Parece que van a cambiar los criterios de ordenación de la lista de interinos en la que estoy. En los foros de interinos el ambiente está caldeado: algunos veteranos acusan a los novatos de defender el baremos actual para seguir aprovechándose de un sistema que les permite quitar el puesto a los profesionales que estaban antes, de ser unos engreídos que creen que por tener buena nota en la oposición y en los méritos están mejor cualificados que los que tienen experiencia.
Nota de oposición, méritos, experiencia. La santísima trinidad interina. El quid sería descubrir en qué medida (oh dios mío, no me logro librar de esta formulación) cada uno de estos tres factores participa en la composición del docente ideal. Pero tal descubrimiento es imposible. La nota de oposición está sometida a los vaivenes de la fortuna (el tema que sale, el tribunal...). Los méritos son méritos según y cómo (¿tocar el piano me hace ser mejor profesora de ética?). La experiencia a veces ni es la madre de la ciencia ni la conoce de vista (que levante la mano quien no sepa de un profesor gris, obtuso y soporífero que lleve años calentando el asiento).
Como no se puede saber de qué materiales está hecho el buen profesor, la ponderación de los criterios se convierte en un asunto cortesano y repugnante, en el que los que mejor conocen el sistema y los que más tienen que perder son los que más presión hacen. Es decir, los que llevan media vida en la interinidad y no tienen ganas de estudiar por enésima vez unas oposiciones (pereza comprensible, dicho sea de paso) ni de perder el tiempo formándose (pereza vergonzosa, dicho sea de paso). Ellos canalizan sus intereses hacia los sindicatos, y desde su trono en el baremo la experiencia se infla, engorda, se hace orgullosa y acomodaticia, mira a los otros factores por encima del hombro. Porque ella sí que sabe. Porque ella sí que vale.
¿Queremos dar peso a la experiencia? Muy bien, demos peso a la experiencia real. Más que los años, que pasan sin pena ni gloria, demos valor al desempeño en centros complicados, a los proyectos, a los grupos de trabajo, a las publicaciones. Hagamos que lo que cuente sea moverse, no meramente estar ahí. Es verdad, ya la palabra "experiencia" parece apuntar más a la pasión que a la acción, pero lo que cada cual padezca depende también de los berenjenales donde decida meterse. Lo mejor de todo es que, con esta nueva valoración, los interinos veteranos no deberían quejarse, porque estos bonus solo son accesibles a los ya iniciados y solo se pueden acumular muchos tras muchos años en el cuerpo.
Pronto veremos el nuevo baremo. Mientras tanto, en el sofá y de vacaciones, sigo acumulando esa experiencia salvífica que me acerca cada vez más al reino de los bienaventurados.
viernes, 8 de enero de 2016
jueves, 5 de noviembre de 2015
Evaluación docente
Mientras leo en la web de Jose Antonio Marina (aquí) su propuesta de evaluación del profesorado, no puedo dejar de pensar que él mismo no ha evaluado hasta qué punto una medida así puede resultar peligrosa (por cierto, si lo que pretendía era participación del profesorado a través de los comentarios, creo que su sistema publicitario necesita mejorar).
Sentir la vigilancia perpetua de inspectores y colegas, tener que rendir cuentas al ávido observador, convertir el aula en un teatrillo cara a la galería en vez de en una obra diseñada para los alumnos... Esas son las consecuencias directas de su propuesta, no una mejora de la praxis docente. Una evaluación como la que propone crea estrés y malestar, agravio comparativo, desdén por el inferior y envidia por el que está arriba. Todo eso por un puñado de euros. Bravo.
El dinero no servirá de aliciente a quien no es capaz de encontrar satisfacción en su propio trabajo. Servirá de bálsamo, en todo caso, y si alguien necesita ese bálsamo es que ya está malherido. Lo que hace falta es contacto entre profesores, a todos los niveles. Conocer lo que se hace en otros sitios da ideas, da poder, permite tomar consciencia de lo que ocurre. La maldad no se suele ejercer a sabiendas, seamos un poco socráticos.
Socráticos, o kantianos. Porque hasta la ley moral languidece si nos quitan el aire del cielo estrellado.
Sentir la vigilancia perpetua de inspectores y colegas, tener que rendir cuentas al ávido observador, convertir el aula en un teatrillo cara a la galería en vez de en una obra diseñada para los alumnos... Esas son las consecuencias directas de su propuesta, no una mejora de la praxis docente. Una evaluación como la que propone crea estrés y malestar, agravio comparativo, desdén por el inferior y envidia por el que está arriba. Todo eso por un puñado de euros. Bravo.
El dinero no servirá de aliciente a quien no es capaz de encontrar satisfacción en su propio trabajo. Servirá de bálsamo, en todo caso, y si alguien necesita ese bálsamo es que ya está malherido. Lo que hace falta es contacto entre profesores, a todos los niveles. Conocer lo que se hace en otros sitios da ideas, da poder, permite tomar consciencia de lo que ocurre. La maldad no se suele ejercer a sabiendas, seamos un poco socráticos.
Socráticos, o kantianos. Porque hasta la ley moral languidece si nos quitan el aire del cielo estrellado.
jueves, 8 de octubre de 2015
La caída del muro
El año que estuve en el pueblito descubrí que la mejor forma de integrarse en un nuevo instituto era pasar muchas horas en sala de profesores. Extranjera, principiante y con escasos conocimientos del sistema educativo francés, aquello era una cuestión de supervivencia (necesitaba enterarme de primera mano de cada procedimiento y del significado de cada sigla). Además, poder explicar a los compañeros qué le pasa a la de Educación Física, por qué han expulsado a esos tres alumnos de quatrième o por qué el ordenador va tan mal es una buena forma de dejar de ser invisible.
El año pasado, como el centro ya no era un collège de un pueblo diminuto sino uno enorme lycée de capital de provincia, la sala de profesores tenía unas dimensiones considerables. Era un pequeño universo con espacios diferenciados y mesas de las que cada departamento se apropiaba de manera tácita. Yo me pasaba la vida en la de matemáticas, donde hice algún buen amigo que todavía conservo. Recuerdo un viernes de tarde en que me pasé dos horas hablando en una mezcla de portugués y español con un stagiaire de historia. Un martes me uní a la conversación sobre sudáfrica que el auxiliar de conversación de inglés, oriundo de allí, mantenía con los de su departamento. Un mediodía antes de unas vacaciones los de lenguas (español-inglés-alemán) hicimos una espicha espectacular uniendo nuestras mesas. Cuando me tocó pedir destino, un profesor que llevaba bata y aparentaba cien años me vino a aconsejar que no escogiese la Académie de Versailles sino la de Créteil (o al revés, no me acuerdo). Cada vez que iba a la sección de ordenadores acababa hablando de lo divino o lo humano con alguien con quien nunca había hablado antes. Veíamos lo que hacían los otros, contábamos anécdotas, nos reíamos estruendosamente y trabajábamos en silencio. Allí pasaba todo.
Aquí no pasa nada. En mi instituto no hay sala de profesores: hay una habitación que tiene un cartel que pone eso, en tres idiomas, pero es una errata (tres erratas). Se trata de un lugar de paso, silencioso e inhóspito, en el que nadie se queda mucho rato. No sabes ni si saludar. La vida se esconde en los departamentos, sacrosantos hogares cuyas puertas están cerradas. Quien entra en un departamento ajeno a pedir algo se va rápidamente, temeroso, sintiéndose culpable por su intrusión en un espacio privado.
El martes mis alumnos de primero tenían una actividad en el patio y gracias a eso estuve hablando con dos profesores jóvenes y muy majos, de biología y matemáticas. Es posible que nunca más los vuelva a ver. Con una interina de inglés coincidí en un curso y ahora nos saludamos efusivamente cuando nos tropezamos por la escalera, es decir, los viernes entre tercera y cuarta hora. ¿Qué nuevas experiencias me deparará el año escolar? No tengo muy claro si todo esto es cómico o trágico.
Todos los departamentos tienen el mismo tamaño. En el mío somos solo cuatro, pero en casi todos los departamentos vecinos los profesores están hacinados. ¿Por qué lo permiten? Ellos tienen todas las de ganar en la lucha contra esas paredes que les oprimen. ¡Mi reino por una maza! ¡Abajo los departamentos! Docentes del centro, ¡uníos!
El año pasado, como el centro ya no era un collège de un pueblo diminuto sino uno enorme lycée de capital de provincia, la sala de profesores tenía unas dimensiones considerables. Era un pequeño universo con espacios diferenciados y mesas de las que cada departamento se apropiaba de manera tácita. Yo me pasaba la vida en la de matemáticas, donde hice algún buen amigo que todavía conservo. Recuerdo un viernes de tarde en que me pasé dos horas hablando en una mezcla de portugués y español con un stagiaire de historia. Un martes me uní a la conversación sobre sudáfrica que el auxiliar de conversación de inglés, oriundo de allí, mantenía con los de su departamento. Un mediodía antes de unas vacaciones los de lenguas (español-inglés-alemán) hicimos una espicha espectacular uniendo nuestras mesas. Cuando me tocó pedir destino, un profesor que llevaba bata y aparentaba cien años me vino a aconsejar que no escogiese la Académie de Versailles sino la de Créteil (o al revés, no me acuerdo). Cada vez que iba a la sección de ordenadores acababa hablando de lo divino o lo humano con alguien con quien nunca había hablado antes. Veíamos lo que hacían los otros, contábamos anécdotas, nos reíamos estruendosamente y trabajábamos en silencio. Allí pasaba todo.
Aquí no pasa nada. En mi instituto no hay sala de profesores: hay una habitación que tiene un cartel que pone eso, en tres idiomas, pero es una errata (tres erratas). Se trata de un lugar de paso, silencioso e inhóspito, en el que nadie se queda mucho rato. No sabes ni si saludar. La vida se esconde en los departamentos, sacrosantos hogares cuyas puertas están cerradas. Quien entra en un departamento ajeno a pedir algo se va rápidamente, temeroso, sintiéndose culpable por su intrusión en un espacio privado.
El martes mis alumnos de primero tenían una actividad en el patio y gracias a eso estuve hablando con dos profesores jóvenes y muy majos, de biología y matemáticas. Es posible que nunca más los vuelva a ver. Con una interina de inglés coincidí en un curso y ahora nos saludamos efusivamente cuando nos tropezamos por la escalera, es decir, los viernes entre tercera y cuarta hora. ¿Qué nuevas experiencias me deparará el año escolar? No tengo muy claro si todo esto es cómico o trágico.
Todos los departamentos tienen el mismo tamaño. En el mío somos solo cuatro, pero en casi todos los departamentos vecinos los profesores están hacinados. ¿Por qué lo permiten? Ellos tienen todas las de ganar en la lucha contra esas paredes que les oprimen. ¡Mi reino por una maza! ¡Abajo los departamentos! Docentes del centro, ¡uníos!
jueves, 17 de septiembre de 2015
Compulsas compulsivas
Las fotocopias compulsadas siempre me han parecido un misterio arcaico, una paradoja a la que nadie quiere mirar. Se compulsa para probar que la copia es idéntica al original, aunque es evidente que si se compulsa es porque la copia difiere (si no, la haríamos pasar por él). Luego está el problema del estatus burontologico de la copia compulsada. Por obra y milagros de una mancha de tinta se ha convertido en un clon perfecto del original sin dejar de ser una imagen degenerada. Ahora vale lo mismo, pero nunca dejará de valer infinitamente menos. Lo sustituye en ese momento, marchitándose enseguida y muriendo sin descendencia. No se aceptan fotocopias compulsadas de fotocopias compulsadas. Es una pena: sería interesante asomarse a ese abismo de fotocopias infinitas, de pérdidas y garantías jerárquicas y lineales.
Una amiga mía, alemana para más señas, pidió hace unos años que le compulsasen una fotocopia del título de su carrera para poder hacer un papeleo en Francia. El funcionario alemán, tras imprimir la compulsa en la fotocopia, quedó pensativo. "Esto que he hecho debería ser suficiente. Pero por si acaso vete a esta oficina" dijo, mientras escribía las señas en un papel. En aquella oficina plasmaron otro cuño sobre la fotocopia para dar fe de la autenticidad del primero y, de propina, uno sobre el título original. Aquel funcionario tenía un estatus más elevado que el de antes pero idéntica preocupación. "Para estar bien seguros yo iría a esta dirección"- aconsejó, dándole una nueva hoja. Tras seguir las indicaciones, ella llegó al despacho de un tercer funcionario, más excelso que los anteriores, que estampó un texto y una engolada rúbrica en el diploma y la fotocopia, garantizando así la validez del segundo cuño. Mi amiga estaba cada vez más preocupada. No podía dejar de pensar que tal vez hiciese falta la garantía de un cuarto funcionario, porque si no ¿quién podía tener la certeza de que el tercero era veraz? Entre tanto, manchado de tinta de diversa procedencia, el título, el original, el inmaculado, el etéreo, palidecía. Los aditamentos destinados a acreditar su valor lo habían puesto en entredicho. Ya nada volvería a ser como antes.
Una amiga mía, alemana para más señas, pidió hace unos años que le compulsasen una fotocopia del título de su carrera para poder hacer un papeleo en Francia. El funcionario alemán, tras imprimir la compulsa en la fotocopia, quedó pensativo. "Esto que he hecho debería ser suficiente. Pero por si acaso vete a esta oficina" dijo, mientras escribía las señas en un papel. En aquella oficina plasmaron otro cuño sobre la fotocopia para dar fe de la autenticidad del primero y, de propina, uno sobre el título original. Aquel funcionario tenía un estatus más elevado que el de antes pero idéntica preocupación. "Para estar bien seguros yo iría a esta dirección"- aconsejó, dándole una nueva hoja. Tras seguir las indicaciones, ella llegó al despacho de un tercer funcionario, más excelso que los anteriores, que estampó un texto y una engolada rúbrica en el diploma y la fotocopia, garantizando así la validez del segundo cuño. Mi amiga estaba cada vez más preocupada. No podía dejar de pensar que tal vez hiciese falta la garantía de un cuarto funcionario, porque si no ¿quién podía tener la certeza de que el tercero era veraz? Entre tanto, manchado de tinta de diversa procedencia, el título, el original, el inmaculado, el etéreo, palidecía. Los aditamentos destinados a acreditar su valor lo habían puesto en entredicho. Ya nada volvería a ser como antes.
viernes, 14 de agosto de 2015
Ocho formas de mirar a un cuervo
Pájaro negro, de mal agüero, bicho oscuro y desalmado. Todos
los cuervos son distintos, todos son el mismo. Aquí encontrará usted una guía
para la adecuada contemplación de este animal fascinante.
1. Póngase a su nivel. Agáchese hasta tener casi la misma
altura que el cuervo. Cuando él camine, camine. Cuando él le mire a los ojos,
mírele a los ojos usted también. Si él huye, espantado, persígalo con idéntico
terror. Después de un rato usted comenzará a sentirse más ligero, puede que le
salga alguna pluma, sus ojos definitivamente serán más negros. No olvide imitar
los graznidos. Siga haciendo esto con frecuencia, en todas las ocasiones
posibles. Cuando el pájaro eche a volar, vuele.
2. Adórele. Contemple sus plumas de carbón, misterio de la
hermosura. Júrele lealtad eterna y amor incondicional. Póstrese ante él y ofrézcale
su vida. A continuación, haga todo lo que el pájaro le pida.
3. Clave los ojos en sus plumas hasta ver en ellas un reflejo.
Porque si un espejo es una superficie brillante pintada de negro, el cuervo tiene
que ser un espejo vivo. Comience contemplando una sola pluma hasta verse a sí
mismo. Siga mirando. Cuando haya visto todo lo que se puede ver, mire un poco
más. Sentir vértigo es síntoma de ir por el buen camino. Tras la contemplación
del mundo, prosiga. El universo es un buen punto de partida.
4. Mire al pájaro por el rabillo del ojo, con desconfianza.
Dele la espalda pero siga pensando en él. Simule tener en mente otra cosa pero dedíquele
todos sus pensamientos. No olvide lanzarle, cada poco, una mirada furtiva. Esa
noche los cuervos poblarán sus sueños, permitiéndole contemplar vívidamente
cada uno de sus malvados matices.
5. Persiga al pájaro para sacarle una foto. Mírele a través
de la pantalla de la cámara, evite los contraluces, busque una luz
favorecedora, tenga cuidado al encuadrar. Repita esta operación con cada cuervo
que vea. Al cabo de un mes habrá descubierto que los cuervos sólo tienen dos
dimensiones, largo y alto, y que su imagen va cambiando según dónde nos
situemos. Entonces, si lo desea, podrá cazar uno y meterlo en un sobre.
6. Lea todos los libros de anatomía y fisiología de aves que
caigan en sus manos. Memorice la disposición de cada músculo y tendón, la
composición de cada célula. Eso bastará. Todo cuervo físico no es otra cosa que
una instanciación de ese esquema. Desdéñelos.
7. Compre un bloque de arcilla y cree una escultura de un
cuervo sin mirar el modelo. Cuando lo haya acabado, píntelo de negro. Es
probable que la escultura no se parezca en nada al original. Pero ahora cada
vez que mire un cuervo sabrá que es usted quien lo ha creado, tras un prototipo
fallido hecho de barro. Y sentirá un gran orgullo al contemplar su agilidad y el limpio
acabado de sus alas.
8. Contemple al pájaro en toda su complejidad física,
química, biológica y metafísica. Desespérese. Mésese los cabellos. Llore.
Prepárese un té y dedíquese a otra cosa.
W
A veces es imposible evitar la sensación de que nos
alimentamos de horas de trabajo ajenas. Que cuando leemos un libro o vemos una película,
escuchamos una charla o miramos un bote de champú estamos absorbiendo el tiempo y el esfuerzo
dedicados a imaginarlos, a planificarlos, a crearlos y a perfilarlos.
Claro que por el camino la energía adelgaza: los meses de
trabajo se convierten en segundos, en minutos, o como mucho en horas de disfrute
por parte del usuario. Pero aunque este sólo reciba una parte mínima del
trabajo creativo, la intensidad de esa parte puede ser enorme. Además,
multiplicando los espectadores podemos recuperar el tiempo invertido, e incluso
sobrepasarlo. Podemos luchar contra la futilidad del trabajo, evitar que la
energía se disipe, conservarla y multiplicarla dentro del sistema.
Lo siento,
entropía, hemos ganado.
viernes, 10 de julio de 2015
Madrid, ese mito
Madrid es para la mayoría de los españoles un ente abstracto y lejano, conocido por fuentes secundarias. Sabemos que allí no hay playa, que hay que mirar la Puerta de Alcalá y que tras Tirso de Molina están Sol, Gran Vía y Tribunal. Las referencias a Madrid están por todas partes; Madrid, por ninguna. Así, la capital se va perfilando como ese lugar mítico donde están las sedes de aquello en cuya sede no solemos pensar, donde pasan las cosas que nunca pasan aquí.
Si no se visita Madrid muy a menudo, sorprende que sea terrenal y abarcable. Que esos sitios de los que tanto se ha oído hablar no sean más emocionantes que la Plaza de la Escandalera. El colmo del desengaño llega cuando se enciende una televisión y se pone cualquier cadena nacional: en el momento en que empiezan a hablar sobre Madrid (y no hay que esperar mucho para que esto pase), lo poco que quedaba de aura desaparece. Esos sitios de los que están hablando los pisaste esta mañana. Antes pertenecían a otro mundo, ahora son vulgares.
La cadena nacional se convierte en local. España se reduce, todo está a la vista y es de una simplicidad abrumadora. Es el triunfo de lo mundano. Al final el mundo acaba siendo un barrio lleno de vecinas en bata y zapatillas.
Si no se visita Madrid muy a menudo, sorprende que sea terrenal y abarcable. Que esos sitios de los que tanto se ha oído hablar no sean más emocionantes que la Plaza de la Escandalera. El colmo del desengaño llega cuando se enciende una televisión y se pone cualquier cadena nacional: en el momento en que empiezan a hablar sobre Madrid (y no hay que esperar mucho para que esto pase), lo poco que quedaba de aura desaparece. Esos sitios de los que están hablando los pisaste esta mañana. Antes pertenecían a otro mundo, ahora son vulgares.
La cadena nacional se convierte en local. España se reduce, todo está a la vista y es de una simplicidad abrumadora. Es el triunfo de lo mundano. Al final el mundo acaba siendo un barrio lleno de vecinas en bata y zapatillas.
domingo, 5 de julio de 2015
El hilo del discurso
Si a veces perdemos el hilo del discurso es porque el discurso es un
hilo. Una concatenación de puntos, que son sílabas, o palabras, o
frases, o ideas. Un punto tras otro, todos en fila india.
Por eso, un discurso nunca puede dar cuenta de la realidad, ni siquiera del pensamiento. Los conceptos no se relacionan solamente con el de delante y el de detrás. Cada idea remite a muchas, o a todas, si nos ponemos leibnizianos. La estructura de realidad y pensamiento no es lineal; como mínimo, es plana. Para hablarla hay que hilarla, apretando y enroscando los conceptos en búsqueda de la máxima delgadez. Hilar fino no es aquí sinónimo de perfección. Todo lo contrario.
Pero no todas las ideas van a parar al discurso, y por eso tal vez la imagen del hilado no sea la más adecuada, Haríamos mejor pensando en caminos que se recorren en el plano. El recorrido, que es el hilo de lo que decimos, va creando dibujos en el terreno. La belleza de esos dibujos es lo que realmente convence y conquista al oyente. El epos vive allí. Las líneas cerradas tienen un encanto especial, y también las simetrías.
La clave está en tener en mente la orografía del terreno, que es teóricamente una en el mundo pero es siempre múltiple en las mentes. Que nos viene dada pero que vamos creando en cada discurso. Al final la geometría seduce al terreno, el suelo se estremece bajo los pies y toda palabra es palabra creadora. Por eso, aunque sólo sea un punto diminuto en mitad de un hilo inmenso, el verbo se hace carne, se hace barro o se hace polvo.Y el éxito de la operación depende de la habilidad con que se dicen las palabras mágicas.
Este texto es un buen ejemplo. ¿Qué ha sido ese salto de cambiar de metáfora? Estamos habituándonos a que el discurso sea hilo y luego de pronto resulta ser camino. Un esquema errante, una falta total de simetría y elegancia, coronada para más inri por el manido recurso a lo bíblico. Vueltas y más vueltas que acaban llevando a un lugar común. Una horterada.
Por eso, un discurso nunca puede dar cuenta de la realidad, ni siquiera del pensamiento. Los conceptos no se relacionan solamente con el de delante y el de detrás. Cada idea remite a muchas, o a todas, si nos ponemos leibnizianos. La estructura de realidad y pensamiento no es lineal; como mínimo, es plana. Para hablarla hay que hilarla, apretando y enroscando los conceptos en búsqueda de la máxima delgadez. Hilar fino no es aquí sinónimo de perfección. Todo lo contrario.
Pero no todas las ideas van a parar al discurso, y por eso tal vez la imagen del hilado no sea la más adecuada, Haríamos mejor pensando en caminos que se recorren en el plano. El recorrido, que es el hilo de lo que decimos, va creando dibujos en el terreno. La belleza de esos dibujos es lo que realmente convence y conquista al oyente. El epos vive allí. Las líneas cerradas tienen un encanto especial, y también las simetrías.
La clave está en tener en mente la orografía del terreno, que es teóricamente una en el mundo pero es siempre múltiple en las mentes. Que nos viene dada pero que vamos creando en cada discurso. Al final la geometría seduce al terreno, el suelo se estremece bajo los pies y toda palabra es palabra creadora. Por eso, aunque sólo sea un punto diminuto en mitad de un hilo inmenso, el verbo se hace carne, se hace barro o se hace polvo.Y el éxito de la operación depende de la habilidad con que se dicen las palabras mágicas.
Este texto es un buen ejemplo. ¿Qué ha sido ese salto de cambiar de metáfora? Estamos habituándonos a que el discurso sea hilo y luego de pronto resulta ser camino. Un esquema errante, una falta total de simetría y elegancia, coronada para más inri por el manido recurso a lo bíblico. Vueltas y más vueltas que acaban llevando a un lugar común. Una horterada.
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