unos cuadernos bonitos me parecía un engorro. Eran hipócritas, eran artificiales. Tenía los ojos de mis profesores clavados en la nuca mientras escribía, de ahí no podía salir nada bueno. Aquellas libretas eran estúpidas.
Y ahora las recojo. Malísima idea, no por la montaña sino por la traición que eso supone. Tal vez sobreviva a la avalancha, pero ¿qué vida de alimaña sin principios me esperará después? ¿Se apiadará de mi alma el dios de los zafios? ¿Acaso todos mis profesores de la ESO han sido alumnos caóticos? Tengo aún muchas otras preguntas trascendentales, pero me temo que las tengo que dejar para otra ocasión. Hay algún que otro cuaderno que espera que lo corrija...
Al margen del trabajo y de la turra que da corregir cuadernos, el acto tiene algo de obsceno, de invasivo. Hay algo dentro de mí que me dice insistentemente que los cuadernos pertenecen a la esfera de lo privado. Tal vez tenga que ver con mi pasado reciente. En los últimos años de instituto y en todos los de universidad, el cuaderno es algo así como una prolongación del cuerpo de su propietario, y cada uno lo gestiona como le viene en gana. Como si quiere amputárselo, está en su derecho.
Los que somos por naturaleza malcuriosos, nos hemos pasado últimos años mezclando el Inglés con la Química y la Ética con la Lógica. A veces las hojas se podían reorganizar por fechas, otras por el número de página, en una numeración tantas veces recomenzada que al cabo de un tiempo de subrayados y circulitos pasaba a los números romanos, a las mayúsculas, a las minúsculas y al alfabeto griego. De un día para otro, el bolígrafo cambiaba de color, y casi nunca lo recuperaba. En cuanto a la caligrafía, algunos de mis compañeros recordarán mi clásica respuesta: te dejo copiarme pero no esperes que te traduzca. "Esta mala presentación es una mancha en tu expediente" me apostilló en primero de ESO una profesora, antes de devolverme un examen que rondaría el nueve. Yo me reí de su dramatismo, pero por si acaso intenté mostrar mi mejor faceta de alumna seria y aplicada en los cuadernos de su asignatura y de las otras. Pura fachada. Tener unos cuadernos bonitos me parecía un engorro. Eran hipócritas, eran artificiales. Tenía los ojos de mis profesores clavados en la nuca mientras escribía, de ahí no podía salir nada bueno. Aquellas libretas eran estúpidas.
Y ahora las recojo. Malísima idea, no por la montaña sino por la traición que eso supone. Tal vez sobreviva a la avalancha, pero ¿qué vida de alimaña sin principios me esperará después? ¿Se apiadará de mi alma el dios de los zafios? ¿Acaso todos mis profesores de la ESO han sido alumnos caóticos? Tengo aún muchas otras preguntas trascendentales, pero me temo que las tengo que dejar para otra ocasión. Hay algún que otro cuaderno que espera que lo corrija...
martes, 29 de octubre de 2013
María y Marie
María va a tercero de ESO. Este año las cosas no le están yendo demasiado bien. En esta evaluación rondará el tres en Matemáticas, Biología y Física y Química. En Lengua andará por el cuatro. Esas asignaturas se le dan tan mal que sospecha que no será capaz de aprobarlas. En otras le va mucho mejor: en el último examen de Ciencias Sociales ha sacado un siete y medio, y en Inglés puede mostrar orgullosa un par de ochos. En Educación Física y Plástica cree que andará también por el notable. Francés ça va, un seis y medio.
¿Qué futuro le espera a María si todo sigue así? Un futuro bastante incierto. Probablemente este curso repita, y si el año que viene no lo hace mejor irá quedando cada vez más descolgada del sistema. Casi seguro que no hará el bachillerato.
En clase de Francés están carteándose con alumnos de un collège. A María le ha tocado una chica que se llama Marie, y que en vez de ir a tercero va a troisième. Marie pone las tildes para todos lados cuando escribe en español, pero se le entiende bastante bien. En la carta de hoy le recita sus notas, que se parecen sospechosamente a las de María. A pesar de todo, Marie está convencida de que pasará de curso y de que el año que viene irá al lycée. Quiere ir al Lycée General que hay en su ciudad, aunque sabe que su media es un poco justa y tal vez no la cojan. Está intentando mejorar; pero bueno, a una mala, está la opción del Lycée Professionnel.
¿Por qué los índices de fracaso y de abandono escolar son muchísimo mayores en España que en Francia? Porque en Francia no exigen el aprobado en todas las asignaturas para seguir en el sistema. La media es lo que cuenta, y unas notas se compensan con otras. Ni los alumnos son más listos ni los profesores son mejores, simplemente el mecanismo es mucho menos exigente.
¿Podemos importar el sistema francés? No, nos faltan infraestructuras. Si vamos a especializar los bachilleratos necesitamos crear alojamientos para que los alumnos que viven lejos puedan quedarse a dormir en el centro por semana. Necesitamos crear comedores para que estos alumnos puedan hacer vida allí. Para que todo esto rentase convendría aumentar el tamaño de estos nuevos centros especializados. Es una inversión económica gigantesca (además de un cambio de mentalidad también bastante grande: imagino que a la mayor parte de las familias españolas se les atragantaría la idea de que sus hijos de quince años comenzasen a vivir fuera de casa).
¿Podemos hacer menos despiadado el sistema español? Por supuesto. Introduciendo mecanismos de compensación entre asignaturas, por ejemplo. No hace falta ser tan radicales como los franceses (además,su sistema tiene efectos secundarios bastante desagradables), pero una cierta flexibilidad sería beneficiosa. Otra cosa que se podría hacer es emparentar a la FP de grado medio y el Bachillerato.
La próxima carta de María va a sorprender enormemente a Marie, y no sólo porque en ella va a contar que en España los alumnos llaman a los profesores por su nombre de pila y que existe una asignatura que se llama "Religión". Lo que aquí es lógico para todos, allí es una auténtica locura.
¿Qué futuro le espera a María si todo sigue así? Un futuro bastante incierto. Probablemente este curso repita, y si el año que viene no lo hace mejor irá quedando cada vez más descolgada del sistema. Casi seguro que no hará el bachillerato.
En clase de Francés están carteándose con alumnos de un collège. A María le ha tocado una chica que se llama Marie, y que en vez de ir a tercero va a troisième. Marie pone las tildes para todos lados cuando escribe en español, pero se le entiende bastante bien. En la carta de hoy le recita sus notas, que se parecen sospechosamente a las de María. A pesar de todo, Marie está convencida de que pasará de curso y de que el año que viene irá al lycée. Quiere ir al Lycée General que hay en su ciudad, aunque sabe que su media es un poco justa y tal vez no la cojan. Está intentando mejorar; pero bueno, a una mala, está la opción del Lycée Professionnel.
¿Por qué los índices de fracaso y de abandono escolar son muchísimo mayores en España que en Francia? Porque en Francia no exigen el aprobado en todas las asignaturas para seguir en el sistema. La media es lo que cuenta, y unas notas se compensan con otras. Ni los alumnos son más listos ni los profesores son mejores, simplemente el mecanismo es mucho menos exigente.
¿Podemos importar el sistema francés? No, nos faltan infraestructuras. Si vamos a especializar los bachilleratos necesitamos crear alojamientos para que los alumnos que viven lejos puedan quedarse a dormir en el centro por semana. Necesitamos crear comedores para que estos alumnos puedan hacer vida allí. Para que todo esto rentase convendría aumentar el tamaño de estos nuevos centros especializados. Es una inversión económica gigantesca (además de un cambio de mentalidad también bastante grande: imagino que a la mayor parte de las familias españolas se les atragantaría la idea de que sus hijos de quince años comenzasen a vivir fuera de casa).
¿Podemos hacer menos despiadado el sistema español? Por supuesto. Introduciendo mecanismos de compensación entre asignaturas, por ejemplo. No hace falta ser tan radicales como los franceses (además,su sistema tiene efectos secundarios bastante desagradables), pero una cierta flexibilidad sería beneficiosa. Otra cosa que se podría hacer es emparentar a la FP de grado medio y el Bachillerato.
La próxima carta de María va a sorprender enormemente a Marie, y no sólo porque en ella va a contar que en España los alumnos llaman a los profesores por su nombre de pila y que existe una asignatura que se llama "Religión". Lo que aquí es lógico para todos, allí es una auténtica locura.
miércoles, 16 de octubre de 2013
Crónica de un mes sin Internet
15 de septiembre
A las tantas de la noche tras un viaje accidentado que incluye una rama en el motor del tren y senderismo sobre las vías cargada de maletas, llego a mi nuevo centro en el que dispongo de una habitación. La inspecciono, la olisqueo, la ducha funciona bien, la moqueta qué se le va a hacer, mis sábanas son el doble de grandes que la cama así que las doblaré por la mitad. Saco el ipod. Varias redes, todas cerradas. Mañana pediré la clave de la wifi del instituto.
16 de septiembre
Pido la clave a los profesores y administradores. Me dicen que no la tienen, pero que la saben los alumnos. Pido la clave a los alumnos. Me dicen que no la tienen, pero que la saben los profesores. Ahora sospecho que lo que pasa es que no hay wifi y nadie se ha enterado.
Los ordenadores de la sala de profesores están censurados por el rectorado y además prefiero no utilizarlos para asuntos personales. El teclado es francés, lo cual es el infierno ortográfico.
En plan zahorí postmoderno recorro el pueblo buscando redes abiertas. Infructuosamente. Cuando estoy volviendo a la habitación veo un viejecillo con un ordenador portatil sentado en frente de la Oficina de Turismo. Mi ipod me dice que la red está abierta, pero la página me pide una clave de la que carezco. La Oficina de Turismo ya cerró a las cinco de la tarde.
17 de septiembre
En la Oficina de Turismo me dan un mapa, la clave y me indican que puedo consultar Internet fuera del establecimiento. Capto la sutil indirecta. Salgo y le vendo mi alma digital a la empresa que proporciona el punto de wifi. Consulto facebook, correo, periódicos, etc etc etc. Tras haber recibido mi ración diaria de droga digital, vuelvo a mi habitación con una sonrisa.
23 de septiembre
No pierdo el tiempo mirando tonterías por Internet, porque en la maldita plaza donde está la Oficina de Turismo hace un frío que pela y me ha entrado un buen catarro. Como ya he acabado todas las películas y series de mi ordenador dedico mi tiempo a preparar oposiciones y clases y a corregir exámenes. Sin gran cosa que hacer, me acuesto prontísimo y duermo cada día entre nueve y diez horas. Me siento como al margen de la Historia.
30 de septiembre
Por métodos analógicos, he conseguido nuevas series. He cambiado mi tarifa de móvil y tengo llamadas ilimitadas incluso a España. Hace más calor y se puede consultar Internet sin morir demasiado de frío. Buena parte de mi productividad se ha ido al garete. Pero ¿y lo bien que estoy?
9 de octubre
Hablo con mi vecino, que también trabaja en el centro, para pedirle por favor su clave de la wifi. Le explico que son sólo unos numerinos que aparecen en el router, porque el señor no se entera de una. Me dice que tiene el aparato averiado y que no me lo puede dar. Me pregunto cómo un router averiado puede dar señal. Esa misma tarde el informático del centro soluciona el enigma revelándome que no, que lo que el otro señor tiene averiado es el ordenador. Sigo sin la clave.
Los alumnos me miran raro cuando me ven en la plaza de la Oficina de Turismo enfrascada en el ipod.
13 de octubre
Logro acceder a uno de los hotspots que se pillan desde mi habitación. Salto de alegría al ver mi ordenador comunicado, pero echo un poco de menos la vida sencilla y monacal de antaño. ¿Qué va a ser de mí ahora? Ese día me acuesto más allá de medianoche.
14 de octubre
Me levanto con una extraña sensación que mi memoria recuerda lejanamente como "tener sueño". Enciendo el ordenador para leer el periódico con el desayuno. Internet ya no funciona. No, si ya estaba durando demasiado...
Estudio. Doy clases. Corrijo exámenes. Maldigo mi suerte vía telefónica.
16 de octubre
Tras una batalla perdida contra un pincho USB, mi ordenador vuelve a estar comunicado por el mismo sistema de la otra vez. A ver si de esta dura. ¿Cómo será el mundo sin tener catarro?
A las tantas de la noche tras un viaje accidentado que incluye una rama en el motor del tren y senderismo sobre las vías cargada de maletas, llego a mi nuevo centro en el que dispongo de una habitación. La inspecciono, la olisqueo, la ducha funciona bien, la moqueta qué se le va a hacer, mis sábanas son el doble de grandes que la cama así que las doblaré por la mitad. Saco el ipod. Varias redes, todas cerradas. Mañana pediré la clave de la wifi del instituto.
16 de septiembre
Pido la clave a los profesores y administradores. Me dicen que no la tienen, pero que la saben los alumnos. Pido la clave a los alumnos. Me dicen que no la tienen, pero que la saben los profesores. Ahora sospecho que lo que pasa es que no hay wifi y nadie se ha enterado.
Los ordenadores de la sala de profesores están censurados por el rectorado y además prefiero no utilizarlos para asuntos personales. El teclado es francés, lo cual es el infierno ortográfico.
En plan zahorí postmoderno recorro el pueblo buscando redes abiertas. Infructuosamente. Cuando estoy volviendo a la habitación veo un viejecillo con un ordenador portatil sentado en frente de la Oficina de Turismo. Mi ipod me dice que la red está abierta, pero la página me pide una clave de la que carezco. La Oficina de Turismo ya cerró a las cinco de la tarde.
17 de septiembre
En la Oficina de Turismo me dan un mapa, la clave y me indican que puedo consultar Internet fuera del establecimiento. Capto la sutil indirecta. Salgo y le vendo mi alma digital a la empresa que proporciona el punto de wifi. Consulto facebook, correo, periódicos, etc etc etc. Tras haber recibido mi ración diaria de droga digital, vuelvo a mi habitación con una sonrisa.
23 de septiembre
No pierdo el tiempo mirando tonterías por Internet, porque en la maldita plaza donde está la Oficina de Turismo hace un frío que pela y me ha entrado un buen catarro. Como ya he acabado todas las películas y series de mi ordenador dedico mi tiempo a preparar oposiciones y clases y a corregir exámenes. Sin gran cosa que hacer, me acuesto prontísimo y duermo cada día entre nueve y diez horas. Me siento como al margen de la Historia.
30 de septiembre
Por métodos analógicos, he conseguido nuevas series. He cambiado mi tarifa de móvil y tengo llamadas ilimitadas incluso a España. Hace más calor y se puede consultar Internet sin morir demasiado de frío. Buena parte de mi productividad se ha ido al garete. Pero ¿y lo bien que estoy?
9 de octubre
Hablo con mi vecino, que también trabaja en el centro, para pedirle por favor su clave de la wifi. Le explico que son sólo unos numerinos que aparecen en el router, porque el señor no se entera de una. Me dice que tiene el aparato averiado y que no me lo puede dar. Me pregunto cómo un router averiado puede dar señal. Esa misma tarde el informático del centro soluciona el enigma revelándome que no, que lo que el otro señor tiene averiado es el ordenador. Sigo sin la clave.
Los alumnos me miran raro cuando me ven en la plaza de la Oficina de Turismo enfrascada en el ipod.
13 de octubre
Logro acceder a uno de los hotspots que se pillan desde mi habitación. Salto de alegría al ver mi ordenador comunicado, pero echo un poco de menos la vida sencilla y monacal de antaño. ¿Qué va a ser de mí ahora? Ese día me acuesto más allá de medianoche.
14 de octubre
Me levanto con una extraña sensación que mi memoria recuerda lejanamente como "tener sueño". Enciendo el ordenador para leer el periódico con el desayuno. Internet ya no funciona. No, si ya estaba durando demasiado...
Estudio. Doy clases. Corrijo exámenes. Maldigo mi suerte vía telefónica.
16 de octubre
Tras una batalla perdida contra un pincho USB, mi ordenador vuelve a estar comunicado por el mismo sistema de la otra vez. A ver si de esta dura. ¿Cómo será el mundo sin tener catarro?
domingo, 22 de septiembre de 2013
La deferencia
Los alumnos franceses son diferentes.
Esperan en fila silenciosa antes de entrar en clase. Cuando están
dentro quedan esperando, de pie y sin decir una palabra ante su
silla, hasta que reciben la orden de sentarse. Cuando un secretario o
un orientador entra en el aula, se ponen de pie inmediatamente (a
todo lo anterior casi me he habituado, pero esto aún me da
escalofríos). Por suerte, en el comedor de este instituto los
profesores no se cuelan sistemáticamente, pero algunos alumnos te
ceden el puesto aunque les digas que no. Para dejar la bandeja
también lo hacen, retirándose con un respingo si han llegado poco
antes que tú. Ejecutan todos estos actos con una enorme sonrisa de
placer.
Los alumnos franceses son deferentes. Y
no sólo los alumnos. Casi tengo miedo a habituarme a este mundo de
algodones sociales y luego hacerme sangre con la aspereza de nuestra
cultura. La cordialidad en las relaciones personales con los
desconocidos es extrema, todo son cantarinas fórmulas de cortesía y
preocupación por el bienestar del otro. Es un universo grato, de
colores pastel, aunque a veces un poco vacuo. Hablando con una amiga
alemana, el otro día, comentábamos la cantidad de fórmulas que
tienen los franceses, la predicibilidad del esqueleto de sus
conversaciones. Ella, que trabaja en un camping, se encuentra con que
cuando tiene clientes franceses sabe qué decir en cada momento: les
muestra la tienda de campaña y exclama “Et voilà !”, ese tipo
de cosas. Cuando los clientes son alemanes, en cambio, se encuentra
huérfana de fórmulas y asideros, en medio de una noche oscura
carente tanto de deliciosas farolitas como de fuegos de artificio. Mi
amiga no habla español, pero si lo hiciese se toparía con el mismo
problema.
El lenguaje crea mundo y el mundo crea
lenguaje. Francia es un vivo reflejo de su lengua, un lugar solemne y
confortable, de jerarquías tan claras que se imponen como
inevitables. Un país que ha cortado el cuello a sus reyes pero no
acierta a prescindir de las puntillas y las pelucas
El paro
Seamos marxistas. ¿Qué es el paro? Me
refiero al paro en cuanto a la caza del empleo por tierra, mar y
aire. A ese paro que rastrea el trabajo, lo persigue e instala
trampas para capturarlo. Ese paro que es el intento casi obsesivo de
atraer a tan esquivo animal. No me refiero al paro de los que lo
cobran y aprovechan el momento para relajarse, ni al de los que han
dado la cacería por imposible, ni al de los que buscan solo
superficialmente para guardar las apariencias. Así que, si nos
ponemos marxistas, ¿qué es el paro?
Podríamos empezar diciendo que, si el
trabajo es la relación esencial del hombre con la naturaleza, el
paro es la búsqueda de esa relación. Sin el trabajo el hombre se
encuentra asilado. Como el trabajo determina la existencia humana, el
demandante de empleo se encuentra indeterminado. Es vago, y los demás
lo ven como vago, unas veces desde la vaguedad y otras desde la
vagancia.
“¡Un momento”, se podrá decir
aquí“, por supuesto que el parado trabaja! ¿No envía acaso
currículos todos los días? ¿No se pasea de empresa en empresa? ¿No
pasa las horas intentando descubrir qué es lo que falla en su
estrategia? El parado trabaja, y vaya si trabaja.” De acuerdo, de
cierta manera el parado trabaja. Pero los bienes que produce son muy
particulares, porque no tienen ningún valor, ni para él ni para
nadie. El fruto de su trabajo es una basura, y aún lo es más en
comparación con el fruto del trabajo de los verdaderos trabajadores.
La fuerza de trabajo que nuestro parado ha utilizado es infinita en
comparación con el valor del bien que produce, porque su valor es
cero. En tanto que máquina, el pobre hombre tiene una eficiencia
penosa.
No es exagerado compararlo con una
máquina. Los trabajadores del sistema económico actual (actual al
menos para Marx, aquí todos ustedes pueden sacar a pasear sus
reservas) son simples instrumentos del proceso que les esclaviza.
Están alienados. La división social les hace desempeñar unos
empleos que no tienen nada que ver con sus talentos, y todos los
individuos se sienten piezas de un sistema que se les escapa y que
les utiliza. El trabajador deposita su ser en objetos de escaso
valor, y se siente libre precisamente cuando no está trabajando. El
verdadero sentido del trabajo se pierde en el mundo capitalista.
¿Y nuestro amigo el parado? Él
también deposita su ser en los objetos que crea. Más que nadie. El
fruto de su trabajo incluye su foto, su nombre y su número de
teléfono. Habla de lo que ha hecho hasta el momento, a veces de sus
planes de futuro. Es la cristalización de su autoconciencia. Y casi
siempre acabará en la papelera o en el triturador de documentos. Si
tiene suerte tal vez reciba una rápida ojeada y languidezca en mitad
de una pila de currículos rivales. Su ser no tiene valor ante la
inmisericorde mirada ajena. Sí, el infierno son los demás.
El parado no está alienado. Ni
siquiera eso. No se le permite el lujo de formar parte de un proceso
malvado y siniestro. Está suprimido, se encuentra al margen. No es
nada. Sin naturaleza, sin función, sin sentido, empuja por la ladera
de la montaña su bola de currículos sabiendo que luego volverá a
caer. Está perdiendo el tiempo y sabe que lo pierde.
Pero lo peor, para el parado, es la
ausencia de antagonistas. El proletario marxista tiene siempre a un
capitalista a quien odiar. Como sus vecinos también le odian, se
sienten todos muy unidos cuando van a trabajar a la fábrica. Es
bonito. La comunión que experimentan los “camaradas” obreros que
han desarrollado la conciencia de clase tiñe de rosa sus
sufrimientos. En cambio, nuestro parado no encuentra ese enemigo
común que pueda garantizar su cohesión social. Sólo entidades
volátiles que no aciertan a despertar reacciones viscerales. No
olvidemos que nuestro parado, al igual que la presa a la que
persigue, es un pobre animalillo.
Por supuesto, puedo escribir sobre el
paro porque ahora mismo no estoy en él. Con mi bola de currículos
apoyada de forma inestable en la cumbre de la montaña, estoy en el
único punto se escapa de las lloronas nubes de la conmiseración.
Está claro, también, que puedo escribir sobre el paro de esta
manera tan sádica porque a él volveré dentro de unos meses.
sábado, 20 de julio de 2013
El simulacro
Estoy habilitada para dar clases de Filosofía en francés y en inglés. Creo que si tuviese que dar clases en España en alguno de estos dos idiomas, lo haría sin problemas. Pero acabo de decidir no apuntarme en la bolsa de interinos de Filosofía de ese país que está del otro lado de los Pirineos.
Por una única razón: los franceses hablan mejor francés que yo. Son cosas que pasan. Suyos son los matices, la precisión lingüística, la riqueza en sinónimos. Por escrito, el problema se multiplica, y me crecen los enanos en forma de tildes y letras repetidas. Los propios franceses cometen muchos errores otrográficos cuando escriben en su lengua, pero eso no me sirve de consuelo si soy yo la que tiene que enseñarles a escribir. Y la Filosofía es, en buena medida, justo eso.
Enseñar Filosofía en otro idioma es un gran reto si se actúa ante hablantes nativos, pero es un bonito simulacro si el escenario está en nuestro país. Un entorno cómodo en el que el profesor no se moja ni los pies. La lengua con la que se trabaja (y con la que se piensa) es pequeña, simple. El resultado es una Filosofía que no busca asegurar el dominio de una lengua, sino el uso aceptable de unas cuantas palabras. La han encogido en pensamiento y lenguaje, ahora es una Filosofía jibarizada.
Por una única razón: los franceses hablan mejor francés que yo. Son cosas que pasan. Suyos son los matices, la precisión lingüística, la riqueza en sinónimos. Por escrito, el problema se multiplica, y me crecen los enanos en forma de tildes y letras repetidas. Los propios franceses cometen muchos errores otrográficos cuando escriben en su lengua, pero eso no me sirve de consuelo si soy yo la que tiene que enseñarles a escribir. Y la Filosofía es, en buena medida, justo eso.
Enseñar Filosofía en otro idioma es un gran reto si se actúa ante hablantes nativos, pero es un bonito simulacro si el escenario está en nuestro país. Un entorno cómodo en el que el profesor no se moja ni los pies. La lengua con la que se trabaja (y con la que se piensa) es pequeña, simple. El resultado es una Filosofía que no busca asegurar el dominio de una lengua, sino el uso aceptable de unas cuantas palabras. La han encogido en pensamiento y lenguaje, ahora es una Filosofía jibarizada.
sábado, 13 de julio de 2013
Watson dixit
“Denme una docena de niños sanos y bien formados, y mi propio entorno específico para educarlos, y
yo les garantizo que puedo elegir uno de ellos al azar y adiestrarlo para que se
convierta en el tipo de especialista que yo escoja
-médico, abogado, artista, hombre de negocios y, sí, incluso mendigo o
ladrón- al margen de su talento, inclinaciones, tendencias, habilidades, vocaciones y raza de sus antepasados”
Watson, Watson, no disimule. Su maniobra de distracción es brillante, pero con algunos de nosotros no ha funcionado. Confiese ya, ¿qué va usted a hacer con los otros once niños?
Watson, Watson, no disimule. Su maniobra de distracción es brillante, pero con algunos de nosotros no ha funcionado. Confiese ya, ¿qué va usted a hacer con los otros once niños?
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