15 de septiembre
A las tantas de la noche tras un viaje accidentado que incluye una rama en el motor del tren y senderismo sobre las vías cargada de maletas, llego a mi nuevo centro en el que dispongo de una habitación. La inspecciono, la olisqueo, la ducha funciona bien, la moqueta qué se le va a hacer, mis sábanas son el doble de grandes que la cama así que las doblaré por la mitad. Saco el ipod. Varias redes, todas cerradas. Mañana pediré la clave de la wifi del instituto.
16 de septiembre
Pido la clave a los profesores y administradores. Me dicen que no la tienen, pero que la saben los alumnos. Pido la clave a los alumnos. Me dicen que no la tienen, pero que la saben los profesores. Ahora sospecho que lo que pasa es que no hay wifi y nadie se ha enterado.
Los ordenadores de la sala de profesores están censurados por el rectorado y además prefiero no utilizarlos para asuntos personales. El teclado es francés, lo cual es el infierno ortográfico.
En plan zahorí postmoderno recorro el pueblo buscando redes abiertas. Infructuosamente. Cuando estoy volviendo a la habitación veo un viejecillo con un ordenador portatil sentado en frente de la Oficina de Turismo. Mi ipod me dice que la red está abierta, pero la página me pide una clave de la que carezco. La Oficina de Turismo ya cerró a las cinco de la tarde.
17 de septiembre
En la Oficina de Turismo me dan un mapa, la clave y me indican que puedo consultar Internet fuera del establecimiento. Capto la sutil indirecta. Salgo y le vendo mi alma digital a la empresa que proporciona el punto de wifi. Consulto facebook, correo, periódicos, etc etc etc. Tras haber recibido mi ración diaria de droga digital, vuelvo a mi habitación con una sonrisa.
23 de septiembre
No pierdo el tiempo mirando tonterías por Internet, porque en la maldita plaza donde está la Oficina de Turismo hace un frío que pela y me ha entrado un buen catarro. Como ya he acabado todas las películas y series de mi ordenador dedico mi tiempo a preparar oposiciones y clases y a corregir exámenes. Sin gran cosa que hacer, me acuesto prontísimo y duermo cada día entre nueve y diez horas. Me siento como al margen de la Historia.
30 de septiembre
Por métodos analógicos, he conseguido nuevas series. He cambiado mi tarifa de móvil y tengo llamadas ilimitadas incluso a España. Hace más calor y se puede consultar Internet sin morir demasiado de frío. Buena parte de mi productividad se ha ido al garete. Pero ¿y lo bien que estoy?
9 de octubre
Hablo con mi vecino, que también trabaja en el centro, para pedirle por favor su clave de la wifi. Le explico que son sólo unos numerinos que aparecen en el router, porque el señor no se entera de una. Me dice que tiene el aparato averiado y que no me lo puede dar. Me pregunto cómo un router averiado puede dar señal. Esa misma tarde el informático del centro soluciona el enigma revelándome que no, que lo que el otro señor tiene averiado es el ordenador. Sigo sin la clave.
Los alumnos me miran raro cuando me ven en la plaza de la Oficina de Turismo enfrascada en el ipod.
13 de octubre
Logro acceder a uno de los hotspots que se pillan desde mi habitación. Salto de alegría al ver mi ordenador comunicado, pero echo un poco de menos la vida sencilla y monacal de antaño. ¿Qué va a ser de mí ahora? Ese día me acuesto más allá de medianoche.
14 de octubre
Me levanto con una extraña sensación que mi memoria recuerda lejanamente como "tener sueño". Enciendo el ordenador para leer el periódico con el desayuno. Internet ya no funciona. No, si ya estaba durando demasiado...
Estudio. Doy clases. Corrijo exámenes. Maldigo mi suerte vía telefónica.
16 de octubre
Tras una batalla perdida contra un pincho USB, mi ordenador vuelve a estar comunicado por el mismo sistema de la otra vez. A ver si de esta dura. ¿Cómo será el mundo sin tener catarro?
miércoles, 16 de octubre de 2013
domingo, 22 de septiembre de 2013
La deferencia
Los alumnos franceses son diferentes.
Esperan en fila silenciosa antes de entrar en clase. Cuando están
dentro quedan esperando, de pie y sin decir una palabra ante su
silla, hasta que reciben la orden de sentarse. Cuando un secretario o
un orientador entra en el aula, se ponen de pie inmediatamente (a
todo lo anterior casi me he habituado, pero esto aún me da
escalofríos). Por suerte, en el comedor de este instituto los
profesores no se cuelan sistemáticamente, pero algunos alumnos te
ceden el puesto aunque les digas que no. Para dejar la bandeja
también lo hacen, retirándose con un respingo si han llegado poco
antes que tú. Ejecutan todos estos actos con una enorme sonrisa de
placer.
Los alumnos franceses son deferentes. Y
no sólo los alumnos. Casi tengo miedo a habituarme a este mundo de
algodones sociales y luego hacerme sangre con la aspereza de nuestra
cultura. La cordialidad en las relaciones personales con los
desconocidos es extrema, todo son cantarinas fórmulas de cortesía y
preocupación por el bienestar del otro. Es un universo grato, de
colores pastel, aunque a veces un poco vacuo. Hablando con una amiga
alemana, el otro día, comentábamos la cantidad de fórmulas que
tienen los franceses, la predicibilidad del esqueleto de sus
conversaciones. Ella, que trabaja en un camping, se encuentra con que
cuando tiene clientes franceses sabe qué decir en cada momento: les
muestra la tienda de campaña y exclama “Et voilà !”, ese tipo
de cosas. Cuando los clientes son alemanes, en cambio, se encuentra
huérfana de fórmulas y asideros, en medio de una noche oscura
carente tanto de deliciosas farolitas como de fuegos de artificio. Mi
amiga no habla español, pero si lo hiciese se toparía con el mismo
problema.
El lenguaje crea mundo y el mundo crea
lenguaje. Francia es un vivo reflejo de su lengua, un lugar solemne y
confortable, de jerarquías tan claras que se imponen como
inevitables. Un país que ha cortado el cuello a sus reyes pero no
acierta a prescindir de las puntillas y las pelucas
El paro
Seamos marxistas. ¿Qué es el paro? Me
refiero al paro en cuanto a la caza del empleo por tierra, mar y
aire. A ese paro que rastrea el trabajo, lo persigue e instala
trampas para capturarlo. Ese paro que es el intento casi obsesivo de
atraer a tan esquivo animal. No me refiero al paro de los que lo
cobran y aprovechan el momento para relajarse, ni al de los que han
dado la cacería por imposible, ni al de los que buscan solo
superficialmente para guardar las apariencias. Así que, si nos
ponemos marxistas, ¿qué es el paro?
Podríamos empezar diciendo que, si el
trabajo es la relación esencial del hombre con la naturaleza, el
paro es la búsqueda de esa relación. Sin el trabajo el hombre se
encuentra asilado. Como el trabajo determina la existencia humana, el
demandante de empleo se encuentra indeterminado. Es vago, y los demás
lo ven como vago, unas veces desde la vaguedad y otras desde la
vagancia.
“¡Un momento”, se podrá decir
aquí“, por supuesto que el parado trabaja! ¿No envía acaso
currículos todos los días? ¿No se pasea de empresa en empresa? ¿No
pasa las horas intentando descubrir qué es lo que falla en su
estrategia? El parado trabaja, y vaya si trabaja.” De acuerdo, de
cierta manera el parado trabaja. Pero los bienes que produce son muy
particulares, porque no tienen ningún valor, ni para él ni para
nadie. El fruto de su trabajo es una basura, y aún lo es más en
comparación con el fruto del trabajo de los verdaderos trabajadores.
La fuerza de trabajo que nuestro parado ha utilizado es infinita en
comparación con el valor del bien que produce, porque su valor es
cero. En tanto que máquina, el pobre hombre tiene una eficiencia
penosa.
No es exagerado compararlo con una
máquina. Los trabajadores del sistema económico actual (actual al
menos para Marx, aquí todos ustedes pueden sacar a pasear sus
reservas) son simples instrumentos del proceso que les esclaviza.
Están alienados. La división social les hace desempeñar unos
empleos que no tienen nada que ver con sus talentos, y todos los
individuos se sienten piezas de un sistema que se les escapa y que
les utiliza. El trabajador deposita su ser en objetos de escaso
valor, y se siente libre precisamente cuando no está trabajando. El
verdadero sentido del trabajo se pierde en el mundo capitalista.
¿Y nuestro amigo el parado? Él
también deposita su ser en los objetos que crea. Más que nadie. El
fruto de su trabajo incluye su foto, su nombre y su número de
teléfono. Habla de lo que ha hecho hasta el momento, a veces de sus
planes de futuro. Es la cristalización de su autoconciencia. Y casi
siempre acabará en la papelera o en el triturador de documentos. Si
tiene suerte tal vez reciba una rápida ojeada y languidezca en mitad
de una pila de currículos rivales. Su ser no tiene valor ante la
inmisericorde mirada ajena. Sí, el infierno son los demás.
El parado no está alienado. Ni
siquiera eso. No se le permite el lujo de formar parte de un proceso
malvado y siniestro. Está suprimido, se encuentra al margen. No es
nada. Sin naturaleza, sin función, sin sentido, empuja por la ladera
de la montaña su bola de currículos sabiendo que luego volverá a
caer. Está perdiendo el tiempo y sabe que lo pierde.
Pero lo peor, para el parado, es la
ausencia de antagonistas. El proletario marxista tiene siempre a un
capitalista a quien odiar. Como sus vecinos también le odian, se
sienten todos muy unidos cuando van a trabajar a la fábrica. Es
bonito. La comunión que experimentan los “camaradas” obreros que
han desarrollado la conciencia de clase tiñe de rosa sus
sufrimientos. En cambio, nuestro parado no encuentra ese enemigo
común que pueda garantizar su cohesión social. Sólo entidades
volátiles que no aciertan a despertar reacciones viscerales. No
olvidemos que nuestro parado, al igual que la presa a la que
persigue, es un pobre animalillo.
Por supuesto, puedo escribir sobre el
paro porque ahora mismo no estoy en él. Con mi bola de currículos
apoyada de forma inestable en la cumbre de la montaña, estoy en el
único punto se escapa de las lloronas nubes de la conmiseración.
Está claro, también, que puedo escribir sobre el paro de esta
manera tan sádica porque a él volveré dentro de unos meses.
sábado, 20 de julio de 2013
El simulacro
Estoy habilitada para dar clases de Filosofía en francés y en inglés. Creo que si tuviese que dar clases en España en alguno de estos dos idiomas, lo haría sin problemas. Pero acabo de decidir no apuntarme en la bolsa de interinos de Filosofía de ese país que está del otro lado de los Pirineos.
Por una única razón: los franceses hablan mejor francés que yo. Son cosas que pasan. Suyos son los matices, la precisión lingüística, la riqueza en sinónimos. Por escrito, el problema se multiplica, y me crecen los enanos en forma de tildes y letras repetidas. Los propios franceses cometen muchos errores otrográficos cuando escriben en su lengua, pero eso no me sirve de consuelo si soy yo la que tiene que enseñarles a escribir. Y la Filosofía es, en buena medida, justo eso.
Enseñar Filosofía en otro idioma es un gran reto si se actúa ante hablantes nativos, pero es un bonito simulacro si el escenario está en nuestro país. Un entorno cómodo en el que el profesor no se moja ni los pies. La lengua con la que se trabaja (y con la que se piensa) es pequeña, simple. El resultado es una Filosofía que no busca asegurar el dominio de una lengua, sino el uso aceptable de unas cuantas palabras. La han encogido en pensamiento y lenguaje, ahora es una Filosofía jibarizada.
Por una única razón: los franceses hablan mejor francés que yo. Son cosas que pasan. Suyos son los matices, la precisión lingüística, la riqueza en sinónimos. Por escrito, el problema se multiplica, y me crecen los enanos en forma de tildes y letras repetidas. Los propios franceses cometen muchos errores otrográficos cuando escriben en su lengua, pero eso no me sirve de consuelo si soy yo la que tiene que enseñarles a escribir. Y la Filosofía es, en buena medida, justo eso.
Enseñar Filosofía en otro idioma es un gran reto si se actúa ante hablantes nativos, pero es un bonito simulacro si el escenario está en nuestro país. Un entorno cómodo en el que el profesor no se moja ni los pies. La lengua con la que se trabaja (y con la que se piensa) es pequeña, simple. El resultado es una Filosofía que no busca asegurar el dominio de una lengua, sino el uso aceptable de unas cuantas palabras. La han encogido en pensamiento y lenguaje, ahora es una Filosofía jibarizada.
sábado, 13 de julio de 2013
Watson dixit
“Denme una docena de niños sanos y bien formados, y mi propio entorno específico para educarlos, y
yo les garantizo que puedo elegir uno de ellos al azar y adiestrarlo para que se
convierta en el tipo de especialista que yo escoja
-médico, abogado, artista, hombre de negocios y, sí, incluso mendigo o
ladrón- al margen de su talento, inclinaciones, tendencias, habilidades, vocaciones y raza de sus antepasados”
Watson, Watson, no disimule. Su maniobra de distracción es brillante, pero con algunos de nosotros no ha funcionado. Confiese ya, ¿qué va usted a hacer con los otros once niños?
Watson, Watson, no disimule. Su maniobra de distracción es brillante, pero con algunos de nosotros no ha funcionado. Confiese ya, ¿qué va usted a hacer con los otros once niños?
lunes, 27 de mayo de 2013
Maletas
Hacer una maleta antes o despues de una escapada de larga duración es una de las actividades más filosóficas que existen. Y hacerla para irse no es lo mismo que hacerla para volver. Antes de partir toca adivinar el futuro, sospechar los golpes del azar, crear un reservorio para mantener la permanencia de lo que eres. Al volver, en cambio, lo que se hace es comprobar la diferencia entre lo que se planeó y lo que se hizo, lo que se previó como importante y en realidad no sirvió para nada, lo que alguna vez se quiso ser y lo que finalmente se ha sido. La maleta que parte se llena sumando. La maleta que vuelve nos obliga a restar.
Son dos actividades opuestas, entre ellas no hay nada en común. Ni siquiera la maleta. Cual río heraclitano, siempre es más grande o más pequeña de lo que recordábamos. Más dura o más blanda. Más hostil o más amable. Cuanto más largo haya sido el viaje, menos se parece el equipaje antiguo al moderno, tanto por dentro como por fuera.
Y hacemos más maletas de lo que pensamos. La primera página de cada cuaderno es siempre una bienintencionada maleta de ida; la última, una raída maleta de vuelta. Unos zapatos nuevos son unos zapatos que van, los zapatos viejos sólo vuelven. El proyecto y la evaluación. Lo que empieza y lo que acaba en medio del cambio constante.
Veamos en qué acaba esta nueva deriva del estar. Ya casi tengo hecha la maleta.
domingo, 19 de mayo de 2013
Disolución
¿Qué supone para España el éxodo masivo de mi generación? Ante todo, una discontinuidad cultural. Cuando los que estamos fuera volvamos, una gran franja de la población hará el huevo frito sin aceite, y a veces escribiendo a ordenador se equivocará y pondrá "q" donde hay "a" y "a" donde hay "q". Comerá a mediodía sin sufrir ni escandalizarse, y a las tres de la mañana de un sábado bostezará porque ya va siendo hora de volver a casa. Se le escaparán los ouis, los yes, los jas; la fatalidad le llevará al "merde !", al "Scheisse!" o al "shit!". Cuando tenga que saludar a alguien no sabrá si dar dos besos, o tres, o cuatro, ni por qué lado empezar, o tal vez estrechará distraídamente la mano o le soltará un abrazo al que menos se lo espere. Lo español se habrá vuelto laxo, diluído.
Es una pérdida de identidad, pero no es el individuo el que la pierde sino su país. Es la nación la que muere un poco, ese ente incorpóreo al que nunca tenemos claro qué valor otorgar.
Es una pérdida de identidad, pero no es el individuo el que la pierde sino su país. Es la nación la que muere un poco, ese ente incorpóreo al que nunca tenemos claro qué valor otorgar.
lunes, 29 de abril de 2013
El extraño o el extranjero (espoiler)
Acabo de leer "L'étranger" de Camus, en francés. Lo recomiendo en su idioma original: es una lectura fácil (frases cortas, vocabulario sencillito) y el esfuerzo se ve recompensado. Y es que tras leerlo en francés hay un pequeño premio: comprender el título.
El extranjero de Camus no es un simple extranjero. Podemos esperar impacientes que el protagonista haga ese viaje a París del que a veces (y con el entusiasmo que lo caracteriza) habla. Esperaremos en vano. Mersault nunca saldrá de Algeria. ¿De qué manera, entonces, ha llegado a ser extranjero? ¿Puede tener que ver con cómo el autor usa la palabra en el texto del libro? ¿O acaso será una metáfora sobre la condición de Mersault?
Rastreando el uso de "étranger" por el libro nos encontramos en que ni una sola vez es posible traducir esa palabra por extranjero. A menos que usemos un circunloquio (pero si usamos un circunloquio podemos llegar a traducirla por lo que nos dé la gana). De forma directa, la palabra española que encaja es "extraño". La vemos en "Il m'a dit qu'il devrait aborder maintenant des questions apparemment étrangères à mon affaire, mais qui peut-être la touchaient de fort près", es decir "El me dijo que debería abordar ahora cuestiones aparentemente extrañas a mis asuntos, pero que tal vez los tocaban de cerca" (en el juicio a Mersault). Como ese uso, todos los demás en el libro.
Mersault, que es un individuo bastante particular, comete un asesinato y acaba siendo condenado a muerte. La palabra "étranger" marca el punto en el que el debate pasa de juzgar obras a juzgar almas, de los actos a la moral. La cuestión que era sólo "aparentemente extraña" a los asuntos de Mersault era su falta de implicación ante todo. Y de forma especial, su insensibilidad el día del funeral de su madre. En el juicio que describe el libro lo moral invade el campo de lo legal, aunque tal vez esas dos cuestiones nunca hayan podido separarse. El protagonista es condenado a muerte por su falta de espíritu más que por sus actos, si bien sus actos han sido los desencadenantes. En cierta forma, es culpable de extranjerismo moral. Pertenece a un país espiritual diferente que los que le rodean. En ese sentido es un extranjero.
En mi edición del libro hay un extracto en la contraportada. Es el momento en que se condena a Mersault a ser guillotinado en una plaza pública en nombre del pueblo francés (sí, es una buena forma de destripar el libro, gracias, editores). ¿Es esto relevante para el título? No mucho. El que sean las leyes francesas las que rigen en la Argelia del protagonista no es especialmente relevante. No le extranjerizan más. La extrañeza de Mersault ante ellas no se debe a la lejanía geográfica de Francia, ni a una reflexión sobre el colonialismo. Lo que dice es que el pueblo francés le parece una "noción imprecisa", tanto como el pueblo chino o el alemán. Es una contingencia al lado de otras contingencias. Francia es una cuestión muy secundaria para el protagonista. Por supuesto, podemos verla como principal, pero no sé si eso arrojaría alguna luz.
La palabra "étranger" significa tanto "extraño" como "extranjero". En español han traducido el título por "El extranjero", pero yo lo hubiese traducido por "El extraño", como han hecho en inglés ("The stranger", y no "The alien", que casi hubiese remitido a ovnis). La palabra francesa recoge una ambigüedad muy rica, pero traducirla como lo han hecho no es la forma de mantenerla, sino de mosquear al lector. "Extraño" no se ajusta a la perfección, pero en todo caso se acerca más que "extranjero".
Sea como sea, si no lo habéis leído, leedlo. Es estupendo.
El extranjero de Camus no es un simple extranjero. Podemos esperar impacientes que el protagonista haga ese viaje a París del que a veces (y con el entusiasmo que lo caracteriza) habla. Esperaremos en vano. Mersault nunca saldrá de Algeria. ¿De qué manera, entonces, ha llegado a ser extranjero? ¿Puede tener que ver con cómo el autor usa la palabra en el texto del libro? ¿O acaso será una metáfora sobre la condición de Mersault?
Rastreando el uso de "étranger" por el libro nos encontramos en que ni una sola vez es posible traducir esa palabra por extranjero. A menos que usemos un circunloquio (pero si usamos un circunloquio podemos llegar a traducirla por lo que nos dé la gana). De forma directa, la palabra española que encaja es "extraño". La vemos en "Il m'a dit qu'il devrait aborder maintenant des questions apparemment étrangères à mon affaire, mais qui peut-être la touchaient de fort près", es decir "El me dijo que debería abordar ahora cuestiones aparentemente extrañas a mis asuntos, pero que tal vez los tocaban de cerca" (en el juicio a Mersault). Como ese uso, todos los demás en el libro.
Mersault, que es un individuo bastante particular, comete un asesinato y acaba siendo condenado a muerte. La palabra "étranger" marca el punto en el que el debate pasa de juzgar obras a juzgar almas, de los actos a la moral. La cuestión que era sólo "aparentemente extraña" a los asuntos de Mersault era su falta de implicación ante todo. Y de forma especial, su insensibilidad el día del funeral de su madre. En el juicio que describe el libro lo moral invade el campo de lo legal, aunque tal vez esas dos cuestiones nunca hayan podido separarse. El protagonista es condenado a muerte por su falta de espíritu más que por sus actos, si bien sus actos han sido los desencadenantes. En cierta forma, es culpable de extranjerismo moral. Pertenece a un país espiritual diferente que los que le rodean. En ese sentido es un extranjero.
En mi edición del libro hay un extracto en la contraportada. Es el momento en que se condena a Mersault a ser guillotinado en una plaza pública en nombre del pueblo francés (sí, es una buena forma de destripar el libro, gracias, editores). ¿Es esto relevante para el título? No mucho. El que sean las leyes francesas las que rigen en la Argelia del protagonista no es especialmente relevante. No le extranjerizan más. La extrañeza de Mersault ante ellas no se debe a la lejanía geográfica de Francia, ni a una reflexión sobre el colonialismo. Lo que dice es que el pueblo francés le parece una "noción imprecisa", tanto como el pueblo chino o el alemán. Es una contingencia al lado de otras contingencias. Francia es una cuestión muy secundaria para el protagonista. Por supuesto, podemos verla como principal, pero no sé si eso arrojaría alguna luz.
La palabra "étranger" significa tanto "extraño" como "extranjero". En español han traducido el título por "El extranjero", pero yo lo hubiese traducido por "El extraño", como han hecho en inglés ("The stranger", y no "The alien", que casi hubiese remitido a ovnis). La palabra francesa recoge una ambigüedad muy rica, pero traducirla como lo han hecho no es la forma de mantenerla, sino de mosquear al lector. "Extraño" no se ajusta a la perfección, pero en todo caso se acerca más que "extranjero".
Sea como sea, si no lo habéis leído, leedlo. Es estupendo.
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